Colombia

San Patacón

Pronto caminó la noticia del milagro. Los muchachos que sacudían las matracas para dar la hora en los días santos, cuando enmudecían las campanas, hicieron el recorrido por las calles difundiendo aquella información.

Así lo supo Nino Martínez entre las tiras de cuero curado, el olor de caucho líquido y betún, y las leznas aceradas de su taller de zapatero. Morales “la tijera que corta”, también escuchó el suceso en su sastrería, con un metro de tela doblado al cuello y un dedal en el dedo índice de su mano izquierda, como un baldecito de los gnomos que viven en los bosques irlandeses, con los cuales se ilustran las historietas infantiles.

Lo supo Castellano desarmando una carroza de los carnavales pasados aspirando el aroma de madera seca de las alfajías, con el ruido de un serrucho bien dentado que en su sube y baja hacía copitos de aserrín, en la ebanistería de la planta baja de su casa vieja donde ciento cincuenta años atrás vivió un edecán de Bolívar.

Se informó Tinda Paulina en la acequia del cachaco Velasco cuando sacaba mugre con la golpiza de un manduco a una hamaca de edad olvidada que exhibía costurones como monstruosas arrugas de mil remiendos hechos con todas las telas y colores. Hasta Tránsito se enteró por boca de algunos mientras limpiaba a pala un sembradío de maíz cariaco en el patio de su casa, por las vecindades del río.

Todo el mundo supo, menos él. Porque él, con el agobio de su trabajo, rutina de mulo trapichero dando las mismas vueltas todos los días y todas las horas, quiso hundirse en un ansia de inconsciencia que lo llevara más allá de toda responsabilidad mundana. Por eso él buscó la compañía de Chema Pinto y la sombra amiga de los mangos de Petrarias, aquel jueves, para sentir el mágico cambio de su espíritu, entre las sacudidas de su cuerpo con cada copita quemante de aguardiente.

Aislado así de cuanto ocurría en el mundo exterior a su mundo, él no sabía lo del milagro.

El prodigio había ocurrido aquella Semana Mayor en el barrio Obrero, dentro de la mística humildad de una casita de barro amasado y con techo de palma amarga. Había aparecido allí en un caldero de hierro colado, en la cara de una tajada de plátano verde, el rostro de Jesucristo, como el del lienzo de la Verónica, en las arrugas que le formó la manteca caliente.

Fue un hervidero de gentes que hacía montones frente a la ventanita de barrotillos de tolú, desde donde se veía en la oscuridad vaga de la sala un tinajero adornado con papel crespón de varios colores, a la luz mortecina de unos lamparines, y en el centro un nido de algodón en cuya mitad se veía un patacón como un medallón de latón amarillo. Por eso la gente lo bautizó San Patacón.

Las hermanas de la Congregación de María se habían hecho presentes desde cuando comenzó a difundirse la noticia por los cuatro vientos. Se habían adueñado de la situación cantando en coro letanías en latín y el Kirie Eleison en griego.

Un conocido contrabandista de cigarrillos extranjeros que hacía embarques desde Aruba, se presentó al lugar frente al timón de una camioneta Studebaker y, sin más ni más, propuso comprarle a la dueña de la casa a San Patacón por la suma de subida de $30.000. Cuando ésta escuchó la sacrílega oferta, le dio un terrible patatús, que los gringos llaman yellow y nosotros yeyo, y después de una empapada de alcoholado en la mollera que le echaran sus comadres, con ira santa, a voz de grito, correteó con una escoba al negociante vociferando que su apellido no era Iscariote sino Muegues, y que no iba a vender a Nuestro Señor ni por treinta monedas de plata ni por treinta mil mugrientos pesos.

Infante Moreno y Carlos Alberto Atehortúa, periodistas, bucearon la noticia. Sensacional era habida cuenta que San Patacón apareció un Jueves Santo en la hora en que los nazarenos penitentes, al filo del mediodía, descalzos salen con paso de quelonio por todo el centro de una calle de pavimento que a esa hora reverbera de vapores cocinantes, y que ocultos tras sus capuchas, se dan fuete en las espaldas cubiertas con un cuero de chivo disimulado bajo una túnica de color uva moscatel.

Pero pese a la empecinada diligencia, los comunicadores sociales no lograron romper el silencio de ostra que mantuvo la Curia, ocupada en los asuntos de la liturgia propia de la Semana Santa. Acudieron entonces a la Academia de Historia. Allí los recibió, haciendo gala de su exquisita amabilidad, el Presidente de esa institución con su fiel corbata azul prensada por un diamante que, años después, vendería para que se incrustara en el diente de un cantante vallenato. El académico absolvió con soltura a los inquietos periodistas todas las preguntas de rigor. Dijo que ejemplos de manifestación de la divinidad en situaciones gastronómicas abundaban.

