Colombia

Obituarios de personalidades recientes

Sir Sean Connery (Edimburgo, Escocia 1930 – Nassau, Bahamas 2020). A la edad de 90 años, el pasado 31 de octubre falleció una estrella británica cuya imagen jamás se extinguirá. Símbolo varonil de las pantallas internacionales, la personificación mejor lograda del agente secreto de Su Majestad “con licencia para matar” y el caballero inconfundible cuyo carisma marcó varias décadas. Dirigido en 1964 por el maestro Hitchcock (para Marnie, la ladrona), el aventurero Huston (El hombre que quiso ser rey, 1975), el polifacético Spielberg (Indiana Jones y la última cruzada, 1989), el virtuoso criminalista De Palma (Los intocables de Eliot Ness, 1987), el no menos versátil Jean-Jacques Annaud (El nombre de la rosa, 1986) y el independiente Gus Van Sant (Descubriendo a Forrester, 2000).

De ojos negros y mirada profunda, expresión picaresca y virilidad sin pretensiones, físicamente comparado con el clásico galán de galanes Clark Gable –a los treinta e incluso cuarenta años exhibía su delineado pecho velludo con evidente narcisismo–. Famosas e inolvidables fueron sus apropiaciones escénicas del rey Arturo (el de la Mesa Redonda) y siempre estuvo lo bastante acoplado a los roles del arquero Robin Hood, el monje sabueso Guillermo de Baskerville, un diplomático árabe o un académico sedentario y, particularmente, aquel aventurero excéntrico moldeado por el imaginario del cuentista británico Rudyard Kipling.

Pero fue James Bond la encarnación que lo haría inmortal hasta aseverarse por diferentes expertos no tener parangón cercano. Porque las tres primeras adaptaciones para la pantalla de novelas escritas por Ian Fleming son, sin duda alguna, las mejores y más novedosas del seriado de un moderno espionaje internacional. En efecto, entre 1962 y 1964: Dr. No, Desde Rusia con amor y Goldfinger crearon un subgénero y el personaje paradigmático que permanecerá en la memoria y el favoritismo de pretéritos públicos masivos del mundo entero.

Bastará mencionar su galantería, las amantes que lo secundaron, sus locaciones exóticas, los carros prodigiosos a su disposición y una parafernalia impresionante ahora llamada juguetería. Le siguieron: Operación Trueno (1965), Solo se vive dos veces (1967), Diamantes para la eternidad (1971) y Nunca digas nunca jamás (1983). Aunque las comparaciones suelen parecer odiosas, este legendario agente 007 superó con creces las interpretaciones sucesivas de Roger Moore, Timothy Dalton y Daniel Craig.

Quedaron, entonces, para la posteridad algunas otras de sus creaciones escénicas: el perspicaz fraile franciscano con dotes detectivescas a lo Sherlock Holmes, ese policía que le enseñó al agente federal del Tesoro Eliot Ness las estrategias para cazar a los mafiosos e intocables en los años más duros de Chicago, aquel otro escritor neoyorquino en declive que compartía su pasión literaria con un joven basquetbolista del Bronx, e incluso el profesor y padre de un legendario arqueólogo desaparecido en busca del Santo Grial.

Fernando Solanas (Olivos, Buenos Aires 1936 – París, Francia 2020). El Pino Solanas, fallecido el pasado 6 de noviembre, de raíces abiertamente políticas, igualmente realizó algunas coproducciones musicales con Francia y fue senador de la República. Militante peronista, responsable del muy comprometido y crítico documental La hora de Los Hornos (1970), codirigido por el igualmente perseguido Octavio Getino (1935-2012). Notas y testimonios sobre neocolonialismo, violencia y liberación; manifiesto o proclama ideológica, según aquellas características aguerridas de la nación argentina –antes y después de la primera presidencia de Juan Domingo Perón–. Presentado en París por Jean-Luc Godard como “ejemplo de imagen crítico-histórica de la realidad latinoamericana”; dos años después, completó el revolucionario díptico político por obra y gracia de una ficción titulada Los hijos de Fierro.

Fueron justamente dos musicales los que recrearían imágenes del convulsionado pasado de los argentinos para rearmar el imaginario colectivo de un país que, de 1976 a 1983, soportó uno de los regímenes más oprobiosos de América Latina. Primero, Tangos: el exilio de Gardel (Argentina - Francia, 1985). París, hacia 1980, servía como refugio seguro para estudiantes anónimos y artistas no consagrados, quienes debieron abandonar el país austral por circunstancias tristemente conocidas: coreógrafos, bailarines, juglares y compositores de canciones populares alternaron junto con libretistas por correspondencia, o por teléfonos gratuitos de larga distancia. Se arma, entonces, una ‘tanguedia”; es decir, tango + tragedia + comedia; al romper con las convenciones establecidas, funciona como una novela-espectáculo dividida en capítulos y entreactos musicales. Mientras que Juan Uno envía los temas desde Buenos Aires, Juan Dos reedita el mensaje y monta un vistoso ballet desde calles y puentes de La Cité. La cámara de Félix Monti se despliega como un bandoneón –Volver y El día que me quieras se entremezclan con tangos contemporáneos escritos por el mismo Solanas–. El General San Martín, más allá de todo anacronismo, cenaba en la Ciudad Luz con Carlos Gardel y la actriz Marina Vlady.

