Colombia

“Laureano El Grande”

Mario Andrés Huertas Ramos

El título de esta columna se debe al libro escrito por Raimundo Emiliani Román en 1989 cuyo objetivo no era otro que defender el legado histórico y reivindicar la imagen del caudillo conservador.

Laureano Gómez Castro, mejor conocido como “El Monstruo” o “El Hombre Tempestad”, fue el líder político más amado y odiado durante el siglo pasado, el parlamentario más combativo, el periodista más brillante, el humanista más lúcido y uno de los más grandes estadistas de su tiempo.

Oriundo de una familia ocañera, nació en Bogotá el 20 de febrero de 1889 y terminó sus estudios de bachillerato en el Colegio de San Bartolomé en 1904, cinco años más tarde egresó de la Universidad Nacional como ingeniero civil; profesión que ejerció al inicio de su vida laboral (en los Ferrocarriles de Antioquia) y después como Ministro de Obras durante el gobierno de Pedro Nel Ospina.

Su temprana conciencia política estuvo marcada por algunos sucesos capitales para el futuro inmediato del país como la Guerra de los Mil Días, el golpe de estado al presidente Sanclemente y, por supuesto, la (quinta) separación de Panamá.

Entre los personajes políticos más decisivos de estos años encontramos a José Vicente Concha, Guillermo Valencia y Miguel Antonio Caro quienes, a su vez, fueron su influencia literaria fuertemente marcada por lo más selecto del romanticismo español (José Zorrilla, El Duque de Rivas, José de Espronceda y Menéndez Pelayo) y por escritores latinoamericanos como Rubén Darío y Amado Nervo.

Sin embargo, su verdadera vocación fue la política y a ella se dedicó, con las coordenadas mentales de un ingeniero civil, durante más de 50 años.

Tumbó dos presidentes, demolió a sus adversarios políticos tanto en el parlamento como en la prensa. Agrietó la Hegemonía Liberal e intentó construir una república auténticamente conservadora durante su breve mandato; sus enemigos lo derribaron de la presidencia para surgir de las ruinas y edificar con los liberales el Frente Nacional.

Su actividad política inició en las tribunas del periódico católico La Unidad (fundado a petición del padre Luis Jáuregui) que funcionó interrumpidamente durante siete años entre 1909 y 1916, una vez restaurada la libertad de prensa tras la caída de Reyes.

Desde allí se dedicó estratégicamente a combatir los vicios de la propia Hegemonía Conservadora- como la Unión Republicana-, a los EE.UU. tras la (quinta) separación de Panamá (departamento que consideraba en insurrección), al federalismo como un hecho histórico negativo y al general Uribe Uribe.

Igualmente, definió las líneas deontológicas del periodismo, defendió la Constitución del 86 como bandera auténtica del conservatismo y agitó la cuestión religiosa a manera de lucha interpartidista.

Sin embargo, no todo fueron luces, pues, a raíz de una serie de editoriales que agrupadamente se conocen como “Los fraudes de Muzo”, el 30 de noviembre de 1912 apareció un editorial titulado: “Suspensión de La Unidad, explicación necesaria”.

Laureano El Grande empezaba a saborear el agridulce camino de la política como profesión.

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