Colombia

Rudolf Hommes, el padre de la apertura económica

Su apellido Hommes es alemán, igual que su nombre, Rudolf. Pero él es colombiano, a mucho honor. Bogotano, por más señas. Nacido en 1943, según confirma su cédula de ciudadanía.

Sin embargo, tiene ancestros germanos, por el lado paterno; no por el materno, que se remontan en cambio a Guatavita, el mágico pueblo que hoy se encuentra en el fondo de una laguna, donde nació la célebre leyenda de El Dorado.

Su padre fue alemán, víctima a su turno del nazismo, no ya por raíces judías o algo parecido. No. Fue por razones políticas, como socialdemócrata, que abandonó su país en 1934, rumbo a Suiza. Allí le propusieron venirse a Colombia, contratado por el gobierno nacional para desarrollar un importante proyecto educativo.

A su llegada, cambiaron las cosas por completo. No había contrato, dizque por un relevo en el Ministerio de Educación, y a pesar de eso no tuvo otra salida que quedarse, dictando clases como profesor universitario. Era Doctor en Filosofía.

Rudolf Hommes, por tanto, es germano-muisca. Y se enorgullece de serlo. Y de sentirse socialdemócrata como su padre, “aunque los demás -aclara- no me sientan así”. Se precia también de llevar el mismo nombre de su tatarabuelo, el abuelo y el taita, alemanes hasta los tuétanos. Y de ser el mayor de los hermanos, colombo-alemanes en sentido estricto.

Ph.D. en Administración

Entró a estudiar Ingeniería en la Universidad de los Andes. Y cuando ya estaba muy avanzado en la carrera, se aburrió. Quería hacer empresa, libre empresa, en lugar de seguir dedicado a los libros. La novia de entonces era su cómplice.

Pusieron un almacén de carteras, bastante artesanal, donde les fue bien, tanto que lo vendieron para entrar a las ligas mayores en materia de negocios, ofreciendo muebles y otros productos para el hogar. Se quebraron. Corría el año de 1966, viviendo así en carne propia la primera recesión personal, con plata en juego.

Prefirió emigrar al exterior, a Estados Unidos, para cursar Administración de Empresas en la Universidad de California, donde cursó también el Master (MBA, para ser exactos) en horario nocturno, mientras trabajaba de día.

Resultó un buen alumno, por lo visto. Y se le presentaron las oportunidades de progreso, que es lo mejor. Como la de ganarse una beca para hacer su Doctorado en Massachusetts, cuyos cursos avanzados en temas económicos eran los mismos que se dictaban en el Ph.D. en Economía.

Le gustaba la economía. Acaso por su temprana formación matemática en Ingeniería. Y no es de extrañar que su tesis de grado girara en torno a cuestiones financieras, sobre el mercado de capitales.

Con tesis en mano y tres títulos universitarios a disposición, recibió una tentadora oferta laboral en Canadá. Lo más atractivo era el salario, sin duda. Con pago en dólares, no con los devaluados pesos colombianos que poco le servirían para atender sus obligaciones conyugales.

Estaba a punto de irse cuando entró una llamada telefónica de Bogotá, con pago revertido. Era del decano de Administración de Empresas en Los Andes, quien le propuso venirse por un salario mucho menor -¡la quinta parte!- con relación al canadiense.

Aceptó. ¿Por qué? Simplemente porque quería volver a Colombia. Llevaba siete años por fuera y estaba cansado, cansado incluso de haber sido mesero, cuidandero de niños y experto en otros oficios menores, para latinos, que le había permitido financiar sus estudios.

Su esposa nunca entendió la decisión.

La escuela de Rodrigo Botero

En 1973 ya era profesor en Los Andes, cuyo Magister de Administración -MBA- ayudó a fundar. Entre sus cursos, dictaba uno sobre mercado de capitales -“Aquí nadie sabía de esto”, precisa-, el cual le abrió las puertas a la Bolsa de Valores, donde al lado de Camilo Vallejo, directivo de Corredores Asociados, elaboró varios índices bursátiles al estilo del conocido Índice Vallejo.

Se volvió experto en el tema. O autoridad nacional, invitado como tal a distintos foros o simposios especializados para presentar sus ponencias.

De nuevo, se aburrió en Los Andes y se retiró, por allá en 1974. No estuvo sino un año largo en la docencia. Y se fue a trabajar con Hernando Gómez Otálora, en su oficina, como técnico en cuestiones económicas.

Hasta cuando lo llamó el ministro de Haciendo en el gobierno de Alfonso López Michelsen, Rodrigo Botero, para nombrarlo asesor dentro de un equipo integrado por brillantes economistas jóvenes que darían mucho de que  hablar en el futuro: Roberto Junguito, Guillermo Perry, Carlos Caballero Argáez, Francisco Ortega, María Mercedes Cuéllar y Carlos Ossa Escobar.

“Rodrigo Botero hizo escuela”, sentencia. La citada lista lo demuestra.

En su opinión, a Botero no le fue bien en el ministerio porque nunca pudo hacer los cambios aperturistas que él sí  haría después, a comienzos de los  años noventa, en el mandato de César Gaviria. “Él quería bajar aranceles para volver más competitiva a la industria nacional”, sostiene.

