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Pensar en tiempos de covid-19

“¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé, pero si trato de explicárselo a quien me pregunta, no lo sé”. Eso escribía san Agustín en sus Confesiones a finales del siglo IV. Algo similar ocurre hoy si nos preguntamos qué es el pensamiento.

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Sabemos qué es, pues cotidianamente pensamos, y pensar, lo mismo que sentir, forma parte de nuestra naturaleza humana. Pero si tratamos de explicarle a alguien qué es propiamente el pensamiento, vacilamos y muy probablemente nos sintamos perdidos.

Pensar, actividad compleja

El pensamiento puede ser comprendido de diferentes maneras, y por eso vale la pena detenerse a reflexionar en él. Pensar en algo, o en alguien, por lo general implica algo más que simplemente recordar.

En el campo los animales recuerdan los caminos, pero no sabemos si piensan en ellos. Aún así, es claro que sin memoria no hay pensamiento, y gracias a ella podemos asociar, relacionar, enfrentar o comparar ideas, recuerdos, imágenes, sentimientos o cualquier tipo de representación.

Pensamos cosas que hemos visto y sentido, y algunas otras que nadie ha visto, como cuando pensamos en el tiempo o en el amor. Pensamos pensamientos y pensamos en el pensamiento.

Así surgen distintas formas de pensamiento de las cuales no siempre somos conscientes.

Pensamos cuando hacemos una operación aritmética, cuando programamos alegremente una fiesta; al contemplar sosegados un paisaje, al escribir y al leer, o cuando discernimos –como Kierkegaard– la posibilidad de casarnos o continuar solteros.

Incluso, algunos –como Descartes– dirán que en medio del sueño más alocado podemos diferenciar entre pensamientos correctos e incorrectos: “Duerma yo o esté despierto, siempre dos y tres sumarán cinco y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados”. También en el descontrol propio de los sueños hay geometría y hay pensamiento.

Duerma yo o esté despierto, siempre dos y tres sumarán cinco y el cuadrado no tendrá más de cuatro lados

El pensamiento tiene unas características únicas y paradójicas: es una actividad, y es el resultado de esa actividad. Se produce a sí mismo.

Es thinking, pero también thought, un contraste que los alemanes resuelven diferenciando entre das Denken (el pensar) y der Gedanke (la idea, lo pensado). Y aunque esos términos, siendo distintos pueden ser también sinónimos, el hecho es que indican el sentido de una diferenciación productiva a la hora de tratar de entender mejor eso que hacemos cuando pensamos.

Pensar el mundo

En medio de tan rica diversidad en el pensar, el mundo moderno privilegió lo que algunos han llamado un “pensar objetivo” y otros denominan “conocer”. Pensar llegó a significar entender el mundo, que es lo que hacen las ciencias.

Apoyadas en el saber matemático y en la experimentación, las ciencias han llegado a formular leyes que nos dicen cómo funciona la realidad objetiva del mundo.

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No hay duda de que este pensar objetivo es admirable: ha producido vacunas y técnicas de construcción sismorresistentes sin las cuales no habría sido posible eliminar la viruela o construir edificios altos que resistan terremotos en ciudades como Santiago de Chile.

Pero ese es un pensar que, si bien es útil y necesario, también es limitado. Por eso muchos filósofos, desde Kant hasta hoy, han tratado de justificar la diferencia entre entender cómo funciona el mundo y comprender el mundo en toda su complejidad.

Pensar el mundo, en efecto, va más allá del mero entender qué leyes lo dominan. Y eso lo captamos mejor en estos días de pandemia y cuarentena, cuando más allá de la comprensión de un virus, el pensamiento se hace muchas preguntas y se esfuerza por entender asuntos que sobrepasan los límites particulares de cada ciencia.

No extraña, entonces, que Heidegger haya escandalizado al mundo filosófico y científico de la posguerra afirmando, en un libro titulado precisamente ¿Qué significa pensar?, que “la ciencia no piensa”, ocupada, como está, en tratar de entender. Si no piensa, añade, es precisamente “para asegurar la propia marcha que ella se ha fijado”.

De este modo, entendemos mejor cómo el mundo moderno llegó a hacer suya la divisa programática de sir Francis Bacon, barón de Verulamium –aunque algunos la atribuyen a quien fuera su secretario, nada menos que Thomas Hobbes–: “Saber es poder”.

Conocer el mundo era, en efecto, y sigue siendo, el primer paso para poderlo transformar, y en parte eso explica por qué la epistemología, esa disciplina especializada en explicar el conocimiento, llegó a tener prioridad filosófica sobre la metafísica, centrada en pensar la realidad en cuanto tal. Todo llegó a ser cuestión de método, hasta pensar.

Conocimiento y tecnología se fusionaron en un abrazo seductor que muchos aplauden desde mediados del siglo XIX hasta hoy. Y lo hicieron de un modo tan contundente, que hoy muchos no ven diferencias significativas entre ambos.

