Colombia

La ciudad y nosotros

*Escenógrafa colombiana residente en Buenos Aires, Argentina, graduada en la Universidad de Palermo como Diseñadora de Espectáculos

Ciudad, lugar que recorremos a diario, la transitamos al vaivén de sus callejuelas, siempre a la expectativa de cruzarnos con algo inesperado en el camino. Caemos en la cotidianidad, sin mirar dirigimos nuestros pasos, convirtiéndonos en uno más de sus laberintos. Sin embargo, hay algo que hace la diferencia, sabemos que somos dos, ella y nosotros… pero parece tan normal nuestro transitar. ¿Somos nosotros los transeúntes o es ella la que nos recorre? Como sea, ella es una pieza fundamental en nuestra manera de ser. Nos concebimos en ella, en ningún otro lugar. Amamos su velocidad, su diversidad, sus excesos y sin percibirlo nos absorbe y, en la oscura ceguera, la ciudad se convierte en la fuerza e instalación de un orden absurdo. Un sistema de acumulación y consumo que nos traga desde el momento inaugural. La ciudad consagrada por excelencia en el epicentro económico y político del sistema de capitales que a todos nos cautiva.

Extraño afecto el que se siente por la ciudad. Sin duda el día a día te lleva a ahogarte en el gusto del desenfrenado tumulto, el olor a hollín comienza a saber a libertad y los ruidos indistintos de los coches confundiéndose con el gentío, parecen compañía. La ciudad se convierte en parte de la existencia, se integra a nosotros y nosotros a ella, por diminutos que parezcamos nos sentimos un trocito de ella, componentes de la gran urbe. Nadie cuestiona porque simplemente es el hábitat “natural” de nosotros, no hay dudas ni críticas, es como es y es así mismo como nosotros la habitamos.

La realidad se transforma en ciudad, es nuestro mundo, nuestro ecosistema. Todo parece tan fácil de alcanzarlo, todas nuestras necesidades se suplen en este espacio. Los demás espacios diferentes a ciudad se hacen obsoletos y  las personas vienen en busca de vida citadina, la vida de las oportunidades, tal vez,  de la buena vida, espejismo urbano que atrae al inmigrante.

Este espacio se hace pasar por natural, nadie percibe el ambiente político que se respira entre desagües y muros. La ciudad, desde lo más público hasta lo más privado, se hace pasar por plano despolitizado, como si lo que ocurriera en ella fuera producto de la inmediatez y la espontaneidad del momento. Finalmente, es bajo estos principios que todos nosotros actuamos en ella. Sin embargo, miremos más de cerca y más allá de la cómoda familiaridad.

La ciudad es un espacio pensado, supuestamente, para la exaltación de la democracia y la igualdad. En los espacios públicos debería predominar la relación democrática entre iguales, las áreas citadinas son lugares de presunta horizontalidad. Con todo, en un sistema donde las relaciones verticales priman y la meta consiste en jerarquizar cada ámbito social, la ciudad se convierte en el mejor dispositivo de diferenciación, exclusión y monopolización.

La ciudad se transforma en el mejor de los monumentos a la individualidad y la capitalización de la sociedad. Principios como igualdad y democracia se delatan como pretextos que consiguen disfrazar la ambición y codicia que se esconde bajo las estructuras de hierro y cemento. La urbe se construye con el deseo de ser foco de actividad económica, el ser y las relaciones personales están en función del intercambio, la ciudad materializa en su estructura el proyecto que idealiza una sociedad fundada bajo los estamentos de lo económico.

Entonces, desde la intencionalidad de cumplir con las expectativas de un orden capitalista, aparece la necesidad de jerarquizar. La ciudad, como dispositivo de ejecución de tal finalidad, se encarga de la sectorización, la fundación de ubicaciones y la producción de identidades, todos los mecanismos se ocupan de la conformación social en una gran pirámide con estratos formando sus diferentes escalas desde la base al pináculo.

De esta manera, la ciudad se convierte en un espacio simbólico y sus áreas se llenan de significado para dar más o menos valor a las personas y cosas que la habitan. Justamente este es el poder de la ciudad, ella puede dar valor a todo lo que en ella existe, ella convierte en bienes o mercancía tanto a cosas como a personas. Es un gran centro comercial en donde todo tiene un lugar siempre y cuando sea comerciable.

Así, usualmente la sectorización y la creación de identidades en la ciudad corresponden a la necesidad de encasillamiento y categorización en la valoración social del sujeto. Esta valoración de la que hablo, consiste en la atribución de un sentido o significación social a cada cosa o individuo, significado que construye relaciones jerarquizadas que se reafirman en el terreno material denominado ciudad.