Colombia

Silvio sigue joven

(Sobre “el leopardo”, “el gallo de la veleta”, el estudiante socialista, el joven  derechista y después siempre conservador, ha publicado hace unos días una bien escrita columna la “escenógrafa colombiana residente en Buenos Aires”, Vanessa Lya Giraldo Orozco –bellos nombres que de ser míos, escogería uno y un solo apellido para escribir y el lector olvidar menos- que me ha traído memorias y no pocas aclaraciones)

No estoy bien seguro de si los primeros libros de política que leí fueron En carne viva de Arias Trujillo y No hay enemigos a la derecha de Silvio Villegas.  Me sabía frases de memoria y las espetaba con gusto de acuerdo a la ocasión. Estábamos en la mitad del bachillerato, pero en el colegio se aprendía historia de Colombia, se leía historia política y se discutían hechos e ideas del siglo XIX y primera mitad del XX, con pasión y citando obras. No todos pero sí muchos lo hicímos. Todavía literatura y política las creíamos ligadas, por los maestros, y pensé que la última iba a ser parte de mi carrera pública y para eso había que leer mucho, escribir bien y hablar mucho mejor. ¡Cómo cambió el mundo! Y más, la política. O para ser exactos, los políticos.

En efecto, mi primera “oración académica” con las academias de otros colegios fue sobre la obra de Arias Trujillo. Un ensayo largo y clericalmente censurado, que por desgracia perdí. Y mi primero y segundo artículos que publiqué en la prensa fueron precisamente sobre Silvio Villegas y su obra y José Camacho Carreño, dos leopardos y sus libros. Acorde con mi temperamento, me deleitaba con Vargas Vila y Diógenes Arrieta, con Nieto Caballero y Juan Lozano, con Ñito Restrepo y Daniel Caicedo. No he cambiado en eso de estudiar las vertientes –no solo dos orillas- y las ideas se van modificando sin desmontar la base, hasta su total claridad, ante la fijación mental de ciertos amigos que se quedaron en los sesentas.

Inclusive hice poner el nombre de Aquilino Villegas al Centro Literario y recibí, colegial, la medalla Aquilino Villegas, cuya obra conocí desde entonces muy bien. Hay que dejar en claro de una vez, que no fue el “primer ministro de Estado nacido en Caldas”, porque hubo muchos más antes que él. Con su hija, la política y dos veces gobernante, he mantenido una cordialísima amistad y manifestó siempre quererme mucho, tanto que es difícil una persecución  como a la que me sometió, menos por ella, creo, que a instancias de todos los jefes políticos que la auparon, la apoyaron y la aplaudieron, sin perjuicio de creerlos amigos míos. Previsivos como  los que más, supongo que quisieron evitarme en rotundo fracaso frente a las  nuevas promociones y sobre todo, frente a su estilo. De eso saben siempre más que uno.

La libertad de expresión no era igual a la que concebimos ochenta años más tarde y una nueva constitución. En plena hegemonía liberal, hubo censores de este partido para la prensa conservadora, de oposición,  tan cumplidores como el doctor Giraldo Sanín,  al igual que intelectuales cuando gobernaban los godos y en el régimen de Rojas Pinilla hombres tan cultos como Ovidio Rincón y entre nosotros don Uriel Herrera. Por lo general predominó la amistad sobre el sectarismo, aunque hubo excepciones y terribles, dicen.

Sin ser ciudadanos todavía, se habían opuesto a Marco Fidel Suarez, quien como lo reconocieron, los trató con cierto paternalismo. El movimiento  de estos jóvenes universitarios comenzó desde el Manifiesto Nacionalista de 1924. En verdad, “cansados de la hegemonía de su propio partido”, les dio cobijo El Nuevo Tiempo de Ismael Enrique Arciniegas, conservador tradicional, y les abrió las puertas Alfonso Villegas Restrepo,  fundador de El Tiempo, director de La República y el postrer y gran republicano. Silvio tenía 22, Camacho 21, Eliseo 24.

Se creían más conservadores que los otros, formaron el Bloque Nacionalista, querían un cambio de sistema político, tenían el republicanismo como relativismo, el liberalismo quedado en la filosofía individualista, estaban contra el egoísmo capitalista, frente a la anarquía proletaria defendían el tradicionalismo campesino por ser Colombia agrícola “casi en su totalidad”, consideraban que “la unidad espiritual  es la unidad religiosa”, al movimiento socialista y el comunismo oponían el orden social católico, con el justo medio aristotélico. A la revolución, la inteligencia y las disciplinas clásicas,  y claro, se sustentaban sobre la autoridad (“que crea el orden, causa el progreso y mantiene la disciplina, base del perfeccionamiento”), la familia, la patria, en mayúsculas, y ya postulaban los valores barresianos de la tierra y los muertos.

En 1924  existían hacía buen tiempo las encíclicas sociales.  Mussolini, cuyo bloque nacional convirtió en partido fascista y dos años antes realizó la “marcha sobre Roma”,  aquel año que obtuvo la mayoría de votos, también sufrió su primera crisis por el secuestro y asesinato de Matteoti. Es ilegible e incomprensible tener a Silvio Villegas como “delirante ejemplar”, ni de dónde sacar eso. Silvio fue el más romántico, Camacho el más clásico, Eliseo Arango el más filósofo, Ramírez Moreno el más dandy y disraeliano.

Vino otro manifiesto en febrero de 1930. “Después de la derrota”, es decir, sin posesionarse todavía Enrique Olaya Herrera, se dirigió  “al conservatismo joven”, el grupo completo de los cuatro, pero no firmó Camacho Carreño que iba a colaborar con el liberal Olaya en la diplomacia en Argentina y Uruguay, para donde se llevó a Bernardo Arias Trujillo. Se declararon “ajenos al utilitarismo del poder”, prometieron un programa de administración pública, dijeron inspirarse en los grandes conservadores del pasado, aceptaron en ese momento “la tesis de los ministerios mixtos”, que era la propuesta de Concentración Nacional del nuevo Presidente, y afirmaron respetar  que “el clero católico” se mezclara en política para combatir “los errores filosóficos” condenados por la iglesia, pero sin confundirse con la acción política ni “abusar indiscretamente de la religión” según proclamó León XIII. Por eso se expresaron contra “el crecimiento del capitalismo que es la paganización del mundo y su oposición “al dominio absoluto del capital en defensa del trabajo”.

Pero el que se antepusieran  al “despotismo democrático”, no significo “como se verá más adelante”, que las ideas fueran solo de Silvio Villegas, ni que este pusiera en boca suya las de los universitarios a los que publicaba pues lo hacía más con autores reconocidos que citaba, y mucho menos que en esos años fuera el derechista a ultranza, porque no se había formado el grupo que se  fue solitario a unas elecciones aparte del partido conservador y que  por fecha no era posible, pero tampoco más tarde, ni siquiera en el editorial de 1936 en que respondió  al doctor Aquilino Villegas esto sobre la “libertad de expresión”: “Para nosotros un periódico no puede ser una capilla cerrada. En La Patria y en todo periódico que nos tenga a nosotros a su cabeza, ha escrito y escribirá el que tenga algo para decir y sepa decirlo”, ni siquiera ahí, repito, se dio una “vehemente defensa de Hitler y Mussolini”, porque juzgar a posteriori, con sentimientos de hoy, visiones prebélicas del pasado, es el equívoco común.

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