Todo llegó a ser cuestión de método, hasta pensar.

Esa alianza ha sido apropiada por muchos como algo natural, más que como hecho histórico, y sigue siendo efectiva entre nosotros, por ejemplo, cuando se asume que la innovación tecnológica constituye el modelo supremo de pensamiento-conocimiento, y que por tanto debería ser la que pone en movimiento la sociedad, la educación y la política social.

Cabe entonces preguntar: ¿dónde queda el pensar la historia, la felicidad, la belleza, la justicia, la religión y en general todas esas dimensiones de la vida por las que la gente cree que vale la pena vivir?

Porque si algo podemos aprender de la larga historia del pensamiento humano es que todo puede ser pensado con rigor y profundidad, desde el fútbol y las artes hasta la religión y la economía (otra cosa es que a algunos no les convenga que mucha gente piense –con rigor y profundidad– en cosas como esas).

Si algo le ha hecho daño al mundo, además de los irreparables deterioros ambientales, es eso que Marcuse caracterizaba como la unidimensionalización de la vida, que se hace visible cuando todos comenzamos a comportarnos como seres domados en nuestra forma de vivir y pensar, cuando no solo comenzamos a pensar igual sino a pensar en lo mismo, con las mismas reglas, bajo los mismos supuestos y al servicio de los mismos fines.

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Un ejemplo de ello es el de los historiadores que, ocupados ya sea con la minuciosidad del dato histórico o con la deconstrucción posmoderna de esos mismos datos, han dejado de preguntarse por el sentido de la historia, eso que tanto preocupaba a pensadores antiguos como san Agustín, y modernos como Kant, Hegel, Marx, Spengler o Jaspers, quien en 1949, tras los desastres del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial, consideraba que lo más importante –aunque quizás no lo más urgente– era volver a pensar el Origen y meta de la historia, título de uno de sus libros.

El pensamiento puede extraviarse en sus propios laberintos. Hablamos de buenos y malos pensamientos, y al hacerlo colonizamos moralmente lo que pensamos, lo que somos cuando pensamos. Alabamos a quienes piensan rápido, sin importarnos mucho la profundidad o el alcance de lo que piensan.

Pensar despacio se ha vuelto sinónimo de pensar fatuo y prescindible. Si nos hablan de pensamientos profundos, casi que de inmediato asumimos que son inservibles porque el mundo lo que realmente necesita son proyectos.

Y si de alguien nos dicen que es un “bien-pensante” nos sentimos perdidos: no sabemos si piensa de manera ordenada, eficiente y profunda, o servil y sometida.

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​Decimos que somos libres porque cada uno tiene su forma de pensar, y eso es falso al menos en un aspecto: todos pensamos desde una misma estructura lógico-formal de pensamiento, bajo las mismas reglas: contenidos mentales diferentes pueden proceder de una misma y única forma de pensar.

Parece, entonces, que cualquier cosa puede ser pensada y al servicio de cualquier fin. Las empresas desarrollan pensamiento estratégico propio, lo mismo hacen los sindicatos, los partidos políticos y las religiones.

Colonizamos moralmente lo que pensamos, lo que somos cuando pensamos

Carecemos de criterios confiables para criticar o ponderar el pensamiento. La crisis causada por el covid-19 invita a pensar más y a pensar mejor, es decir, con mayor profundidad y sin excluir a nadie.

Los políticos necesitan escuchar y entender el pensamiento de los científicos de bata blanca, pero también el de los científicos sociales y humanistas que profundizan en nuestra naturaleza humana para entendernos mejor.

Ese puede ser el derrotero que nos ayude a orientarnos hoy en el pensamiento. En pleno siglo XVIII, cuando la sociedad y la cultura ilustrada tendían a separar y divorciar la razón científica de la religión, del arte, la ética y la política, Kant cayó en la cuenta de que el pensamiento, si bien en muchas ocasiones sirve para orientarnos, también necesita ser orientado.

En 1786 escribió un opúsculo titulado Cómo orientarse en el pensamiento. Allí desarrolla la idea de que, para orientarse, el pensamiento requiere de lo que él llama “un fundamento subjetivo de diferenciación”, esto es, un punto de vista que, anclado en la estructura del sujeto, justifique dicha orientación de una manera no arbitraria.

Porque es posible que el pensamiento ande desorientado, y el hecho de que pensemos no significa que lo estemos haciendo en la dirección correcta.

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Algunos dirán que en la postmodernidad ese sujeto ya no existe. Yo pienso que sí, que es social y está representado por la necesidad, la urgencia humana universal de volver a articular inteligentemente lo natural y lo social.

Podría facilitar el pensamiento que necesitamos para poder enfrentar, a la vez, los virus microscópicos y las inequidades sociales

VICENTE DURÁN CASAS
PARA EL TIEMPO
@VICDURCAS

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