Colombia

‘La idea de cambio técnico ha reemplazado a la de cambio político’

En el fondo, Martín Caparrós es optimista. Tal vez por eso viajó bajo el filo de la pandemia que tiene en vilo al mundo, desde Madrid –donde vive hace años– hasta Buenos Aires, para presentar su novela nueva, ‘Sinfín’. Se trata de una distopía que cuenta la investigación de una cronista que quiere descubrir en un futuro cercano la verdad oculta detrás del invento tecnológico que consiguió la inmortalidad de la humanidad. “¿O es una utopía? –se pregunta el autor de más de treinta libros de ficción y no ficción–. Porque en realidad conseguir derrotar a la muerte sería la mayor utopía que se podría plantear la humanidad. 

Claro que da un poco de odio pensar que lo van a hacer dentro de cincuenta años. Ser de las últimas generaciones que se van a morir es una estupidez”, dice mientras afuera la lluvia incesante le da cierto aire apocalíptico a la charla.

A lo largo de su carrera, Caparrós combinó sus pasiones, el periodismo y la historia, en una obra que acerca las dos orillas de la vida, la invención y lo real. Por un lado, creó ficciones que reescriben los grandes relatos de la humanidad –la religión, la muerte, las fundaciones- y ganó muchos premios, como el Herralde de Novela en 2011 por ‘Los Living’. Por el otro, viajó, investigó y escribió ensayos y crónicas que lo consagraron como una de las voces más respetadas del periodismo narrativo.

“A veces extraño la vida real en la que la distancia era distancia”, dice al referirse a la confluencia entre vida real y vida virtual que marca nuestra época. Asimismo, considera que en la actualidad “la idea de cambio técnico ha reemplazado a la de cambio político”, y vincula el miedo al futuro no tanto con la eventualidad de una catástrofe, sino con la falta de esperanzas respecto de lo social.

‘Sinfín’ plantea un gran dilema. ¿Es más importante saber la verdad o mantener felices a millones de personas?

Hay muchas situaciones en la política, incluso también en el periodismo, en que la verdad es necesaria para que muchos sean felices. Y hay otras, como las que se ponen en escena en esta novela, donde la verdad no es realmente necesaria. De hecho, en los últimos miles de años muchos han sido felices con discursos religiosos cuya verdad, digamos, nadie ha podido nunca comprobar, y, sin embargo, han producido mucha felicidad a quienes creían en ellos. En cambio, en lo que tiene que ver con la política, con la realidad, la verdad es necesaria para que esa felicidad se verifique. Si te están diciendo que hay comida para todos, pero resulta que no es verdad, bueno, la gente no va a ser feliz porque no va a comer. En cambio, si te dicen que hay una vida después de la muerte, te morirás contento. Funciona. Las religiones lo saben perfectamente porque vienen viviendo de eso desde hace miles de años.

¿La tecnología podría ser la religión de nuestros tiempos?

Bueno, por lo menos viene a ocupar muchos de los espacios que las religiones fueron dejando vacíos. Por ejemplo, va dejando vacío su espacio por excelencia que es el de la promesa de la vida después de la muerte, y pareciera que la ciencia está intentando ocuparlo. En mi novela, que imagina lo que podría ser el mundo dentro de cuarenta años, exacerbo este fenómeno, pero es algo que está sucediendo. Parece raro, pero imagínate lo raro que le parecería a un señor de 1850 que yo ahora pueda levantar el teléfono y hablar con mi mujer que está en Madrid, apretando un botón en el medio de un bar cuando llueve.

Algo similar dice tu novela sobre la vejez, que hoy se toma como algo natural, pero que en cierto modo también es un invento de la ciencia...

