Colombia

La columna de Víctor Hugo

7 de junio de 2020

Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Acabo de terminar la lectura de la columna «Abuelito» publicada hoy 5 de junio en este diario por Víctor Hugo Vallejo, ese columnista de calidad, tan puntual en su cita semanal con los lectores y dueño de un estético manejo del idioma. Inmediatamente decidí tomar la pluma para recomendar, de la manera más viva, la lectura de su artículo. En él se refleja claramente la tragedia que generó en miles, tal vez millones de nosotros, que nos atrevimos a cometer el terrible delito de pasar de los 70 años de edad, la masacre perpetrada por el presidente Duque, al dar término a nuestras vidas activas, productivas, enriquecedoras y felices.

Felicito a Víctor Hugo por su escrito. Es un relato vívido de la manera como un gobernante acabó, de un solo plumazo, con esos miles y miles de ciudadanos vivos y los convirtió en un puñado de inútiles estorbos que podrían enfermarse si no se les encierra, y ocupar por lo tanto las escasas instalaciones UCI de los hospitales, tan necesarias para salvar las vidas de los menores de esa edad, esas sí productivas y valiosas. Esa tarde, poco después de terminada nuestra jornada diaria, el señor Duque inició su programa televisivo “La hora sabrosa”, un espacio que se inventó a raíz de la llegada de la pandemia, para ser emitido en las horas de mayor sintonía; en él quería presentar diariamente el inventario cuotidiano de enfermos, hospitalizados, internados en unidades de cuidados intensivos, muertos y recuperados que va dejando la peste global, dar noticia sobre sus medidas de monarca absoluto para enfrentarla, presentar famélicos colombianos que agradecieran públicamente las ayudas que han recibido del gobierno, y repetir hasta la saciedad las instrucciones salvadoras que nos permitirán «ganar esa guerra». A propósito, si después de tres meses de perorata diaria, todavía existen personas que no usan mascarilla ni se lavan las manos, no van a cambiar porque se siga repitiendo esa misma prédica. Sea porque no tienen con qué comprar las mascarillas supervaloradas desde que se volvieron obligatorias a pesar de haberse escaseado en el mercado, o porque en donde viven no se cuenta con acueducto. O, simplemente porque no les da la gana. Y en cualquiera de esos casos, seguir diciendo lo mismo todas las tardes durante dos o tres meses más, no va a hacer que modifiquen su actitud. O sea que la repetidera es francamente inútil.

Víctor Hugo es un maestro del relato. La descripción que hace a lo largo de la columna es realista y conmovedora. Muestra el derrumbe de un ser humano lleno de vitalidad y de futuro (a sus 70 años bien vividos), a manos de un verdugo invencible: un presidente con poderes omnímodos; es el mismo derrumbe a que nos sometieron a infinidad de ancianos, que hasta ese día tuvimos una buena vida, convertidos ahora en un inmenso montón de derrotados, parásitos de la sociedad, aplastados por la impotencia e invadidos por el odio y por las ansias de que a ese verdugo, algún día, le llegue una vejez horrorosa; y ni así pagará todo el inmenso mal que ha hecho.

El relato del final de los días buenos de José Manuel, el protagonista de la historia, es patético. Su descripción del encuentro con la esposa, después de haber escuchado al presidente por televisión, no podría ser más realista: «Se puso la pijama, la miró (a la esposa) fijamente y le dijo: “Es que el presidente me acaba de graduar de inútil”. Ella no entendió muy bien; al fin y al cabo, no había visto las noticias.» Es un episodio que debió repetirse simultáneamente en miles y miles de hogares a lo largo y ancho del país.

Las escenas finales del drama dejan conmovido al lector:

 Al final del día decidió que saldría a la calle, que iría a su empresa, que despacharían los compromisos que tenían adquiridos con anterioridad, que haría cuentas, que le diría a sus trabajadores que se fueran a casa y que el negocio por ahora se iba a cerrar, porque si no lo podía atender personalmente, el negocio no iba a ser productivo y no le podía pedir a su hijo que se hiciera cargo, porque estaba empleado en un alto cargo ejecutivo en el sector financiero que no le permitiría tiempo para ocuparse de ello. (…) Al día siguiente José Manuel se fue a su empresa. Abrió temprano. Esperó a los cinco trabajadores. Les pidió a todos que pusieran sus trabajos en orden y que se cumpliera con la entrega de todos los pedidos pendientes y que a los proveedores se les diría que no se les compraría más porque el negocio se iba a cerrar. Ellos lo miraron. No supieron que decir. Él se alejó un poco de ellos, se fue a su pequeña oficina, se sentó con una calculadora, hizo cuentas y cuentas y al final llamó a cada uno, le pagó lo que le debía y le dio un poco más: “Para que tenga un poco para la comida, porque esto se puso jodido”. Cuando fue a casa a almorzar lo paró un retén de la Policía, le pidieron la cédula. Lo miraron. Le dijeron que por qué estaba en la calle si estaba prohibido a los abuelitos salir a la calle por la pandemia, que si era que se quería morir. Él les dio la explicación que pudo. Pensó que lo iban a detener. Los policías entendieron la angustia que lo invadía y le dijeron que se fuera a casa y no volviera a salir, que era muy peligroso. Agradeció y se fue. 

Ojalá el presidente Iván Duque leyera esa columna de Vallejo (y, por supuesto, también esta mía). Pero, así lo hiciera, creo que no le importaría lo que digan los viejitos, a los que llamó abuelitos, prefiero creer que con ternura, no con mofa. Nos arrinconaron (palabra que no le gusta a Duque, quien prefiere “protegieron”), y lo menos que quisiéramos sería tener que aceptar que, además, se están burlando de nosotros.

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