Colombia

Las alternativas de ser lo que llaman niños normales, dedicados a sus juegos y travesuras, no es que les hayan faltado, sencillamente ninguno de ellos estuvo dispuesto a acogerlas, porque el único interés que desde un comienzo tuvieron fue el del aprendizaje. Un aprendizaje complejo, difícil, pesado como que el camino hacia el mismo era nada más ni nada menos que el de las matemáticas. Para ellos nunca fue un camino tortuoso, era una especie de placer infinito que se prolongaba hasta en las vacaciones, cuando estaban con sus padres y ellos se ocupaban de muchos juegos, pero en los que necesariamente estaban involucrados los números, las operaciones, los cálculos, el descubrimiento de nuevas cosas, de esas que aparecen cuando se tiene la capacidad de saber leer en todo sentido el contenido de operaciones que buscan resultados exactos. Eran cinco hijos y todos ellos tenían el mismo gusto. Los padres llegaron a pensar que de pronto con la última de ellos, podría ser diferente, pues en más de una ocasión reflexionaron sobre si era justo que a ellos se les fueran sus infancias en medio de conocimientos constantes y cada vez más difíciles.

La preocupación fue solamente de los padres, porque la niña, la menor de todos, resultó más inquieta y más interrogadora que los otros cuatro sobre todos esos fenémenos que se encontraban en la naturaleza y las múltiples explicaciones que desde las matemáticas podrían encontrarse, con la alegría de que cualquier respuesta que fuera hallada era exacta y no se prestaba a debates o discusiones que se fueran en largas charlas sin conclusiones precisas y beneficios concretos. Todos los hijos eran muy inquietos en ese sentido, pero la niña de la casa resultó mucho más que los otros. Su afán por aprender todos los días, a todas las horas era inmenso. Sólo quería estudiar, saber, tener nuevos conocimientos y no paraba de preguntar. Fue el comienzo de lo que sería su vida entera, un recorrido por el conocimiento, para entender mejor el mundo y con ello hacer aportes trascendentes a lo que pudiese ser útil al ser humano. Eran los sueños de una niña, que nunca la abandonaron y al final de sus días el mundo supo y cada vez sabe más, de los grandes logros que esa poderosa mente, que funcionó en un cuerpo débil y aparentemente frágil, de las enormes contribuciones que al saber científico hizo. Sus beneficios para la humanidad se siguen ampliando y desde lo que ella hizo se han obtenido avances que le han permitido a la ciencia médica ser más exacta y acertiva. Esa niña siempre supo para donde iba.

No es sencillo saber todo lo que logró. Sobre ella se ha escrito mucho y difícilmente una persona desconoce su nombre, aunque sean pocos quienes ciertamente pueden hablar de lo que hizo, como lo hizo y porque lo hizo, en una época en que la mujer estaba destinada solamente a ser madre y ama de casa, pues sus derechos eran completamente desconocidos. Es más, ni siquiera se sabía que las mujeres tenían derechos y por eso todo lo que pasaba con ella, lucía como si fuese normal y en verdad que lo era. Lo anormal era lo que hacían damas como ella, que se salieron del molde y se pusieron a la par de los hombres. Y no solamente a la par, sino que los superaron con un amplio margen. Es que esas diferencias entre géneros nunca han existido naturalmente, son inventos sociales que se impusieron con la sumisión de quienes no supieron reclamar y que además deben seguirlo haciendo, pues si bien es cierto han logrado mucho en la sociedad, debería ser más. Para ella todo fue una gran lucha. Nunca dejó de darla y lo hizo con la frente ergüida y apenas una vez pensó que se desmoronaba, cuando la madldicencia humana fue capaz de traspasar todos los límites de la maldad por la maldad. Hay quienes viven de hacer mal a los demás, aunque ello no los beneficie en nada. Gozan con el mal ajeno y eso les llena sus vacías existencias.
Repasar, una vez más, su vida, en el agradable estilo de una escritora española que no dudó en adelantar numerosas investigaciones y agotadoras lecturas para entregar una nueva biografía, escrita con la sobriedad de quien se atreve a escribir sobre ciencia, en lo que no pueden haber especulaciones, porque deja de ser ciencia. De la mano de la profesora de Química inorgánica de la Universidad de Sevilla, España, Adela Muñoz Páez, se vuelve a repasar esa vida ejemplar, de la que mucho hay por aprender. Cuando el biógrafo es admirador del biografiado, se logran mejores resultados, por la plena comprensión de las realizaciones de quien se va conociendo a través de esas líneas. Una biografía de una científica que no es para nada pesada y que se deja leer con el gusto de la buena literatura.