Entonces dio brida suelta a su erudición. Recordó el milagro del Mar de Galilea cuando Jesús multiplicó unos pocos panes y unos pocos peces para dar de comer a más de 4.000 personas, sin contar a las mujeres ni a los niños; en las bodas de Caná convirtió seis tinajas de piedra, de agua en vino. En el desierto de Sin, entre Elín y Sinaí, Moisés le dio a los errabundos hebreos codornices que llegaban en enjambres, y unos copos comestibles llamados maná, de un gomor por cabeza. Daniel en el foso de los leones, en los tiempos de Ciro el persa, fue alimentado por un cocido desmenuzado que le llevaba Habacuc, profeta judío, quien era trasportado para ello suspendido de los pelos por un ángel que hacía vuelos diarios entre Judea y Babilonia. Esaú vendió su derecho de herencia por una escudilla de lentejas en una sopa de guiso.

En la Edad Media, San Eufrasio de Andújar, por haber violado los rigores de un ayuno, el sartal de longanizas que comía se transformó en un perrero que lo azotó media mañana. A San Jovio de Alberique, mientras oraba en su vida de anacoreta metido en una gruta por los montes de Albarracín, unos vencejos le llevaban en el pico trocitos de carne cocida. En un monasterio de la Orden de los Cartujos, fundada por San Bruno en el año 1086, una abadesa, sor Nazarita del Sagrario, un divino castigo tuvo cuando violó la abstinencia de la Cuaresma, mientras partía un pavo repujado con fresas, del cual volaron unos murciélagos grandísimos con dientes de gato que reían con carcajadas ruidosas y expulsaban un aliento tan mefítico que ahogaron por sofoco a todos los grillos y mariposas de los huertos de la abadía.

En fin… ejemplos como estos sobraban, según el miembro de la Academia de Historia, quien cautamente, sin decir que San Patacón era un milagro, concluyó manifestando que la Iglesia tenía la última palabra.

En dos días la noticia alcanzó los últimos puntos de la geografía regional. De regiones distantes comenzaba a llegar gente. La fama de los milagros se hacía ya en comentarios públicos: Nando Rodríguez hizo una invocación a San Patacón mientras alzaba un tercio de café cereza sobre el sillón de su jumento y se le desprendió una buba en las partes verendas que no se había podido quitar ni con piedralipe; a Corina Gámez le curó los dolores del nervio ciático que por años la mantuvieron tullida. A una muchacha le había sanado de una irregularidad menstrual que no lo habían logrado los médicos de la región ni los curanderos de más prestigio. Por eso, la fama acrecía la romería hacia la casa donde estaba expuesto San Patacón.

Pero él seguía sin saber del mundo circundante desde hacía ya cuatro días, con ese que corría, ocupado en los menesteres de una parranda en el patio de Petrarias. Agotada, por fin, la liberalidad de sus bolsillos en aquella desesperada bebeta, decidió aquella mañana acabar con su pernicia y les puso a sus pies el rumbo de su casa, sin el último centavo de su último sueldo como pagador de la Escuela Industrial. Su cuerpo delgado hacía un leve balanceo que él se esforzaba en corregir para evitar los comentarios de su deplorable situación de trasnochado.

Era un hombre duro desde antes. Todavía algunos amigos retenían en la memoria cuando en el gobierno de Rojas Pinillas se enfrentó a trompadas con el teniente Vega Uribe, alcalde militar de Villanueva, una noche cuando disputaban la compañía de una pareja de baile. Logró, aquella vez, arrancarle al oficial la botanadura dorada de su casaca y arrebatarle una bayoneta coreana que un compañero de armas le había traído de una guerra distante, pero él también permaneció dos días dándose golpecitos con ramitas de ortiga blanca para quitarse los moretones que tenía estampados en un ojo.

Ahora, macilento, con un mechón de pelos rebeldes sobre la frente y los ojos desorbitados por el guayabo y los sueños aplazados, venía calle abajo con la luminosidad cegadora de la hora. Le sorprendió ver grupos de personas que en una dirección común cruzaban a su paso. Entonces fue cuando supo lo del milagro. Cambiando de propósito al instante quiso conocer todo aquello por sí mismo.

Varió su ruta y se encaminó a la casa del prodigio. Entró por un portón de alambres púas que guardaba la entrada del patio y luego a codazo limpio se abrió lugar para situarse frente a San Patacón. Allí a su vista y a su alcance estaba una provocativa tajada de plátano verde. Los reflejos de Paulov comenzaron a despertarse con unos ruiditos indiscretos de sus intestinos reprimidos varios días por una dieta de aguardiente anisado y trocitos de queso con pimienta. Ahora ya sentía retortijones de hambre canina. Cuando nadie lo pudo imaginar, metió la mano con rapidez de centella y de dos tarascados se engulló a San Patacón.

La conmoción por lo acontecido fue de repercusiones ecuménicas. A Gustavo Arregocés casi lo linchan allí.

De una saca de ganado en los potreros de Calleja venían Pindengue y Pedro Pablo, jinetes en sus caballos. Le alcanzaron a dar el beneficio de las ancas y a galope tendido lo salvaron cuando estaba casi copado por una masa humana que rugía con anuncio de devastación.

Gustavo llevaba aún el sabor de cartón seco de San Patacón en los intersticios de los dientes.

Los badajos de las campanas anunciaban gloriosos las doce meridiano de un Domingo de Resurrección.

Cuento de Semana Santa

Tomado del libro En el Valle de Euparí de Rodolfo Ortega Montero

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