Colombia

Novela sobre violencia le abrió paso a la literatura moderna

“La violencia, con su seguidilla de tragedias, sus escenas conmovedoras y descarnadas, sus personajes brutales o enternecedores, proveyó de temas, imágenes y giros a la novela que se estaba escribiendo en Colombia a principios de la década de 1960”.

Esta conclusión de la tesis “El drama sin amor. La novela de la violencia en Colombia 1902-1962”, del doctor en Historia Juan Fernando Duarte, de la Universidad Nacional de Colomiba (UNAL) Sede Medellín, revela cómo la investigación llevó a asumir la novela sobre la violencia como un proceso necesario en la consolidación del “campo literario”.

Se trata de un espacio cultural construido por muchas obras literarias que demuestran el camino elegido por la intelectualidad colombiana para desarrollar la llamada novela moderna.

La tesis muestra que en el periodo comprendido entre el final de la Guerra de los Mil Días y la década de 1960, la narrativa colombiana encontró su camino y especificidad, al pasar de ser una herramienta de denuncia y pretexto para la lucha de ideas políticas, a ser un bien cultural apreciado y un buen pretexto para mostrar cualidades de creador.

El autor hizo un inventario de novelas del periodo 1902-1962, tomó 86 títulos, los dividió por décadas e hizo una introducción en la que mostró cómo a principios del siglo XX el género literario de más prestigio era la poesía mientras la novela era “mal vista”.

“Las condiciones sociales del país hicieron que la novela empezara a ocuparse de temas sociales, de la denuncia, y ganara cierto prestigio narrando lo que otros géneros no trataban y usando la literatura no solo para expresar belleza o una gran cultura, sino también temas sociales”, reitera.

“Cuando el campo literario madura, y mi punto de inflexión es el Grupo de Barranquilla y la obra de Álvaro Cepeda Samudio, la violencia se transforma, ya no necesita ser tan atroz, ya el escritor profesional sabe cómo se hace una obra artística”, afirma el doctor Duarte.

Agrega que “en la novela, la violencia empieza a ser tratada de manera diferente a medida que pasa el tiempo, porque cambian las palabras para referirse a ella”.

Le llamó la atención lo que muestran y no muestran estas obras. Entre lo que muestran están los agentes sociales representados, como el policía o el que manda en el pueblo, los curas salvadores o condenadores, los indígenas, y con el paso del siglo, una mayor presencia femenina.

“La mujer aparece de forma atípica. En 1911 en Hija espiritual, la madre Laura es la mala; en Rosalba, de 1918, aparece ya con libertad sexual; en los 30, la mujer-víctima, porque hay incorporación masiva al campo laboral y aparecen los abusos sexuales; y en los 50, la sargento Matacho, mujer de armas tomar”, indica el doctor Duarte.

Entre lo que no muestran, destaca que no hay descripciones de personas, prosopografía: “a pesar de que la violencia era tan cercana, a la gente la mataban a machete o con revólveres; no sabemos del color de los ojos o del pelo, una cara o una estatura. Lo importante no eran las personas, sino conmover y mostrar atrocidades, que tenían efectos importantes en los contrarios. La inexistencia de descripciones hace que todo parezca imaginado”.

“En las obras de los 50 e inicios de los 60 la tendencia es ubicar los hechos en un espacio ficticio, y hay más novelas desde la visión del victimario que desde la víctima porque los escritores no exploraban mucho la dimensión psicológica que es muy compleja y moderna; eso se ve en las últimas obras que exploré, las de Héctor Rojas Herazo y Cepeda Samudio, quienes tienen una visión mucho más moderna de la literatura, mucho más arte”, indica el investigador.

A La vorágine la muestra como “nuestra Divina Comedia”, como “la gran novela de la primera mitad del siglo XX, que pone la violencia en el centro, en la manera como empieza: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia”. “Es una obra excepcional en todos los sentidos”, comenta el doctor Duarte.

La novela pasó de ser una fuente importante para el estudio de las representaciones de la violencia a ser un fenómeno artístico que valía la pena ser estudiado en sus propios términos, que debía tener una historia particular”, concluye Juan Fernando Duarte.

Agencia de Noticias UN – Unimedios

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