Colombia

Menos mal

28 de febrero de 2020

Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

En los últimos días, en momentos diferentes, me encontré con dos personas que iban caminando casi con la misma postura y el mismo objeto en las manos. No en la misma esquina, que si así fuera no tendría gracia. Cuando vi a la segunda persona, sentí lo mismo que cuando jugaba a las parejas, ese juego en el que deben irse descubriendo las imágenes iguales entre unos cartoncitos que, una vez puestos boca abajo y revueltos, se extienden ordenados en el suelo o en una mesa; el propósito es encontrar la pareja, al principio adivinando, luego recordando. El caso es que cuando vi la segunda imagen recordé la primera, y casi grité.  Me contuve, claro.  No hubiera sido conveniente dejar al descubierto una asociación que delataba, cuando menos, una grieta en el universo, pues no puede considerarse otra cosa haber visto primero a un hombre y luego a una mujer, caminando, a eso de la una de la tarde, con caras circunspectas y cuerpos erguidos, mientras llevaban en la mano un manojito de cilantro. Lo llevaban como si estuvieran dirigiéndose a un encuentro romántico y quisieran complacer a la persona amada, como si lo que transportaran fueran rosas. Y seguro que así era. La sopa a la que estaban destinadas las hojas de Coriandrum sativum, sería una ofrenda a los comensales o a la persona con la que se compartiría mesa. Era razonable, entonces, aquella procesión a mediodía, aquel cuidado ceremonioso.

El cilantro debe agregarse a la sopa con cautela: si se va la mano, el resultado puede ser desastroso. Huele y sabe con tal intensidad que, si se agrega en abundancia, el caldo puede terminar siendo una sopa de cilantro, así se hubiere cocinado la carne o verdura más fina. Debe entonces –apenas– ponerse la cantidad suficiente, pero ¿cuánto es suficiente? Ni idea. Quien lo diga no sabe cocinar, y menos vivir. Tal como nunca sabremos cuánto perfume poner, o cuánto endulzar, o cuánto halagar. No hay forma de acertar. Pero una sopa sin cilantro tampoco es sopa, será un caldo insípido, pero no una sopa que caliente el alma y disponga el espíritu para las complejidades vitales. Mejor dicho, servirá para alimentar el cuerpo, pero no para elevar el ser por encima de las vicisitudes existenciales. ¿Han visto ustedes cómo los cubos de caldo artificial, sin importar si imitan la carne, el pollo o las verduras, incluyen siempre unos trocitos diminutos de algo verde que pretende imitar el cilantro? Es porque no son tontos los fabricantes del engaño; menos mal el alma no cae en la trampa.

Por eso me emocioné al ver a aquellos dos en procesión, aquellos devotos que con tal cuidado iban llevando las ramas de cilantro, mientras en la esquina había conmoción junto a la venta de aguacates. Presentí que aquella pareja, y sus manojos, podrían ser dos de los treinta y seis justos, dos lamed wufniks, y por tanto un verso escondido de Borges: los que llevan un manojito de cilantro en la mano, “esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.

Rubén Darío escribió el siguiente cuento:

“En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda rosa…

–Eres bella.

–Lo soy, dijo la rosa.

–Bella y feliz –prosiguió el diablo–. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…

–¿Pero?…

–No eres útil…. Rosa, ser bella es poco…

La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer– deseó la utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.

Pasó el buen Dios después del alba siguiente.

–Padre –dijo aquella princesa floral…–, ¿queréis hacerme útil?

–Sea, hija mía –contestó el Señor sonriendo.

Y entonces vio el mundo la primera col”.

¿Algo puede ser bello y útil? Seguro que sí, se puede ser bello y útil a la vez, como el cilantro y como la col, e incluso como la rosa, aunque ella, avergonzada, no lo crea. Pero sólo se puede ser justo si no se sabe que su existencia ayuda a justificar el propósito de la humanidad. Tal como aquella pareja que, ingenua y desconocida, iba de procesión, cada uno por su lado, a la una de la tarde.

Menos mal ningún justo leerá esta columna, o sabrá de ella.

Manizales, 28 de febrero de 2020