Colombia

"Jugué el fútbol que quise": Pacho Maturana, 30 años después. Entrevista

El nombre de Francisco Maturana suena constantemente por estos días. Tanto, como cuando el técnico chocoano puso al fútbol colombiano en boca del mundo entero por el trato lírico de la pelota en los pies de unos ‘presuntos desconocidos’ como Andrés Escobar, Leonel Álvarez, Fredy Rincón, Carlos Valderrama y un ‘loco’ llamado René Higuita, que debía estar en el arco, pero solía salir irreverentemente de su cabaña.

De aquello han pasado ya tres décadas. 30 años en los que la Selección Colombia volvió a un Mundial (Italia 90) después de una prolongada ausencia y le plantó cara al campeón de aquella cita, conquistó el continente americano como una sinfonía que encantó todos los oídos y cuya batuta estaba en manos del ‘Pibe’ Valderrama, humilló a Argentina con una goleada ‘Monumental’ en su propio feudo, y finalmente se sentó en el trono del ‘Rey de América’ ante su propia afición, en Bogotá.

El 9 de junio de 1990, Colombia conseguía su primera victoria en los Mundiales (solo había estado en Chile 62) frente a Emiratos Árabes 2-0, con goles de Bernardo Redín y Valderrama. Días después caía injustamente 1-0 contra una potentísima Yugoslavia, y al cierre de la fase de grupos jugaba uno de sus mejores partidos en la historia ante Alemania, donde Rincón puso al país entero a gritar un gol eterno, que solo podía entrar por las piernas del gigante Bodo Illgner, como efectivamente sucedió. 1-1 contra la que fuera días después campeona del mundo.

Y entonces, Maturana, odontólogo de profesión y filósofo sin diploma, se volvió leyenda. Europa lo quiso. Real Valladolid y Atlético de Madrid lo tuvieron en sus bancos. Con Real Madrid firmó contrato, pero no se ejecutó. Y a sus logros como campeón de la Copa Libertadores (con Nacional en 1989), de la Liga colombiana (con América en 1992), de la Copa América (con Colombia en 2001) sumó una distinción que pocos se dan el lujo de tener, pero a muchos apetece: una silla en el Comité Técnico de la Fifa.

Desde el confinamiento en su casa de descanso en El Retiro, en las afueras de Medellín, Pacho atendió a El País y devolvió el casete tres décadas. El chocoano, hoy de 70 años, nunca dejará de sonar.

Dicen que el fútbol colombiano se partió en dos con la llegada de Maturana. ¿Lo siente así?
Mi vanidad no me da para tanto. Yo quise que los jugadores que dirigí jugaran el fútbol que yo sentía. Cuando aparece el tema zonal, con los profesores Luis Cubillas y Ricardo de León, me sentí cómodo, e implementé en Atlético Nacional, que fue el origen de todo, ese juego. Con calidad y amistad, armamos un coctel que la gente pudo disfrutar. Una marcación en zona, pero con un contenido holístico.

Pero esos logros no podemos mirarlos simplemente como datos...
En 1987, yo les decía a los periodistas que si Colombia era mundialista, ellos también. Cuando llegamos a Italia, los temas eran Pablo Escobar y la guerrilla, pero pronto la pelota se volvió también tema y empezaron a vernos como un país de gente buena.

Usted coincidió con el talento de jugadores como Higuita, Escobar, Leonel, Rincón, Valderrama, etc. ¿Fue esa una bonita casualidad?
No creo que las casualidades existan. Fue un proceso. El Nacional que cogimos fue un equipo que se hizo por convicción, en el cual el doctor Gabriel Ochoa me ayudó mucho, porque yo tenía problemas por el lado derecho y él me prestó al ‘Chonto’ Herrera y John Édison Castaño. Y cuando clasificamos a la Libertadores, también de Cali me traje a un jugador que nadie tenía en cuenta, pero con el Cúcuta nos volvió ropa de trabajo, que era Alveiro Usuriaga. Y después, el presidente de la Federación, León Londoño, tomó la decisión de coger este equipo como base para la Selección y la forma cautivó, venciendo a Brasil y a Argentina. Y recuerdo que el ‘Maestro’ Tabárez decía que la única selección del mundo que entrenaba todos los días era Colombia, a través del Nacional.

Menciona a Usuriaga como una apuesta propia, pero no lo llevó al Mundial...
Usuriaga no fue al Mundial porque ya había cumplido. Uno tiene la obligación de estrangular sentimientos y elegir. No podía pensar en derrotar a Alemania con velocidad, sino con juego corto. En Nacional, la piedra angular del buen fútbol era Alexis García, que hasta paisano y familia mía es, porque a todos los negritos nos une la sangre, pero también lo dejé por fuera. Y era mi capitán en Nacional, pero preferí a Redín, que tenía continuidad y conocimiento con ‘Pibe’.

¿Contra Alemania fue el mejor partido que pudo hacer usted?
Hoy tengo mis dudas. En esta cuarentena vi el partido que le ganamos a Argentina 2-1 en la Copa América de 1987, por el tercer lugar, con Maradona abordo y recientemente campeones del mundo, y siento que fue perfecto. Lo que sucede es que el juego contra Alemania tiene un ingrediente adicional, estos muchachos de Pescadito, Manrique, de acá de la tierrita, le hicieron un partidazo en Europa al que fuera campeón del mundo. Y fue un partido intenso de principio a fin. Esos muchachos se merecen un homenaje de mi parte.