Sí, claro. No me acuerdo cómo lo cuento en la novela, porque nunca me acuerdo de lo que escribo. Pero es algo en lo que he pensado. No entendía por qué la naturaleza, que en general es tan extraordinariamente inteligente, nos condenó a una degradación que ‘a priori’ parece innecesaria. A partir de cierta edad, solo empeoramos, solo nos degradamos. Nos hemos inventado una serie de consuelos, la experiencia, la sabiduría. Pero en términos naturales es todo falso, estamos cada vez peor en todo. ¿Por qué la naturaleza nos condenó así? Raro, ¿no? Hasta que me di cuenta de que la vejez no es natural, es un invento cultural. Los hombres y mujeres estamos programados para vivir lo que vivían nuestros ancestros hasta hacía milenios, 30, 35 años. Un individuo que no se puede reproducir no sirve a la especie, y la naturaleza nos produce en términos de especie. La utilidad del individuo se acaba cuando deja de poder reproducirse, después pasa a ser una carga. Entonces inventamos la vejez a fuerza de mejoras técnicas. Pero estamos en la mitad del proceso, todavía no la inventamos para que funcione bien. La inventamos para que exista, pero seguimos siendo seres mucho más débiles y frágiles, como ahora el covid-19 está penosamente subrayando.

El futuro es una amenaza que se hace muy presente

¿Qué lo llevó a elegir una voz que viene del periodismo, una cronista, para narrar esta ficción?

Se habla mucho de las novelas sin ficción y yo quería hacer una ficción sin novela. Es decir, una ficción que tuviera la forma de una no ficción, de una crónica. Tenía ganas de jugar con esa forma que está excesivamente glorificada. Es una literatura de ficción que toma todo de la crónica. Siempre digo que no es lo mismo escribir en primera persona que sobre la primera persona. Es un error muy frecuente que algunos dizque cronistas cometen: pensar que tienen que escribir sobre ellos, cosa que a mí me parece detestable. La cronista de la novela se borra bastante, lo que uno ve de ella es cómo mira y cómo cuenta.

¿Cómo ve la tendencia de las ficciones distópicas que parecen ser un fenómeno en la imaginación de nuestros días?

Tiene que ver con que el futuro es una amenaza que se hace muy presente. Una forma de encontrar lo que te rodea es tratar de mirar un poquito ese futuro y poner en escena la realidad circundante a través de ese espejo levemente deformante que provee el futuro más o menos cercano. Decían por ahí que la ciencia ficción es el nuevo realismo. No sé si lo es o no, en todo caso, está bien observado.

¿Podría decirse, en ese sentido, que su novela observa y proyecta algunos signos del presente?

Somos lo que la técnica nos ha permitido hacer sobre la base de un sustrato natural fuerte, increíble. Entonces no es para nada delirante pensar que este proceso va a seguir, lleva unos cuantos siglos funcionando así y va a seguir adelante. El próximo obstáculo es la muerte, un error que hay que solucionar.

Al parecer Tsian (‘Paraíso’ en chino, el proceso que en la novela busca alcanzar la vida eterna) consigue solucionar ese ‘error’ en el futuro que imagina...

No es realmente un invento mío, es algo que se está intentando. Esas dos corrientes que pongo en escena en la novela, las búsquedas de prolongar la vida muchos años o de transferir mentes a computadoras para que sigan viviendo, no están definidas como corrientes, pero son las dos tendencias que hoy hay funcionando. Uno tendería a creer que lo van a conseguir, no sé en cuánto tiempo.

Así y todo se consigue la vida eterna, pero la condición es la soledad absoluta. ¿Piensa que es un costo muy alto?

Es cierto que esta eternidad técnica tiene una gran diferencia con la eternidad religiosa, los paraísos que te ofrecen las religiones son lugares sociales, gregarios. Uno llega y se reencuentra con sus seres queridos. En la novela se reproduce ese espacio de una manera virtual, pero aquel que entra en su Tsian, su vida después de la muerte, no tiene conciencia de que es virtual. Uno está ahí, interactuando con la gente que quiere interactuar. Y arma un recorrido según los deseos que podría haber tenido. Es una especie de paraíso a medida que no está nada mal. Yo firmaría para hacer la transferencia.

