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'Quino está al lado de Cortázar, Sabato y Borges': Vladdo

Maestro, genio o mostro son palabras con las que se podría definir a Joaquín Salvador Lavado, nombre de pila de Quino, hijo de inmigrantes españoles republicanos, el creador de Mafalda, que falleció este 30 de septiembre en Buenos Aires, a los 88 años, pocos días después de sufrir un accidente cerebrovascular.

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Van a ser muchas las páginas que se escriban acerca de este dibujante inmenso y serán también muchos los adjetivos utilizados para tratar de definirlo. Y, pese a la generosidad que suele caracterizar las notas necrológicas, en el caso de Quino yo creo que todos los piropos son requetemerecidos. Por mi parte, más allá de su incuestionable grandeza y de la profunda influencia que ha tenido en quienes tratamos de opinar a punta de dibujos, reduciré mi repertorio a una sola palabra: entrañable. Este es el término con el que más identifico al creador de aquella niña irreverente, defensora de la paz, enemiga del despotismo y alérgica a la sopa. Y en este punto vale la pena subrayar que Quino no se consideraba el ‘padre’ de Mafalda, pues ella tenía su propio papá; un señor de clase media, que nunca supimos cómo se llamaba y que se veía a gatas para sostener a su familia. Sin embargo, sus problemas financieros no eran comparables con las dificultades que tenía a la hora de responder las precoces preguntas de su impertinente hija, una precoz y singular feminista, que ha protagonizado tiras cómicas, cortometrajes y películas.

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En la larga trayectoria de Quino, que se prolongó por más de seis décadas, su trabajo se extendió mucho más allá de las desventuras de aquella familia porteña. Sin embargo, la que se robó el show fue Mafalda, pues aunque sólo se publicó entre 1964 y 1973, puso el nombre de su autor en las páginas de los periódicos de medio mundo.


A pesar del paso del tiempo, el fenómeno Mafalda ha sido incontenible y su vigencia sigue intacta, a tal punto que es permanente objeto de estudios y análisis alrededor de su pequeña figura, su familia y sus amigos, personajes con los cuales todos nos hemos sentido identificados en algún momento de la vida.

Durante muchos años, para mí era un rito casi sagrado buscar en la edición dominical de EL TIEMPO la caricatura de Quino, para deleitarme con sus agudas ocurrencias y observar con detenimiento –y no poca envidia, tengo que admitirlo– la precisión casi quirúrgica de sus dibujos. En esas viñetas de página entera se mezclaban la expresividad y los gestos de los personajes con los detalles más meticulosos de la indumentaria, los muebles, las fachadas o los demás objetos del set; todo elaborado con una línea exquisita e inconfundible.

Sin importar que se tratara de una pareja de enamorados, un policía de tránsito, el visitante de un museo o una familia en vacaciones, este maestro se distinguió siempre por imprimirle a cada uno de sus personajes una sensibilidad que los volvía universales. Sus viñetas, por muy cruda o cruel que fuera la temática, estaban siempre impregnadas con un aire de ternura que las hacían únicas.

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Poco dado a hablar y demasiado tímido para dar reportajes, Quino también era muy escueto en los palabras que incluía en sus dibujos. Así y todo, las escasas frases que acompañaban sus trazos solían ser demoledoras y de una contundencia insospechada, a juzgar por la apacible apariencia de este hombre, que siempre mantuvo un perfil muy discreto, a pesar de haber obtenido numerosos reconocimientos internacionales, como el Premio Príncipe de Asturias, la Orden oficial de la Legión de Honor en franca y el Premio Quevedos, de la Universidad de Alcalá de Henares.

Pero esa modestia que Quino le imprimió a su vida no fue óbice para que su obra atravesara fronteras ni para que sus libros, traducidos a más de 30 idiomas, terminaran convertidos en grandes éxitos editoriales y el dibujante, en una toda una celebridad. En una época en que no existían internet ni las redes sociales, y cuando la televisión por cable era algo exótico, este mendocino ya era en un personaje universal, al que muchos youtubers o influencers envidiarían y a quien los argentinos, con no poca razón, equiparan con Cortázar, Sabato o el mismo Borges.

Con la partida de este maestro perdemos a un crítico sobrio e implacable, a un humanista eminente y a un artista entrañable. Nos abrazamos con Mafalda en su dolor y la acompañamos a ponerle una vendita más a su mapamundi.

VALDDO


ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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