Colombia

Liderazgo con valores (1)

“Ustedes son la sal de la tierra. Y si la sal se vuelve desabrida, ¿con qué se le puede devolver el sabor? Ya no sirve para nada sino para echarla a la basura o para que la pise la gente. 

Ustedes son luz para el mundo. No se puede esconder una ciudad edificada sobre un cerro. No se enciende una lámpara para ponerla en un tiesto, sino para ponerla en un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Así, pues, debe brillar la luz entre los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre de ustedes que está en los Cielos” (Mt 5, 13-16). 

“Ustedes”, nos dice Jesús. Pero, ¿a quiénes se refiere? En el contexto del Evangelio, es claro que se refiere a sus discípulos y a las numerosas personas que lo seguían, ante quienes acababa de proclamar las bienaventuranzas, cuyos valores implícitos debían asumir: tener espíritu de pobres, ser pacientes, tener hambre y sed de justicia, ser compasivos y de corazón limpio, trabajar por la paz, ser perseguidos por causa del bien…

Se refiere a sus seguidores, cristianos en sentido estricto, aunque en general es a todos los hombres, incluso a nosotros, quienes hemos de vivir dichos valores para alcanzar la plena realización personal y, según dicen las bienaventuranzas, para ser felices. Si no lo hacemos -nos advierte, como si anticipara también el juicio final-, estaremos condenados a la desgracia, a la infelicidad, al fracaso y, por tanto, a no servir para nada y ser desechados como basura.

¿Cuántos de nosotros -cabe preguntar- perdimos los auténticos valores espirituales y morales, por lo cual somos desabridos, no la sal de la tierra que debemos ser? ¿Y cuántos sufrimos por esto las penosas consecuencias, siendo rechazados en las familias, en las empresas, en las diferentes organizaciones sociales y en la misma sociedad, donde somos considerados inútiles y hasta peligrosos?

Conviene hacer acá un examen de conciencia sobre nuestro comportamiento, si bien es fácil evaluar las relaciones con los demás y, sobre todo, la relación con Dios, para saber en qué condición nos encontramos.

Llamado a ser líderes

En realidad, Jesús nos hace un llamado a ser líderes. No que seamos insípidos, sin sabor, o simple basura, inútiles para el mundo, carentes del sentido de trascendencia y de nuestra profunda dimensión humana, hechos a imagen y semejanza de Dios. Que seamos, en cambio, luz para el mundo, una lámpara que ilumine a su alrededor. ¡Que seamos auténticos líderes!

Y es que la persona humilde, justa, compasiva, honesta, pacífica y buena, se convierte en luz para el mundo, pudiendo iluminar o servir de guía a los demás, como hace un verdadero líder. El liderazgo, en fin, es consecuencia lógica, inevitable, de ser cristiano o, en caso de no serlo por tener una religión diferente, de practicar aquellos valores fundamentales que vimos en La escala de valores (segundo capítulo del libro Liderazgo con valores).

Pero, en el texto citado hay otro elemento clave, digno de tener en cuenta: el líder, como una lámpara, debe “alumbrar a todos los de la casa”, no esconderse o ponerse “en un tiesto”, alejado de los demás. No. Su misión, que es la de cada seguidor fiel de Jesús, implica abrirse, proyectarse y estar al servicio de los otros, de nuestros hermanos, como expresión del amor al prójimo y, en último término, del amor a Dios, de acuerdo con el supremo mandamiento divino.

Un líder que sea de veras “luz para el mundo”. Que a un mundo en tinieblas, víctima del mal y del pecado, lo ilumine “con sus buenas obras”, con su ejemplo, no para su gloria personal (que suele ser una de las grandes tentaciones de quienes asumen el liderazgo: políticos, empresarios, artistas, deportistas…) sino para la gloria de Dios, “nuestro Padre que está en los Cielos”.

Del dicho al hecho

El modelo, como siempre, es Jesús. Él, líder supremo para la humanidad, nos ha iluminado con su palabra, con su sabiduría, con sus sabias lecciones que son el eco de la voz creadora del Padre eterno, pero especialmente con sus actos, sus obras, sus “buenas obras”, las únicas que realmente hacen a un gran líder y lo identifican como tal.

No bastan, pues, las palabras, por importantes que sean. Hay que pasar, entonces, del dicho al hecho, de modo que practiquemos todo aquello que predicamos. Ser buenos, en fin, no de dientes para afuera sino en la práctica, en la vida concreta, cotidiana.

¿Cuántos “líderes”, por el contrario, dicen una cosa y hacen otra? ¿Cuántos dirigentes políticos, gobernantes y empresarios pronuncian enérgicos discursos contra la corrupción, la misma de la que participan a diario para perpetuarse en el poder y enriquecerse de la noche a la mañana, violando la ley? En verdad, son líderes con pies de barro, que tarde o temprano caerán por el peso de sus culpas. Al fin y al cabo la justicia divina se encarga de castigarlos.

El auténtico líder, a su turno, recibe la recompensa divina. “Es como árbol plantado junto al río, que da su fruto a tiempo y tiene su follaje siempre verde, pues todo lo que él hace le resulta”, al decir del salmista (Sal 1, 3).

(*) Autor del libro “Liderazgo con valores”, publicado por la editorial española Digital Reasons: www.digitalreasons.es

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