Colombia

Pasiones en tiempo de pandemia

José Gregorio cantaba desde los 7 años en todos los bares y restaurantes de la frontera colombo-venezolana. Su madre lo autorizó para salir de ronda al anochecer después de atender el colegio hasta el mediodía, almorzar con su abuela Dolores y hacer las tareas escolares, pues constató que recogía sin falta al menos el equivalente a dos dólares en bolívares o pesos de aquel entonces. Gracias a esto, su salario de obrera especializada en hacer capelladas en una fábrica de calzado en Cúcuta se acreció y pudo arrendar una segunda pieza para vivir con sus tres hijos y su suegra Dolores, con quien residía luego de que su marido acabara conviviendo con una trinitaria en la península del Paria y los dejara para siempre.

Gloria era su nombre, nacida en Aratoca, pequeña villa en Santander, guapa y trabajadora, hija de tabacaleros con tez morena y cabello rubio. Luego de trabajar durante 10 años en Bucaramanga y tras aprender muy bien la manufactura de zapatos y carteras, Gloria armó familia y se radicó en la frontera, unas veces en San Antonio y otras en Cúcuta, dependiendo de la situación cambiaria, y en un santiamén quedó con su vida configurada, pues con hijos de 11 y 9 años y una niña de 6, apenas si tenía tiempo para atenderlos mientras ganaba su sustento y dejaba en manos de su suegra su cuidado y preceptiva.

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El chico José Gregorio era verdaderamente un muchacho excepcional. Con prodigiosa facilidad memorizaba la letra de las canciones de Cheo García y Felipe Pirela. Cantaba en los billares y cantinas y, cuando las cosas no iban muy bien, se quedaba hasta las 10 de la noche para cantar un rato en los prostíbulos, donde las rameras le hacían coro y lo adoraban. Empezó a ganar reconocimiento en la región. Lo invitaban a fiestas comunales y también para llevar serenatas donde resultaban pertinentes los boleros de Pirela como Únicamente tú, Sombras o Mi viejo San Juan. Su mamá le fabricó botines de charol con tacón alto para mejorar su talla y empezó a usar camisas con lentejuelas que le daban un aire de artista de pueblo, figura en el escenario, pero, al fin, hijo del común. Su familia llevaba la vida con algún decoro y sus hermanos se educaban mientras él estaba culminando su bachillerato. José Gregorio expresó a su mamá el deseo de probar suerte en Maracaibo y, de ser posible, llegar a la isla Margarita para embarcarse como vocalista en un crucero y dedicarse a ello toda su vida.

Pero en Maracaibo no encontró crucero alguno. Un capitán griego le pintó la cara con un billete de cien bolos para que lo llevara a un burdel, y el joven lo condujo allí, donde había cantado en plenas fiestas de la Chinita. En el camino le contó al veterano marinero de la llegada de una preciosa morena tolimense que cargaba con una pena de amor. Apenas llegaron a la casa de citas, el capitán Georgios Karamanlís trabó relación con Yadira, seudónimo corriente entre las trabajadoras sexuales de aquel tiempo adoptado por la tolimense, única prostituta políglota en Maracaibo, decente y triste como les fascina a los visitantes asiduos de las casas de lenocinio.

José Gregorio terminó convertido en el correveidile del marinero, estafeta de confianza entre el griego y Yadira durante 15 días de amores intensos y de diseño de planes que acabaron cambiando profundamente el curso de sus vidas. Karamanlís pagó la ‘multa’ a la matrona del burdel y se llevó a Yadira. Invitó a José Gregorio a trabajar en el barco petrolero como ayudante del capitán en oficios varios y le propuso que cuidara a su joven esposa del asedio de los 18 tripulantes portugueses y tunecinos mientras aprendía inglés con ella. A cambio, le ofreció la visa de trabajo llegando al puerto del Pireo y el vínculo como cantante en cruceros que hacían recorridos turísticos por las islas griegas y Turquía. Finalmente, el griego cumplió su palabra y un día optó por presentarlo al colega Tong, capitán de cruceros con sede en Singapur quien al oírle cantar quedó fascinado y lo vinculó para trabajar en la ruta Singapur, Bali, Yakarta, Phuket, Bangkok.

Pandemia a bordo

Así, cumplidos 23 años, José Gregorio se había convertido en un verdadero cantante de crucero, lo que en inglés llaman un crooner, un cantante de todo tipo de melodías con una excepcional memoria musical donde estarán los grandes temas románticos de todas las naciones: Armstrong y Sinatra, las canciones de Jacques Brel, Aznavour e Yves Montand, el poema musicalizado de Vinicius de Moraes La chica de Ipanema, O Sole Mio y Nunca en domingo, Granada y una rumba flamenca, los boleros cubanos, El negrito del batey, La pollera colorada, La camisa negra, La gota fría y La bamba, Guantanamera y Bésame mucho. Desde luego, estarían incluidas las baladas de Julio Iglesias, tan apetecibles en la visión media del hombre asiático sobre lo latino, y las canciones con acento cambiado de Nat King Cole. Por supuesto, un canto ruso para formar una gran algarada con la cual solía concluir el show.

El capitán Tong decía que José Gregorio era quien generaba el capital de trabajo del Temasek, como se llamaba el barco en homenaje a uno de los nombres originarios de Singapur.

