Colombia

¿Quién llama tanto a Joël Dicker?

Hoy es lunes y el mundo todavía se despierta poco a poco del confinamiento. En mi reloj faltan diez minutos para las 10 de la mañana. Del otro lado de la puerta retumba enérgica la voz del escritor sensación de la lengua francesa de los últimos años. El eco de su voz se propaga por los pasillos de la editorial y es inevitable recordar que así también se escuchaba el eco de la voz del hombre inaudito: Bernard de Fallois, su editor.

Con el eco invisible de la voz de Joël, su tono me recuerda una de las frases de su discurso el día del funeral de Bernard en la iglesia de Passy: “El destino, tan misterioso como burlón, se divierte trastornando nuestra vida de la noche a la mañana, poniendo en nuestro camino a personas inesperadas… Y aquellos que tuvieron la suerte de haberlo vivido alguna vez saben de qué hablo”.

Mientras espero para hacerle la entrevista, se me ocurre interrogar a Dicker sobre cuál fue la historia más extraordinaria contada por Bernard. El viejo editor describía a las personas más increíbles de la cultura mundial del siglo pasado a través de narraciones insólitas. Además de un editor, era un excelente contador de historias. Escuchar a Bernard de Fallois desde el otro lado de una mesa en un restaurante en París era sentirse aniquilado por el poder de la memoria de una raza de hombres cuyo sentido común, memoria e inteligencia parecen haberse extinguido.

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Ahora que Bernard de Fallois está muerto caigo en cuenta de que sus mejores anécdotas están en el prólogo y el epílogo de su vida, con dos titanes de la literatura que no tienen absolutamente nada en común: Marcel Proust y Joël Dicker. De Fallois decía que el número de lectores de Marcel Proust, desde la publicación de su primer libro hasta hoy, no equivale ni si quiera a un mes de los libros de Dicker vendidos y leídos en todas las lenguas.

Cuando Bernard de Fallois tenía 25 años, en los años cincuenta, encontró en la buhardilla de la casa de la sobrina de Proust unos papeles destinados a perderse. Esos manuscritos son lo que hoy se conoce como el Contre Sainte Beuve y Jean Santeuil, dos libros fundamentales para entender la génesis y las razones estilísticas y temáticas del clásico literario En busca del tiempo perdido.

La historia de Dicker es menos romántica pero igual de espectacular. Bernard de Fallois estaba a punto de jubilarse y su casa editora no vendía muchos libros, mejor dicho, estaba quebrada.

¿Cómo pudo sentirse el octogenario editor cuando, de repente, aparece la revelación de Dicker? Joël Dicker lo sabe, por eso no es para nada raro que en el último libro, El enigma de la habitación 622, uno de los personajes sea el propio Bernard de Fallois. Es un thriller policiaco que habla de la amistad, de la transmisión y de las problemáticas alrededor de la herencia del poder. La trama se desarrolla en torno a un asesinato en la habitación 622 de un elegante hotel en los Alpes suizos. Joël, el escritor ficcional de la historia, se aloja en este hotel para reponerse de la muerte de su amigo y editor.

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Dicker ha abierto la puerta y nos hemos saludado a la moda coronavirus: con los codos y una amplia sonrisa. Luce una camisa azul y unos blue jeans. Tiene una apariencia juvenil. Me acomodo en la silla mientras pienso en qué le puede preguntar uno a un escritor cuyo nombre en Google está vinculado a millones de artículos de prensa.

¿En qué momento se te ocurrió la historia de tu último libro?

“Es difícil decir como tuve esta idea. Yo trabajo sin un plan. Lo único seguro era querer contar recuerdos sobre Bernard. El libro comienza alrededor de él. Tuve ganas de hacer un homenaje a Bernard a través de un libro, porque fueron los libros los que hicieron que nos encontráramos. Y luego me pregunté lo que podría hacer como historia. Imaginé acciones que pasaran alrededor de Suiza y, además, tenía ganas de hablar de la transmisión en la familia, de aquella familia que a veces uno no elige, y que es el caso de uno de los personajes”.

¿Qué querías mostrar sobre Bernard de Fallois en tu libro?

“En este libro era importante para mí hablar de Bernard, por ejemplo: ¿qué queda de Bernard en esta habitación en este momento? Cada vez que yo vengo a esta oficina tengo la impresión de verlo aquí. De escuchar su voz. Cuando lo conocí, él ya tenía 83 años y estaba trabajando por placer. Él siempre me decía: ‘Joël, el éxito está en la realización de un proyecto’.

