Colombia

La mujer sola

Vanessa Rosales, escritora especializada en crítica cultural, historia y teoría de moda con perspectiva feminista, tiene un pódcast exquisito que se llama 'Mujer vestida'. En un episodio titulado ‘Mujeres solitarias’ hace una reflexión muy inspiradora sobre la soledad de las mujeres. Comparto con ella la apreciación de que esa particular situación ha resultado siempre muy inquietante socialmente.

Nuestra cultura no se ocupa de cultivar la soledad en general. Por el contrario, esta es considerada una amenaza y un estado que debe ser breve y, en lo posible, evitarse a toda costa. Sin embargo, la soledad femenina tiene connotaciones específicas que todavía la relacionan con el fracaso amoroso, el abandono, el rechazo masculino, y también con la neurosis o la locura.

Puede ser que la soledad prolongada de un hombre o una mujer siempre sea sospechosa. Pero una mujer sola inspira lástima. No tiene quien valide su rol. Parece como si su soledad no pudiera provenir de una voluntad autónoma, sino de la decisión de otro, que la ha dejado y desdeñado. (Todavía algunos creen que un buen insulto es decirle a una mujer ‘vieja solterona’ o ‘por eso la dejó el marido’ o ‘le falta verga’). Es muy curioso que la soledad de la mujer suponga un mal, una abyección, y no un momento anhelado por ella. Además, a las mujeres se nos enseña a temerle a una soledad que solo alude a la dolorosa ausencia de hombre. Esta puede ser una de las razones por las que todavía elegimos soportar las agresiones de una pareja con tal de no formar parte del triste grupo de mujeres solas. Creemos que es preferible ser atacadas por quienes ‘nos aman’ que asumir el tiempo muerto que precede al júbilo de la liberación.

Nuestra soledad, dice Vanessa, está emparentada con la espera. Me temo que es una espera, en sí misma, violenta. Tanto así que nos conduce a escoger relaciones que perpetúan esa certeza tan inconsciente y freudiana que es la de la carencia: el hombre tiene, a la mujer le falta.

La soledad de la mujer en esta sociedad no es un espacio vital, sino algo semejante a una enfermedad deprimente que, históricamente, se ha pretendido ‘curar’ prescribiéndole camisas de fuerza, como el matrimonio, para protegerla de su escasez fundamental.

Mujeres: si queremos desmontar el patriarcado, empecemos por resignificar nuestra soledad. Estar solas no puede seguir produciéndonos vergüenza.

Margarita Rosa de Francisco

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