“Éramos irrespetuosos y rumberos”, dice de aquel grupo, digno representante de la rebelión juvenil iniciada en París en 1968. Con collares y pulseras al estilo hippie, Ruddy (como le decían sus compañeros) se aparecía en las juntas directivas del Banco Cafetero y la Caja Agraria, o a negociar la sede del Fondo Andino de Reservas en Bogotá, o a tumbar la controvertida Decisión 24, que frenaba la inversión extranjera, del Grupo Andino.

“Siempre he sido irreverente. No tengo por qué bajarle la cabeza a nadie”, confiesa.

Lo nombraron director de Crédito Público, cargo que ocupó hasta la aparición, como ministro de Hacienda en el cuatrienio de Carlos Lleras Restrepo, de Abdón Espinosa Valderrama, quien le pidió que siguiera en el cargo. “Me voy antes de que peliemos”, pensó. Y se fue, se fue con Rodrigo Botero y María Mercedes Cuéllar a editar y dirigir la revista Estrategia, sin un peso en el bolsillo.

Allí fueron doce años de batallas continuas, hasta 1986, cuando César Gaviria, ministro de Hacienda en el mandato de Virgilio Barco, lo designó asesor de la Junta Monetaria, con Armando Montenegro. “Calvino y Lutero nos llamaban”, subraya con su típico humor negro.

La apertura económica empezaba a abrirse paso en Colombia.

Puerta abierta a la apertura

Tras retirarse de la Junta Monetaria y asesorar varios proyectos del Banco Mundial en diferentes países, le ofreció a Gaviria, tan pronto salió del gobierno, hacer política con él. Su oferta fue acogida, tanto que lo escogieron como coordinador económico de la campaña presidencial de Luis Carlos Galán cuando su antiguo jefe asumió la coordinación nacional de esa campaña.

Galán fue asesinado y, como es sabido, Gaviria se transformó, de la noche a la mañana, en su reemplazo como aspirante a la jefatura del Estado. Hommes le acompañaba, siempre con su grupo de amigos expertos en materia económica: Armando Montenegro, Ulpiano Ayala, Pedro Nel Ospina y Alberto Calderón, entre otros.

En el Congreso Ideológico del Partido Liberal, presentaron un documento para defender el modelo de apertura económica en el país, “aunque muy moderada”. Gaviria fue más radical al respecto, como él mismo lo expresó en el discurso para celebrar su esperado triunfo electoral.

“Va delante de nosotros”, pensó Hommes, quien ratificó dicha expresión cuando el nuevo Presidente de la República llamó después a sus recién posesionados ministros, incluidos él y Ernesto Samper Pizano, para anunciarles que la apertura habría de acelerarse.

“Si la apertura se hubiera hecho gradual, nunca se hace”, comenta mientras explica que la reducción gradual de aranceles, en siete años, generaba tales expectativas e incertidumbre, fuera de las presiones de rigor, que afectaban el nivel de reservas internacionales y la masa monetaria, para sólo citar dos graves efectos económicos.

Fue una decisión acertada, afirma con honda convicción. Y explica: por los cambios estructurales, que aumentaron la productividad en el campo y permitieron avances significativos en sectores con alto valor agregado (metalmecánica, plásticos, química, etc.).

Otra cosa -dice, sacando a relucir su espíritu irreverente, traído desde sus años juveniles- es que se haya “satanizado” la apertura por obra y gracia de Samper, “quien así -proclama sin rodeos- ha hecho olvidar su gobierno y las grandes embarradas que hizo”.

Pero, volvamos al mandato del Revolcón, donde Ruddy permaneció los cuatro años al frente del Ministerio de Hacienda. “¿Cuál fue la clave?”, le pregunto. ¨Que al Presidente le gustaba trabajar conmigo”, responde. Y eso que alguna vez renunció y hasta se ganó tremendo regaño por haber tildado a los cafeteros de pechugones (luego se retractó por orden presidencial, aclarando a los periodistas que donde manda capitán…).

En aquel entonces nadie más que Gaviria se hubiera atrevido a nombrarlo ministro de Hacienda.

Rector, asesor y banquero de inversión

Del ministerio pasó a Washington y de allí regresó a la Universidad de los Andes, donde fuera estudiante de Ingeniería y profesor de Administración, para asumir la rectoría, en la que -asegura- lo hizo muy bien.

Y como la actividad política lo atrajo desde antes, se lanzó a la alcaldía de Bogotá, con tan mala suerte que por su escasa votación, de apenas 28.200 sufragios, pagó una multa de 25 millones de pesos. Esa experiencia, sin embargo, lo hizo sensible, en sus giras por barrios populares, a los problemas sociales (desnutrición, pobreza, falta de educación…), suficiente para que sus críticos se burlen, acusándole de sensiblero.

Terminó como banquero de inversión, trabajando para la prestigiosa firma de Violy McCausland en Bogotá, en cuya oficina tuvo lugar esta entrevista, realizada para mi libro 50 Protagonistas de la Economía Colombiana que publicó la Universidad Jorge Tadeo Lozano en 2004.

(*) Ex director del diario “La República” y Magister en Economía de la Universidad Javeriana

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