Una agradable lectura para expertos y no expertos en química y especialmente en temas referidos a la radiología, el tema que ocupó la casi totalidad de los 67 años de existencia de Marie Curie, una mujer de finales del siglo XIX y comienzos del XX que se ha convertido en un verdadero paradigma de lo que son las personas grandes cuando quieren serlo, sobrepasando todos los obstáculos que se pongan en su camino, desde la terrible discriminación por simplemente ser mujer, hasta las dificultades de la ausencia de recursos para poder abordar investigaciones que adelantó casi que con sus propias manos como herramienta de trabajo. Quien quiere, no conoce de los tropiezos, o apenas los toma como un escalón más que es necesario superar para conseguir las metas trazadas.

Es admirable en todo sentido la vida de Marie Curie, pero es comprensible que haya logrado todo lo que consiguió como investigadora científica, pues desde siempre se dedicó a estudiar. Su padre, el profesor de física y matemáticas Wladislaw Skiodowski y su mafdre, la maestra de escuela Bronislawa Bogulka, le inculcaron a sus hijos desde muy pequeños el amor por el saber, por la investigación, por la indagación de lo nuevo, en una Polonia ocupada por los rusos y sometida a regímenes de humillaciones y controles inhumanos en contra de la población nativa, a la que consideraban de menor calidad humana. Les indujeron el aferramiento a la razón del saber, e igualmente el amor por lo suyo, por el orgullo de ser polacos, que nunca lo perdieron y que resaltaron en todas las ocasioens que la vida se los permitió.

Marie Curie, quien llegó a la vida como María Salomea Skiodowski, a quien siendo niña, como la menor de la familia, siempre llamaron Mania y quien cuando ya fue madre, en las numerosas cartas que le escribió a sus dos hijas, Irene y Eve, se despedía como Mé, que al irse a estudiar a Francia afrancesó su nombre y se puso Marie y al casar con Pierre Curie, adoptó su apellido, es de esas vidas que nunca terminarán de ser exploradas por la historia, por lo que no es la obra de Muñoz Páez un texto más sobre lo mismo, es una manera distinta, desde la visión de una persona dedicada a lo mismo, de lo que fue esa maestra a quien tanto ha debido estudiar. Y por ella sabemos cosas como que:

Ninguno de los tropiezos que tuvo Mania en el liceo fueron un obstáculo para que terminara la enseñanza secundaria un año antes de la edad usual y obtuviera la medalla de oro, concedida a los estudiantes que obtenían las mejores calificaciones. Este honor ya lo habían conseguido sus hermanos mayores Jozio y Bronia. A la ceremonia de graduación, que tuvo lugar el 12 de junio de 1883, acudió toda la familia, pero el día no fue perfecto porque Mania tuvo que estrecharle la mano al encargado de entregarle la medalla, Aleksandr Lvovich Apukhtin, responsable de la educación en la Polonia rusa y una de las personas más odiadas de Varsovia.

Esta ceremonia fue el brillante colofón de un periodo en el que Mania había pasado de ser una triste niña huérfana de madre a convertirse en una joven madura y decidida. Su padre, de nuevo con muy buen criterio, decidió que había llegado el momento de que disfrutara de unas largas vacaciones. (Pag. 26).

Cuando terminó sus estudios secundarios no pudo cumplir su sueño de ingresar a la Universidad, uno por ser mujer y dos por ser polaca y ese era un derecho reconocido solo a los rusos. Debió entonces emplearse como institutriz en grandes mansiones rurales, donde fue ahorrando para convertir en realidad lo que en alguna ocasión pactó con su hermana Bronia, mayor que ella, en el sentido de que esta se iría primero a París, haría su carrera de física y luego le ayiudaría a Mania para que pudiese viajar a Francia, teniendo, al menos a donde llegar. Bronia no solamente estudio, sino que tuvo un excelente matriomonio y cuando estuvo lista le pidió a Mania que se fuera a la ciudad luz, a donde llegó a los 25 años, ingresó a la Universidad de la Sorbona y de allí egresó como física y matemática, cursando luego el doctorado para llegar a ser la primera mujer doctorada en físca en ese claustro, del que llegaría a ser, también , la primer fémina docente.

