Colombia

La década del descontento (III)

Por: Luis Fernando Pacheco G.

Después de dedicar las últimas columnas a entender el fenómeno de la creciente desconfianza de los ciudadanos en sus gobernantes, quiero cerrar esta triada hablando de las consecuencias que ello implica. Se hace necesario que nos preguntemos ¿Cuál es el impacto de dicha desconfianza creciente?

De manera genérica y teórica podemos afirmar que el pacto sobre el cual se funda la democracia empieza a resquebrajarse cuando gobernados pierden la fe que tienen en quienes las mayorías han elegido para conducir el destino de un grupo social. Un liderazgo desgastado va derivando en autoritarismos que refuercen lo que la legitimidad ciudadana no otorga, o en una baja gobernabilidad, es decir una limitación frente a la toma de decisiones.

Sin embargo, hay que ir más allá del mero análisis teórico. En momentos de crisis que implican tomas de decisiones por parte de quienes detentan ese poder, la necesidad de ese lazo de confianza se hace muchísimo mayor: la pandemia, el plan de vacunación y la reactivación económica son los retos más claros.

Colombia atraviesa un debate en torno a la efectividad, fecha, alcances y logística del plan de vacunación. A medida que se superponen normas e intervienen más actores (congresistas, líderes de opinión, cabezas de los órganos de control, etcétera) la credibilidad de la presidencia en medio del segundo pico de la academia cae en picada. En un contexto que exige decisiones arriesgadas, como seguramente una reforma tributaria, una adecuación normativa que permita el funcionamiento de la vida cotidiana en la “nueva normalidad” con disposiciones en materia laboral, política, sanitaria, educativa, entre muchos otros temas, se hace imprescindible confianza en quienes deben tomar esas decisiones.

Sin embargo, el panorama es desalentador. Los gobiernos (no solamente el colombiano, puesto que como hemos planteado el panorama es generalizado) empiezan un 2021 con una desconfianza creciente por parte de sus gobernados, con los miedos que la vacunación y las sucesivas olas de la pandemia han generado y todo esto es caldo de cultivo para los discursos populistas radicales. Los hechos del Capitolio norteamericano ilustran muy bien el peligro del que hablamos.

 Antes de irnos. Las medidas tomadas por los gobiernos frente a la segunda ola del COVID-19 son las mismas que las de la primera (marzo pasado) pero con mayor grado de improvisación y menor preparación para paliar las implicaciones económicas, sociales y de salud.

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