Colombia

Un país roto

En muchos países hay olas de protestas que llevan los sistemas políticos a situaciones límites. En la mayoría de los casos el asunto se resuelve con algunas reformas y partidas en el presupuesto público. En otros las cosas van más allá y pueden llevar a la caída de gobiernos e, incluso, a cambios estructurales del sistema. Quién no recuerda las manifestaciones que provocaron la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría y, más acá, las marchas indígenas que cada tanto tumbaban presidentes en Ecuador.

Pero lo de Estados Unidos, a raíz del asesinato de George Floyd, es distinto porque las protestas tienen unas connotaciones que rebasan el sistema político. Sin duda, hay cosas en el Estado que tienen que cambiar. La policía no puede continuar tolerando el racismo de sus miembros. No solo es una vergüenza ante los ojos del mundo que tiene a la democracia de Estados Unidos como un referente, sino que a todas luces constituye una violación sistemática de la ley por los propios funcionarios del Estado.

Es, además, una situación inocultable. Los videos en las redes sociales de la brutalidad policial contra los negros son reiterativos. En uno aparece una disputa entre los dueños de una tienda, quienes llaman por el 911 a la policía, y unos manifestantes que aprovechan las protestas para saquear. Llega la policía e inmediatamente arrestan y esposan a una mujer y un hombre negro de mediana edad, obesos y claramente inofensivos. Entonces se oye a quien graba el video decir a la policía que esos son los dueños de la tienda.

Cambios en la forma de operar de la policía son necesarios. Al igual que muchas otras políticas públicas en dirección a una mayor equidad con la población negra y de otras minorías vulnerables y marginadas. Eso es lo menos que el mundo espera luego de las olas de protestas y de indignación. Otra cosa es que un presidente tan insensible como Trump haga algo. De todas formas, la muerte de Floyd suma mucho al pésimo manejo del coronavirus para impedir que Trump repita presidencia. Ya se verá si Biden hace algo al respecto.

Sin embargo, la crisis en Estados Unidos rebasa las reformas y correctivos que se puedan tomar con la policía y mayores ayudas sociales. El problema es más de fondo. Estados Unidos es un país roto en el sentido que una parte significativa de la sociedad no se siente parte de un proyecto nacional. Y, si bien es cierto, la división entre negros y blancos tiene un componente económico fuerte, el problema tiene otras complejidades. La barrera de la raza ha impedido que los prejuicios y los resentimientos del pasado queden atrás y ocurra un proceso de asimilación como en su momento ocurrió con italianos, judíos e irlandeses que al día de hoy salvo por algunas recetas de cocina se sienten plenamente estadounidenses.

Viví un par de años en Chicago y nunca pude salir del asombro de una sociedad democrática con una fractura racial tan grande. Eran dos ciudades que se repelían. La de los negros, resentidos, y la de los blancos, desconfiados. En el medio muchos latinos que, aunque no les iba tan bien, no tenían el legado de la esclavitud. Estaban agradecidos, Estados Unidos les había brindado muchas oportunidades.

Solucionar el problema de asimilación de los negros en Estados Unidos es una de las prioridades políticas de Occidente. No es solo por sanar un país roto, es por el bien de la democracia como proyecto.

Sigue en Twitter @gusduncan


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