Pasaron tres años y llegó… Sur. Historia de amor en Buenos Aires durante el período de transición de la dictadura militar a la democracia de Raúl Alfonsín. El regreso del exilio interior, desde el sur patagónico (“un tema viejo, casi constante, en la vida argentina”). Tres capítulos: La mesa de los sueños, La búsqueda y… Amor y nada más. Hacía cinco años que la mujer de Floreal Echegoyen, también llamada la Amante del Muerto, esperaba su regreso y creyó ser poseída entres sábanas blancas. Solanas señala el tortuoso camino del realismo mágico, con un narrador que se refiere a la noticia de su propia muerte por ajusticiamiento en una calle bajo el puente, el barrio de la milonga, el humo de los prostíbulos y el vapor de sus muelles.

“Porque mi cine está arraigado en la memoria de mi pueblo, en su historia, en la búsqueda de una identidad nacional, de una vocación cultural propia”. Entre 2004 y 2018, el exsenador Solanas emprendió varios largometrajes documentales de denuncia enfocados en estrategias o legados peronistas. Entre ellos: Memoria del saqueo, Tierra sublevada: oro impuro y La guerra del fracking.

Paul Leduc (Ciudad de México, 1942 – México D. F., 2020). El 21 de octubre se fue uno de los más importantes pilares de la renovación del cine mexicano en los años 70 y 80: Paul Leduc Rozenzweig. Aunque solo hiciera tres películas de largometrajes en diez años, dos de ellas marcaron un hito por ser las mejores ficciones realistas jamás hechas basadas en personajes históricos –el periodista John Reed y la pintora Frida Kahlo–. Primero fue México insurgente, en 1972; once años después, Naturaleza viva.

A partir de la autobiografía escrita por el periodista bolchevique John Reed (Portland 1887 – Moscú 1920), el mismo de Octubre o Los 10 días que estremecieron al mundo, con fotografía en blanco y negro virada a sepia, una exhaustiva recreación de época sobre la Revolución Mexicana que, gracias al magnífico archivo fotográfico Casasola, registra semejante acontecimiento histórico como si realmente estuviese sucediendo. Claudio Obregón, en el rol del célebre activista y cronista estadounidense; Heraclio Zepeda, fiel copia de Pancho Villa. Le siguió el documental de crítica social Etnocidio: Notas sobre El Mezquital (1977), en equilibrada coproducción con el National Film Board de Canadá.

Desde su casa azul de Coyoacán, en Naturaleza viva se perfila una mujer extraordinaria, con la obra plástica que refleja un recio carácter americanista y trasluce las cicatrices de su accidentada vida. Al reconstruir el espacio vital que siempre la rodeó, junto a los más granados artistas e intelectuales, se intuye su creatividad para aproximarse al drama del dolor humano, recurre a la rememoración fragmentada y sin diálogos de varios momentos o episodios que trascendieron sobre su existencia. En el lecho de muerte, amarrada a una silla de ruedas, en condición de minusválida, Friducha hace un solitario balance de numerosas experiencias traumáticas que la azotaron para exteriorizar con secreta nostalgia las mismas emociones que dejaron huellas imperecederas en sus autorretratos flagelados. Su resultado visual no pudo haber sido más conmovedor, con las calladas descripciones de objetos o actitudes que permitían delinear un talante femenino sin par –Ofelia Medina reprodujo las facetas del sufrimiento y su proceso creativo–. Además, Juan José Gurrola hizo de Diego Rivera, Claudio Brook fue Guillermo Kahlo y Max Kerlow en el papel de Trotsky.

Su trilogía musical (1989-1993) se inicia con Barroco (1989), que configura imágenes y sonidos alusivos a la historia caribeña y centroamericana desprendidos de la novela corta Concierto barroco, de Alejo Carpentier; con ausencia de textos e irrupción de figuras emblemáticas como Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Omara Portuondo. Un leitmotiv cubano, por el Trío Matamoros, conecta una diversidad de acontecimientos: ¿De dónde vienen los cantantes? (Son de la loma).

Le siguieron: Latino Bar y Dollar Mambo. Mientras que la primera de estas revive el apasionado romance sostenido por una cabaretera de puerto y un exconvicto, en homenaje a Santa –primer melodrama sonoro del cine mexicano–, la segunda retoma las melodías bailables de Dámaso Pérez Prado para recrear un drama real acaecido durante la invasión americana a Panamá, en 1989, cuando una bailarina negra fue abusada y posteriormente asesinada por varios soldados extranjeros. En todas ellas se distinguen las principales características estilísticas de Leduc: ausencia de diálogos y rupturas o discontinuidades narrativas.

Última salida del trascendental realizador mexicano, figura imprescindible del Nuevo Cine Latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX: El cobrador: In God We Trust (2006); es decir, En Dios confiamos, o cinco historias polémicas del recién fallecido escritor brasileño Rubem Fonseca –globalización de la violencia y asesinatos seriales no resueltos en Nueva York, Miami y Brasil–. Ganadora del Ariel al mejor guion adaptado, vendría a completar para su artífice siete premios de Oro y Plata concedidos anualmente por la industria cinematográfica de su país. ¡Paz en su tumba!

Mauricio Laurens


Cine al Ojo
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