Evidentemente, como joven escritor, me preguntaba si a la gente le iba a gustar mi primer libro, pero yo estaba sorprendido de cómo él me aseguraba que Harry Quebert iba a funcionar. Cada momento de la primera edición fue único, y eso fue lo que él me enseñó”.

¿Cómo pudo sentirse el octogenario editor cuando, de repente, aparece la revelación de Dicker?

La onda sorpresiva del teléfono de Dicker ha vuelto a aparecer. Dicker se excusa. En uno de los rincones de la oficina, como un tótem, hay una columna con las numerosas versiones traducidas de La verdad sobre el caso Harry Quebert.

Joël Dicker ha vuelto a sentarse frente a mí, pero tengo la impresión de que su teléfono sonará en cualquier momento. Trato de volver a tomar el volante de la entrevista, pero me enredo.

Dicker, con la generosidad que solo tienen los buenos amigos de nuestros amigos, pone cara de que me está entendiendo y me responde otra cosa.

“Lo más complicado fue escribir sobre Bernard. Al principio escribí para tener un recuerdo sobre Bernard, porque el tiempo pasa y uno olvida. No es que olvide a Bernard, pero se olvidan los momentos exactos. Porque uno se puede acordar de los sentimientos, de una cena, de una conversación o de su voz por teléfono.

“Cuando tuve la idea de poner a Bernard de Fallois como personaje en un libro, poco a poco, cuando yo me daba cuenta de que ese libro sería publicado, me dije: ¡cuidado! Es la primera vez en mi vida que voy a hacer hablar a alguien real. Ese fue mi gran miedo, pero cuando escucho que personas que lo conocieron han encontrado un poco a Bernard en el libro, me siento tranquilo”.

La mano de Dicker amaga en su bolsillo. El teléfono ya no suena, sino que vibra. Dicker sigue hablándome, pero aquel aparato hace que mi atención vaya de los ojos de Dicker a su mano derecha.

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Se nota la influencia en tu escritura de esta relación de paternidad editorial, pero ahora que Bernard no está, ¿cómo encuentras tu propio albedrío cuando has estado bajo la influencia de un mentor?

La transmisión es lo que uno toma del otro, lo que ellos nos han legado. Con frecuencia es alguien que nos es muy querido, un padre, alguien que nos ha guiado.

Ahora bien, es inherente a la trasmisión una incapacidad de ser uno mismo, también un cierto temor de ir en contra de aquello que nos han enseñado. Es la dualidad que tenemos todas las personas cuando tenemos un mentor.

Es un tema que yo comencé a contar en Harry Quebert. En algún momento surge la necesidad de liberarse de nuestro mentor, de nuestros padres, jefes, de aquellos que nos han hecho, de emanciparse, de evolucionar plenamente, con nuestras raíces, con nuestro bagaje; porque evidentemente venimos de algún lado, pero llega un momento en que uno necesita ser como uno quiere, sin sentirse rehén de aquello que nos han dejado como herencia, y es difícil estar en desacuerdo con aquellos que nos han puesto donde estamos.

Para mí, el aval de Bernard era muy importante, porque yo considero deberle todo. Estar en desacuerdo con él era difícil porque yo me preguntaba si yo no lo estaba traicionando, pero me di cuenta con el tiempo de que se pueden tener desacuerdos. Entonces, lo que yo quería contar en este libro es que tenemos el derecho a ser nosotros mismos y que esto no es un ataque contra las personas que nos han ayudado.

***

Ahora sucede lo inesperado. Como el zumbido de un zancudo prehistórico, el viejo teléfono marrón de la oficina de Bernard comienza a sonar. ¿Quién puede llamar a un muerto? Aquel aparato suena como un desquiciado. Dicker se levanta espantado, descuelga el teléfono. Se queda en silencio y dice dos veces aló. Nadie le responde.

