Colombia

Sumercé, una historia campesina, una historia colombiana

Entrevista con Victoria Solano, directora del reconocido documental ‘9.70’ que trató el tema de las semillas en los cultivos colombianos, y quien ahora trae ‘Sumercé’, un largometraje documental que llega este jueves 11 de junio a la plataforma Mowies.

Colombia posee el 59% de los páramos del mundo. Ecosistemas con capacidad de fijar carbono, similares al del Amazonas. Estas “fábricas” de agua producen un litro de agua al día por cada metro cuadrado. Casi 500 mil personas viven y trabajan en ellos y son determinantes en gran parte de la producción de alimentos del país.

Pero aquí termina el idilio: en las últimas décadas se han privatizado páramos y se ha permitido que multinacionales mineras los exploten y de eso precisamente habla la directora Victoria Solano en Sumercé, su nueva producción, esta vez para cines y que ante los cierres de las salas por la pandemia del Corononavirus, tendrá su estreno en la plataforma Mowies, donde estará dispuesta para el público a partir de este 11 de junio.

Esta película documental de 83 minutos de duración es contundente desde su inicio, al mostrar cómo al mismo tiempo que campesinos, ahora considerados ‘invasores’, eran desplazados de las tierras que por generaciones han cultivado y cuidado, Colombia entró en una crisis agropecuaria sin precedentes. A un año de la entrada del TLC se sumó la crisis de los precios y se declaró el paro nacional agrario, que sirve de escenario para empezar a narrar Sumercé.

“Esta película es la historia a tres voces de aquellos que se levantan, caminan convencidos y luchan por no permitir el saqueo de los páramos, del agua y de las raíces fundacionales de nuestras gentes” explica su directora Victoria Solano.

“Es la historia de resistencia de seres humanos inquebrantables como las montañas combativas y poderosas. Sumercé es mantenerse en pie ante los poderosos dispuestos a fracturar el futuro del pueblo. Es la historia de aquellos que protegen nuestras raíces y cuidan nuestro futuro, incluso en momentos de crisis, incluso en momentos tan adversos como los que enfrenta hoy el mundo por una pandemia”, agrega.

¿Cuál es la historia de Sumercé?

El tema de los páramos lo encontré caminando hacia Tunja, hacia donde me dirigía para llevar toda la documentación que tenía sobre las semillas, y que no necesariamente estaba dentro del documental, a los líderes que estaban negociando con el gobierno y podían lograr un cambio.

Mientras iba, de bloqueo en bloqueo en el paro agrario, conocí a un montón de líderes que me explicaron sobre las dificultades que tienen para sacar adelante los cultivos y los precios que les dan por sus productos, pero también se hizo evidente el muy grave problema de los páramos en sus tierras. Empezaba a haber licencias mineras, noticias de zonas protegidas, rumores de situaciones ocurridas con gente en parques y de que algo iba a pasar con los páramos. Así, poco a poco, surgió la temática puntual de la película: el conflicto que hay entre proteger a los páramos y sus habitantes o entregar los páramos a la minería.

En Sumercé se muestra como a los campesinos les prohíben sembrar en el páramo, pero lo abren a la minería…

Ese es el corazón del debate, porque a pesar de que celebramos que la Corte sacara una sentencia para cuidar los páramos, nos sorprendió que pusiera al mismo nivel a la minería, a la agricultura y a la ganadería, cuando de la minería a gran escala no se vuelve. Los páramos quedan convertidos en parqueaderos, porque nunca recuperan sus capacidades de gran ecosistema. La agricultura a gran escala también daña el páramo, pero hay una diferencia notable, y es que después de ella el páramo puede volver; se recupera. Lo han dicho los científicos más importantes del país; Brigitte Baptiste, por ejemplo, lo dijo en la Corte cuando los magistrados le preguntaron. En nuestra película aparece un ejemplo de cómo Eduardo Moreno recuperó el páramo, simplemente dejándolo quieto.

¿Y qué pasa con la agricultura y la ganadería a pequeña escala?

Los páramos han sido cuidados por los campesinos que los habitan. En las fincas de zona de páramo la gente no usa el 50% o el 30% del terreno, porque eso fue lo que aprendieron de su papá y su mamá. Si ese cuidado no se tiene, la reserva de agua se va, y sin ella, se mueren las vacas, se acaba la vida. Lo que nuestros campesinos saben hacer es cuidar el páramo. Entonces, no es posible meter en una misma bolsa a una multinacional minera que a una persona que tiene dos o tres vacas y un cultivo que sabe rotar, y que además tiene la voluntad de aprender, porque ningún campesino quiere dañar su entorno.

Aquí también hay que hablar de minería artesanal…

En el terreno de las pequeñas escalas también entra la minería artesanal, ancestral, que se practica desde la época precolombina, para extraer oro y carbón. La diferencia entre la gran minería y la artesanal es que en esta el minero trabaja en su propio territorio, igual que el campesino cuando siembra papa o cebolla, mientras que en la gran minería se compran los títulos mineros que tienen los pequeños propietarios y en 25 años explotan lo que a los campesinos les tomaría 400 años, es una cuestión de temporalidad. Adicionalmente, la gran minería explota las minas de carbón, oro o plata con explosivos, por lo que su impacto sobre el ambiente es demasiado alto.

También deja claro que esta gran minería no es colombiana

Nuestra lucha siempre está enfocada en contra de la gran minería, que efectivamente no es colombiana, porque exige altísimos niveles de inversión en muy poco tiempo. La minería de El Cerrejón es extranjera, la de Antioquia es sudafricana y la que está en Santurbán es de Emiratos Árabes Unidos.

Estadísticamente no se puede saber quién es el que hoy daña más, porque hay una problemática que también está relacionada con la frontera agraria, que se está corriendo cada vez más por múltiples motivos, como la importación de alimentos. Hace mucho los campesinos tienen que producir a más bajo costo y usar agroquímicos y agrotóxicos, bajo la amenaza de que si no los aplicaban, los cultivos no resistirían las enfermedades.

Paradójicamente, el propio Estado que hoy expropia campesinos porque contaminan o dañan el páramo, es el que promovió el uso de estos productos. Pero el dato que más nos escandaliza es el de los 40 litros de agua por segundo usados durante la construcción de Santurbán.

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