En ese mismo espacio de estudio y consagración a la investigación cientifica, conoció a quien sería el gran amor de su vida, su compañero de recorridos extensos por las calles de París en bicicleta y con quien procrearía dos hijas, Irene y Eve, quienes también alcanzarían grandes objetivos vitales, la primera de ellas también Premio Nobel de Química en 1935. Con Pierre se consagró aún más a los nuevos conocimientos, pues este era un cientifico , disciplinado y de grandes retos. En un laboratorio precario y con ella trabajando debajo de un cobertizo que daba grima, realizaron indagaciones precisas sobre el radio y sus usos humanos, haciendo méritos para que en 1903 les concedieran el Premio Nobel de Física, que se lo quisieron dar solamente a Pierre, pero este fijó su posición firme: es una investijunta entre Marie y yo y nos lo dan a los dos o no acepto que me lo den solamente a mí. Se los concedieron, pero estaban tan ocupados y le dieron tan poca trascendencia al galardón, que ni siquiera fueron a la ceremonia de entrega, alegando estar muy ocupados en sus nuevas investigaciones. En 1906 Pierre muere atropellado por un pesado coche de caballos y ella sigue su tarea investigativa, profundizando en temas e innovaciones para la ciencia. Porque

Algunos historiadores atribuyen el éxito de Maria a su enfoque químico al estudio de un fenómeno en el que había fracasado la aproximación física de Becquerel y del resto de los científicos que se interesaron por el tema. Pero la cuestión no es tan simple. Como pondremos de manifiesto más adelante, aunque uno de los principales logros de Marie fue poner a punto un método químico eficiente para la separación de los nuevos elementos radiactivos, para llegar a ese descubrimiento tuvo que hacer infinitas medidas “físicas” de la intensidad del rayo, medida que Becquerel había intentado realizar sin éxito. También fue determinante que abordara el estudio del fenómeno sin los prejuicios de temas de investigación heredados. A diferencia de Becquerel o de Poincaré, ella se aproximó al estudio del fenómeno como si se tratara de algo completamente nuevo; tenía además la energía y la osadía de la juventud, de las que carecía un Becquerel que ya había obtenido todos los reconocimientos a los que un científico francés podía aspirar y tenía un prestigio que cuidar.

El gran éxito de Marie fue que realizó las preguntas oportunas e ideó los métodos para conseguir las respuestas acertadas. (Pag. 113)

Eso hizo que en 1911 le concedieran a ella el Premio Nobel de Química, por sus grandes aportes a la ciencia médica en el campo de la radiología, de la que debe ser considerada su gestora sustancial. Un Premio Nobel que le llegò en uno de los momentos más críticos de su vida, cuando el año anterior se había desatado un escándalo por su relación especial de amistad con Paul Longevin, compañero de trabajo de la pareja en el laboratorio. La destrozaron con mentiras y exageraciones y por poco la llevan al suicidio. Es un episodio sucio, no para ella, sino para quienes se encargaron de construirlo de manera desvergonzada, pues

Aunque distorsionaba algunas cosas, en líneas generales contaba la existencia de una relación entre ambos. Para conseguir una entradilla vistosa no dudó en alterar la realidad; dijo que Langevin había huido con su amante al extranjero y que nadie conocía su paradero. Era verdad que ambos estaban fuera del país y en la misma ciudad, Bruselas, porque asistían al congreso Solvay, pero ni habían llegado allí juntos, ni se alojaban juntos. Según contaba en su artículo, Hauser se había desplazado hasta la casa de los Langevin en Fontenay-aux-Ro-ses para entrevistar a la suegra de Paul, la cual le había confirmado que las cartas intercambiadas entre él y Marie Curie estaban en poder de su hija. También le dijo que esta no se había decidido a pedir el divorcio porque cuando se tienen seis hijos (el periodista añadió dos para darle más dramatismo a la situación) había que pensárselo mucho antes de hacer algo irreparable.
La fama asociada al artículo de “señora Curie”, que Marie nunca buscó y que la angustió tanto la concesión del Premio Nobel, atrajo la atención de todos las periódicos franceses, los cuales al día siguiente del artículo de Hauser se hicieron eco de la noticia. Además, la telegrafía sin hilos hizo que la noticia llegara a todos los rincones del mundo, por lo que también se publicó en los periódicos de Londres, Berlin, Nueva York y San Francisco. El horror llegó a la vida de Marie desde las cuatro esquinas del planeta. (Pag. 229).