Mi francés ahora es más seguro. Le pregunto cuál fue esa historia, esa anécdota emblemática contada por Bernard. Joël sonríe. Menciona rápidamente dos o tres palabras para evocar anécdotas, pero de inmediato las descarta. Su mirada orbita por la oficina de Bernard. Sus ojos se detienen en el teléfono de la oficina de Bernard. Su garganta se mueve, me mira, toma aire:

“Un día yo le dije: ‘Bernard, he terminado mi libro. En vez de que usted lo lea, yo voy a leerle el libro. Tal vez usted lo va a percibir de manera diferente’. De repente, él me mira con un aire horrorizado y me dice que por nada en el mundo me atreva a hacer eso: ‘Marguerite Yourcenar me leía sus libros y era de un aburrimiento absoluto’.

“¿Por qué escojo esta anécdota? Porque primero muestra cómo él fue el último testigo de los 50 últimos años de la literatura francesa. Él había conocido a todo el mundo, una Yourcenar que le leía sus libros, eso me confirma hasta qué punto él era una leyenda en el mundo de la edición, y, además, a qué punto era una persona sin ninguna pretensión en relación con su nombre y experiencia. Él era la persona más modesta que he conocido en mi vida. Yo diría que uno de los mejores halagos que se le puede hacer a Bernard es decir que no tenía ego, no había un Yo. Él se borraba por los otros, él siempre estaba para ayudar a todas las personas, era algo extraordinario, y eso lo volvía muchísimo más grande. Era un hombre de una generosidad incomprensible”.

No es que olvide a Bernard, pero se olvidan los momentos exactos. Porque uno se puede acordar de los sentimientos, de una cena, de una conversación o de su voz por teléfono: Dicker

El silencio se instala entre los dos. La entrevista termina y ninguno de los teléfonos suena. Mientras recojo mis cosas, mi mirada cae en un rincón y recuerdo que ahí está una caja, que tengo que venir a buscar con los ejemplares de mi tesis doctoral sobre Marvel Moreno. No he vendido ni un solo libro. Fueron cinco angustiantes años en los que la voz de Bernard de Fallois, a través del teléfono, me decía siempre el mismo consejo: ‘Nunca olvides que hacer algo demasiado perfecto es el enemigo de hacer las cosas bien y terminarlas a tiempo’.

Solo quince días después de muerto Bernard de Fallois, por fin yo había decidido imprimir mi tesis doctoral, pero había sido demasiado tarde.

Me despido de Dicker. Camino por el pasillo y escucho el trac-trac de mis zapatos frotarse contra la ennegrecida alfombra roja. Cierro la puerta. No sé por qué se me viene a la memoria la primera vez que Bernard de Fallois me habló de Marcel Proust. Me dijo que en En busca del tiempo perdido había una parte en la que el narrador está en medio de una fiesta y, de repente, quiere llamar a su abuela por teléfono.

De Fallois me dijo que había quedado impresionado de cómo el narrador explicaba que las llamadas telefónicas vaticinaban el efecto mental de la evocación de los muertos. Escuchar la voz es un ejercicio de memoria, uno se puede imaginar el rostro, tener un recuerdo integral de la persona, pero las personas no existen frente a nosotros.


Luego, Bernard sacó su agenda telefónica de su bolsillo y me dijo en tono de burla para él mismo que cada vez que quería discutir un tema político o cultural, abría su agenda y se daba cuenta con espanto de que más de la mitad de sus amigos estaban muertos. Se quedó callado mientras miraba su agenda. Con una sonrisa y el dedo índice señalándome, se preguntó a sí mismo por qué motivo aún estaba vivo. En un tono filosófico, y nada fatalista, estimado lector, esa misma noche que me habló por primera vez de Marcel Proust, Bernard de Fallois me dijo esa frase que solo después de este diálogo de media hora con Dicker, cobra sentido para mí:

Es increíble cómo se pueden tener amigos extraordinarios, que cuando mueren, solo existirán durante el tiempo que perduren en nuestra memoria”.

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Ahora estoy frente al 22 rue de Boétie. El sonido de las mañanas de los lunes en París es igual que el de las playas solitarias de Barranquilla. Se escucha solo el discreto viento. Me pongo mi mascarilla y miro hacia la ventana. Observo la silueta de Dicker. No escucho su voz sino que veo la mueca de alguien que está feliz hablando por teléfono. Le doy la espalda. Me hundo en las escaleras del metro Miromesnil, y me digo que hubiese sido bueno preguntarle, por pura curiosidad periodística, con quién hablaba tanto por teléfono.

ALEXANDRA ORTEGA MARÍN
Para EL TIEMPO
PARÍS

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