Colombia

Sanders y los zombis

En una entrevista para '60 Minutos', el precandidato por el partido Demócrata estadounidense Bernie Sanders demostró por qué muchos analistas consideran que su nominación le serviría en bandeja la reelección a Donald Trump.

Al preguntarle por su opinión sobre Cuba, Sanders dijo que rechazaba el autoritarismo del régimen, pero que era “injusto decir que todo es malo”. “Cuando Fidel Castro llegó al poder, ¿saben qué hizo? Creó un programa de alfabetización masiva –dijo–. ¿Es eso malo?”.

Tiene razón el senador Sanders: no todo lo que hizo Fidel es malo. Pero esa opinión matizada sobre el castrismo no es más que la afirmación de una trivialidad. A todas las tiranías podemos encontrarles cosas buenas, si las buscamos. Los nazis fueron pioneros en la lucha contra el tabaquismo. Pinochet propició el milagro económico chileno. Como dijo alguien en la era predigital, hasta un reloj dañado da la hora exacta dos veces al día.

La pregunta importante, la que no se hace Sanders ni ningún apologista de Castro, es a qué precio se consiguen esas conquistas. Todo negocio, al fin y al cabo, es excelente si se tiene en cuenta solo el producido y no los costos. El verdadero precio de cualquier cosa debe incluir su costo de oportunidad, es decir, los sacrificios que hacemos para obtenerla.

El sistema inmune latinoamericano es más vulnerable. Por eso toca seguir insistiendo sobre lo que ya debería
ser obvio.

En el caso de Cuba, el precio fue devastador: éxodo del 10 % de la población, empobrecimiento aplastante de varias generaciones de cubanos y sometimiento a un régimen despótico que fusiló disidentes, censura la prensa, encarcela opositores y viola los derechos humanos sin pudor. La “dignidad” frente al “imperio” que pregonaba Castro es una bandera en harapos: con una economía arruinada por el socialismo, Cuba se volvió dependiente de la Unión Soviética y luego de Venezuela. Todo tiene que importarlo y su principal producto de exportación es la fracasada idea de la ‘revolución’, cuyas funestas consecuencias los colombianos conocemos muy bien.

¿Valió la pena? No: otros países han conseguido alfabetizar a la población, reducir la mortalidad infantil o aumentar la expectativa de vida –indicadores que suelen citar los defensores del castrismo–, sin tener que hambrear a su pueblo o cercenarle las libertades. Se suele omitir, además, que Cuba ya se destacaba en esos indicadores en América Latina y el Caribe antes de la revolución. Y todo esto supone que las estadísticas actuales del Gobierno cubano sean confiables, algo poco probable.

Ahora, que un cuasioctogenario nostálgico del romanticismo revolucionario, como el senador Sanders, delate cierta indulgencia con el castrismo es, aunque lamentable, entendible. Lo triste es que haya entre nosotros, en América Latina, miles de jóvenes que piensen igual. Algo debe andar muy mal en nuestro sistema educativo para que haya quienes encuentren en el modelo cubano cosas dignas de imitar o defender. Y para que encuentren en su santoral –Fidel, el Che, etc.– personajes que admirar en lugar de despreciar, como se lo merecen, por asesinos, liberticidas y empobrecedores.

Pero la necrofilia ideológica –como llama Moisés Naím al “amor por las ideas muertas”– tiene una alarmante vigencia entre los jóvenes. Una vigencia renovada, a juzgar por la creciente aceptación del socialismo entre los millennials en EE. UU. En ese país, sin embargo, las encuestas indican que la sociedad tiene los anticuerpos necesarios para rechazar las ‘ideas zombis’ –expresión que robo y readapto del nobel Paul Krugman– que les reconocen supuestas virtudes escondidas a los regímenes socialistas. Por eso la ambigüedad ante Cuba le puede salir cara al senador Sanders. El sistema inmune latinoamericano, en cambio, es más vulnerable. Por eso toca seguir insistiendo sobre lo que ya debería ser obvio.

Thierry Ways


@tways / [email protected]