Quisieron destruirla por ser mujer, por ser polaca, por ser judía, por ser científica y atrevserse a hacer lo que estaba reservado solamente para los hombres y solamente el consejo de Albert Eistein logró salvar la aceptación y recepción de ese segundo Premio Nobel, pues el sabio americano nunca le dió importancia a lo que los investgadores hacían en su vida privada, ya que ellos correspondían a la ciencia, no a los chismes de periodistas y opinadoires irresponsables.

Tantas cosas y tan admirables pueden decirse de Marie Curie, una mujer universal en el más estricto sentido de la palabra, pero es mejor dejar al lector con un mínimo de su pensamiento, para formarse una mejor idea, antes de asumir la lectura del libro de la doctora Adela Muñoz Páez:

Yo no soy pesimista. Soy de los que creen que la ciencia posee una gran belleza. Un sabio en su laboratorio no es solamente un técnico; es también como un niño frente a los fenómenos naturales, que le impresionan como al pequeño un cuento de hadas. Nuestra misión es hallar el medio de exteriorizar este sentimiento; no debemos dejar que se crea que todo progreso científico se reduce a máquinas y engranajes… que, por otra parte, también poseen su propia belleza.
[…]

No creo tampoco que en nuestro mundo vaya a desaparecer el espíritu de aventura. Si a mi alrededor veo algo vital, este algo es, precisamente, el espíritu de aventura que no hay manera de desarraigar y que, en cierto modo, se confunde con la curiosidad. Yo me inclino a creer que es un instinto primitivo de la humanidad, que no hubiera podido subsistir privada de él; como no podría subsistir una persona absolutamente desprovista de memoria. La curiosidad y el espíritu de aventura no han desaparecido, no. (Pag. 282)
Podemos precisar las condiciones para que nuestros sueños sean posibles y no sean destruidos por los acontecimientos. Podemos también reconocer que el ensueño del porvenir exige la síntesis de las culturas nacionales y la subordinación de las divergencias, que son principalmente de naturaleza política, a un fin universal, como es el de la cultura y la civilización. (Pag. 282 y 283)
La inteligencia humana, que ha determinado los maravillosos progresos de la dominación ejercida por el hombre sobre la materia, ¿contiene acaso gérmenes de destrucción y amenaza que nos conduzcan a la ruina por el exceso mismo de su espléndido triunfo y por la imposibilidad de adaptarse a las condiciones fisiológicas impuestas por la naturaleza? (Pag. 283)
Es indispensable para el porvenir de la civilización que la magia de las conquistas de orden científico y de la gloria de las realizaciones técnicas se concilien en un conjunto armonioso, con la aceptación de una doctrina que instituya un régimen de paz y de amistad entre los hombres, bajo la supremacía universal de la razón y de una moral digna de tal nombre. (Pag. 283)

Los seres humanos excepcionales son los que han edificado la historia de la humanidad. Conocerlos es un deber para tratar de asumir el mundo con una mejor visión de lo posible y no de lo problemático, como bien lo enseñó Marie Curie, a quien la gloria apenas le comenzó a llegar en 1921 cuando la periodista norteamericana Missy Meloney, del Washignton Post, debió persieguirla por largo tiempo para una entrevista, a la que se negó por el resentimiento que el escándalo injusto y atropellador de 1910 le había suscitado. Cuando Missy lo logra, se da cuenta de las condiciones precarias del laboratorio en que trabaja Marie y logra que la reciban en Estados Unidos con todos los homenajes y ayudas requeridas. De ahí en adelante fue figura de culto, aunque a su muerte en 1934 quedó un poco en el olvido en Francia, su patria adoptiva, hasta cuando en abril de 1995, el Presidente Francois Miterrand ordenó y presidió la ceremonia, de instalar de sus restos en el Panteón Francés. Conocer a Marie Curie es tener ganas de vivir.

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