¿Por qué decidió no volver real ninguno de los miedos actuales sobre el destino del mundo?

Todo lo que imaginamos como apocalíptico no termina en mi novela de acabar con todo. Los numerosos apocalipsis que hemos ido adoptando a lo largo del tiempo tienen una cosa en común: nunca se realizan. Si no, no estaríamos aquí. Pero nos gustan, nos viene bien tener un apocalipsis en el horizonte, sobre todo, en ciertos períodos de la historia en que el futuro nos da miedo porque no nos da esperanza. Entonces tenemos que tener un apocalipsis. Hoy publiqué algo en mi columna del ‘Times’ sobre el coronavirus, decía que tenemos ahora un apocalipsis que es el cambio climático, pero es muy a largo plazo, entonces necesitamos un “apocalipsito” para estos días. Si no, estamos muy en falta.

¿Buscaba, de alguna manera, recuperar cierta ilusión de futuro que el presente parece haber perdido?

Sí, exactamente, traté de poner en escena algo que me tiene muy impresionado: cómo la idea de cambio técnico ha reemplazado a la de cambio político. Los cambios técnicos siempre produjeron cambios sociales, pero se los pensaba como una especie de aporte secundario, y se mantenía la idea de que el gran cambio social iba a venir a través de cambios políticos. Ahora, como no tenemos una idea de un cambio político ni tenemos un modelo social al cual aspiraríamos, simplemente tratamos de que esto no se vaya demasiado al carajo. Los cambios que podemos pensar son cambios técnicos. Todo el tiempo, cuando uno piensa en futuro, piensa en la inteligencia artificial, los robots, la virtualidad. Todavía me parece que necesitaríamos expectativas para renovar las ideas de cambio político.

Mientras tanto, tenemos miedo. Como es un futuro que no deseamos, le tememos. El futuro se transforma en amenaza. Una amenaza ecológica, poblacional, política incluso

¿Cuál piensa que sería el intento más reciente de una idea alternativa?

El último gran intento fue el socialismo, pero fracasó y ahora estamos huérfanos de promesas. Es lo que pasó a lo largo de la historia, hay períodos en los que las sociedades se arman un modelo al que quieren acceder porque les parece que van a vivir mucho mejor de lo que viven, y hay otros períodos en que esos modelos se agotan porque fracasan o se realizan de manera más o menos imperfecta. A ese agotamiento le sigue un período de relativo vacío y búsqueda de un nuevo modelo. Creo que estamos en un momento así. Lo que pasa es que este momento puede durar décadas. Mientras tanto, tenemos miedo. Como es un futuro que no deseamos, le tememos. El futuro se transforma en amenaza. Una amenaza ecológica, poblacional, política incluso. Vivimos aterrados de lo que pueda suceder.

En verdad en su novela ya no importa porque hay otra vida. ¿Podría hacerse un paralelo entre esa segunda vida encerrado en la Tsian y los dos planos de la vida contemporánea, el real y el virtual?

Bueno, eso de que hay dos planos es muy opinable, yo creo que están demasiado mezclados. No tenemos una vida real que esté separada de la vida virtual, es todo uno. Lo virtual va tomando cada vez más espacio dentro de lo real. Hay muchas formas de la virtualidad, no solo las redes sociales; el hecho de que uno sea alcanzable en cualquier lugar donde está, es otra de esas formas que no existían hasta hace muy poco tiempo. Cuando tenía 20 años y me iba de viaje, me iba y punto. Ahora hablo dos veces por día con mi mujer, con mi hijo. Quiero comunicarme con ellos, y de todas maneras, la sensación es muy distinta. A veces extraño esos viajes que eran separaciones, no porque no quiera comunicarme con la gente, incluso cuando quiero comunicarme extraño la vida real en la que la distancia era distancia. Ahora la distancia, en ciertos aspectos, no existe más.

VERÓNICA BOIX


LA NACIÓN (Argentina) - GDA

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