Colombia

Tres versiones calamitosas

Hay tres versiones calamitosas de la pandemia del Covid-19, que hacen estragos en los medios de comunicación y en las redes sociales. La primera es la literaria: páginas enternecedoras de mala literatura diciendo cómo se nos ha presentado la oportunidad única de volver a encontrarnos con nosotros mismos, con Dios y con la primavera. Reconstrucciones de la peste negra en tiempos de Boccaccio, como una invitación a volver a escribir el Decamerón, para demostrar que una amenaza mortal puede estimular la creatividad. Reflexiones filosóficas sobre la fragilidad del ser humano en este mundo poderoso inventado por él, que se apresta a devorarlo, con referencias a los principales filósofos fatalistas y por supuesto, a la pérdida del paraíso terrenal cuando no había vuelos internacionales que nos contagiaran a todos, la vida era más sencilla y espiritual, y la falta de penicilina hacía que el encuentro con el Creador fuera más pronto. Íntimos testimonios sobre cómo ha cambiado la vida cotidiana de quien los revela, de modo que su rutina de encerramiento lo ha hecho valorizar los pequeños placeres de la existencia, una mariposa prisionera estrellándose contra el vidrio de una ventana, como cualquier Virginia Woolf. Y los poetas, antiguos y modernos, que siembran una luz de esperanza en la noche oscura.

La segunda es la científica: cuadros, gráficos, curvas, modelos interactivos que muestran el crecimiento inexorable del virus a través de las fronteras hasta cubrir el mapamundi con una enorme mancha roja, sin que se sepa si es poco o mucho comparado con la población de cada país y con los índices normales de mortalidad. Teorías contradictorias de salubristas y epidemiólogos, que confunden a los gobiernos y al público, sobre las vías de contagio, su velocidad, la oportunidad matemática de la cuarentena, el eterno retorno del virus, la efectividad de las drogas existentes para combatirlo, la invención de la vacuna, las teorías conspiratorias, el costo del encierro general entre la muerte y la ruina, el ejercicio escandaloso del poder regulatorio del Estado, la pérdida final de la intimidad a nombre de la seguridad. Un aparente traspaso del poder político a los comités científicos y sus fallos inapelables, puesto que tanta gente tan estudiada e inteligente no puede equivocarse.

Y la tercera es la apocalíptica: el fin próximo del mundo moderno como lo conocemos, la vida diaria que ya no volverá a ser la misma. Los amigos a los cuales ya no podremos acercarnos, los besos que ya no podremos dar, las fiestas en las que ya no podremos divertirnos, la apoteosis de la virtualidad que nos crea la comunicación sin contacto. La incertidumbre de no poder volver a ver a los seres amados que viven en otras latitudes. La absoluta crisis de la modernidad, que era después de todo un ídolo con los pies de barro. La desconfianza frente a los desconocidos que no sabemos qué han tocado. La xenofobia, pues cada extranjero trae su propio equipaje de bacterias. Y la omnipresencia de la muerte en cada esquina. La certeza final de que las civilizaciones también desaparecen.


El tío Baltasar, que ha sobrevivido a guerras y epidemias sin cuento, dice mientras estornuda, que deben ser los viejos vulnerables o sea los mayores de 60 años, quienes deben alentar la ilusión de que podemos sobrevivir a la mala literatura, a los científicos y al apocalipsis.

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