La familia recibía en Cúcuta los giros desde los diferentes puertos orientales, y la mar del sudeste asiático lucía tranquila en aquellos tiempos, aunque todavía se evocaba la tragedia del tsunami. Así, honrando la palabra de la historia, dejando oír la inesperada melodía del destino con la cortina de risotadas de los dioses a los que un día hemos contado nuestros planes, sobrevino la más repentina de las circunstancias.

Todo comenzó el 6 de mayo de 2009, cuando las agencias de noticias internacionales informaron que la cantante mexicana Ana Bárbara había sido obligada a dejar un crucero en Asia ante el temor de la influenza humana. La sorpresa no se hizo esperar. No bien había atracado el Temasek en el puerto de Bangkok cuando las autoridades tailandesas obligaron a descender a más de 50 pasajeros internacionales y cinco tripulantes del buque. Todos fueron llevados en cuarentena a un refugio sanitario y sometidos a duros exámenes valorativos de su condición inmunológica. Un centroamericano y un ciudadano de Taiwán fueron declarados portadores del AH1N1 y ello bastó para que el barco y sus pasajeros fueran inmovilizados por 75 días y toda la tripulación licenciada. Tong dijo a su amigo colombiano:

—A todos los tripulantes logré colocarlos en cargueros o petroleros, pero tú eres cantante.

—Lo sé, asintió José Gregorio. No te hagas problema conmigo que ya encontraré la forma de ganarme la vida.

El encuentro en tierra

A los 34 días de forzada reclusión fue dado de alta y empezó su romería por hoteles y restaurantes. La respuesta fue siempre la misma: tienes visa de navegante y además estamos en baja temporada. Solo uno de los agentes quiso escuchar su voz, mas no cantando sino animando público a través del micrófono. Luego formuló su propuesta: ir a trabajar como animador en uno de los prostíbulos de Bangkok, los cuales funcionan como una subasta continua. Existe una especie de auditorio donde el escenario está separado como una enorme vitrina. Aquello no parece un lupanar sino la final de un concurso internacional de belleza. Las mujeres dentro del escenario portan un número en su pecho, y una especie de maestro de ceremonia invita a los visitantes sentados en luneta a escoger su preferida. Una vez se lleva a cabo la selección vendrá el encuentro, el arreglo económico y las opciones cuerpo a cuerpo, relajante, con unturas y aromas, diferentes tipos de baño y aun las modalidades contractuales para algunos días e incluso temporadas de convivencia.

José Gregorio sintió que experimentaba una regresión en su recorrido vital. En cualquier caso no tenía alternativa y pronto se hizo conocer instalando un estilo de animación tomado de los narradores deportivos de las cadenas internacionales de televisión, que suelen celebrar los tantos del fútbol o los cuadrangulares en el béisbol cantando algunas frases de temas conocidos o tarareando estribillos como aquel de ‘y la bola se va y se va y se va’, cada vez que uno de los putañeros hacía saber su decisión.

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Al igual que en los tiempos de Maracaibo, José Gregorio la trenzaba bien con las muchachas del gigantesco burdel, quienes a menudo le ofrecían contemplaciones y formas de nalgueo fuera de lo común. Su apatía era cada vez más manifiesta.

Un día cualquiera pidió a uno de los masajistas del lugar que le hiciera una sesión de estiramiento y relajación de aquellas en las cuales, verdad sea dicha, la tradición tai no tiene parangón. José Gregorio se sintió muy a gusto y cuando el joven hizo correr sus palmas en el plano interior de sus muslos y luego pidió su consentimiento para hacer pulsos en redondo bajo su escroto, apenas pudo balbucir una voz de asentimiento pues estaba navegando rumbo a playas lejanas iniciando su travesía en el mundo homosexual que ahora descubría como el recodo oculto de su personalidad.

José Gregorio asumió con valentía y sinceridad su nueva realidad. No supo de ocultamientos ni dio espacio a los rumores. Por el contrario, dedicó no pocas horas a descifrar su vida íntima y al escrutinio de sus propios sentimientos. Leyó entonces a Wilde, Whitman y a Federico para tratar de comprender “el caro amor de los camaradas”. Organizó su nueva manera de vivir en el viejo reino de Siam y luce muy satisfecho.

En Cúcuta todo es alegría. Los giros llegan regularmente y los hermanos de José Gregorio avanzan en los estudios universitarios. Pipo llama el cantante a su compañero tai, cuyo nombre verdadero es Thaksin, a quien exigió abandonar el ejercicio de su trabajo como masajista y dedicarse a una microempresa que distribuye perros calientes y emparedados entre los servidores y clientes de los centros nocturnos. Religiosamente, Pipo recoge al animador a las 2 de la madrugada para ir a su bonita vivienda del centro hotelero de la capital de Siam. Al llegar al conglomerado de mujeres de toda Indochina con decenas de pisos y centenas de habitaciones, Thaksin aguarda cinco minutos antes de hacer sonar el claxon de su convertible. Allá al fondo se escucha la hermosa voz de su compañero:... “Y la bola se va y se va y se va”.

JUAN ALFREDO PINTO SAAVEDRA
Para EL TIEMPO​@juanalfredopin1

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