¿Tenía la corazonada de que no perdería contra Alemania?
Nosotros siempre queríamos disfrutar del día a día. Le ganamos a Emiratos, perdimos con Yugoslavia, que era el ‘coco’ de Europa, y habíamos jugado un buen partido. ¿Qué hicimos después? Nos fuimos para Villa Pallavicini, nos juntamos, lloramos, nos dijimos las cosas, nos abrazamos, y al otro día ya estábamos fuertes y queríamos jugar contra Alemania. Sabíamos que el empate nos daba la posibilidad de clasificar, pero planteamos un partido para ganar. ¿Cómo? Con nuestro fútbol, posesión de pelota y transición en el momento justo. Tuvimos cuatro opciones de gol, pero marcaron ellos, ¡ufffff!, un baldado de agua fría. Yo sentí el batacazo, miré el reloj, pero no me pude ni mover. Hubo un desaliento total, pero les dije a los muchachos que se podía, que adelante, como una arenga. Diego Barragán y ‘Chicho’ Pérez salieron a la raya, animaron, putearon y el equipo reaccionó. A los tres minutos terminamos como empezamos.

El del empate, un gol con todo el sello del fútbol colombiano de ese momento…
El gol no nació de una casualidad. Nació de una recuperación de pelota con presión, y a pesar del tiempo, la jugada no se gestó con desesperación o un puntazo arriba, sino a partir de lo que los muchachos sabían hacer, y vino esa jugada de gol que me generó mucha tensión cuando Fredy ingresó con la pelota al área, yo me preguntaba por dónde la iba a meter, y él resolvió en medio segundo por el único espacio que le dio el arquero.

Y alegría total de todo un país. ¿Cómo celebró usted?
Fue como una libido cumplida, y puse entonces la cabeza ya en lo que venía, en octavos.

A partir de ese momento usted puso su nombre en la élite del fútbol mundial, tanto, que terminó dirigiendo en Europa, pero ¿qué faltó para triunfar allí?
Ir al Valladolid fue un honor, un negrito colombiano dirigiendo en Europa. Y fueron a ver mi trabajo personajes como Juan Manuel Lillo. Real Madrid mandó a ‘Rafa’ Benítez, que entrenaba las inferiores. Silvio Berlusconi mandó a Fabio Capello, después hice amistad con él y Arrigo Sacchi. Y ahora en cuarentena me escriben de La Masía del Barcelona, una carta muy bonita, donde me invitan a compartir con ellos, y obvio, mi vanidad tambalea. ¿Qué me faltó? Yo apelo a lo que una vez me dijo Jorge Valdano. Me dijo que me faltó desarraigarme de Colombia y seguramente me hubiera quedado allá. Nunca estuve posicionado donde estaba.

Y terminó regresando pronto a Colombia…
Un día me llamó Hernán (‘Bolillo’) y me dijo: “Pacho, allá no vas a ganar con Valladolid, vos ganás acá, y para que ganés en Colombia solo hay dos equipos, América y Nacional, y en Nacional estoy yo. Me vine para el América y gané. Yo quería ganar. Me faltó entender mejor las situaciones, porque en Europa seguí siendo un montañerito.

Inclusive firmó un contrato con el Real Madrid...
Firmé contrato, el aval lo dio Vicente del Bosque, luego de ver jugar al Valladolid. Los directivos me invitaron a una cena y me preguntaron que si sabía lo que acababa de ocurrir. Les dije que sí, que había firmado un contrato, y me dijeron que no, que era mucho más, que había tocado el techo del fútbol y que había que brindar con champaña Dom Pérignon, un nombre que en mi vida yo nunca había escuchado. Y les respondí que aún no había tocado el techo, que eso sucedería el día que me sentara en el banco del Real Madrid, y que cuando eso pasara, yo invitaba al tal Dom Pérignon ese. Y después pasó lo que pasó, Madrid se fue en caída, me dijeron que mientras yo llegaba autorizara un técnico, le dije al presidente Ramón Mendoza que el equipo no era mío, y ellos llevaron a Radomir Antic, que ganó seis partidos y empató uno. Me dijeron que había armonía, pero que conmigo había un contrato, que llegara como manager y que cuando Antic comenzara a fruncir, entraba yo. Le dije que no, que yo no era un gallinazo para estar pendiente de la carroña. Quedaron el respeto y el aprecio.

Además de ese hito con Alemania en Italia 90, vino el 5-0, otro sabor dulce para un país entero…
Yo no puedo desligar ese juego de una serie de acontecimientos previos. En la Copa América de Ecuador jugamos dos veces contra Argentina y en ambos partidos igualamos. Vino la eliminatoria, en Barranquilla hicimos un partido fabuloso donde le quitamos a esa Argentina un invicto de 30 fechas, una generación maravillosa. Ya en Buenos Aires, les pregunté a los muchachos cómo querían jugar. Si queríamos meter, teníamos gente para eso; y si queríamos jugar fútbol, también. Entonces, yo viví ese partido desde la tranquilidad. El trámite del partido no daba para estar brincando, porque Óscar Córdoba era vital en el resultado, es más, íbamos 2-0, 3-0, y yo me decía “nos meten un gol y se nos complica”, pero redondeamos la victoria, ganamos 5-0. Y a mí la gente en Argentina me trata con respeto, no con odio.

¿Quién lo trata con odio en Colombia?
Aquí siempre hay animadversión para el que ha hecho algo. Publique esta nota con Pacho Maturana y de 20 personas que hagan comentarios, 19 son agraviando.

Usted tiene 70 años y esa edad en época de pandemia no es del todo bien tratada, aunque se pretenda hacer lo contrario. ¿Los técnicos caducan?
No caducamos. Los técnicos no vemos el partido como el aficionado. Nosotros somos prisioneros del fútbol y vemos los partidos con un papelito y un lápiz en la mano, y nos preparamos como si tuviéramos que dirigir mañana, con la maleta lista.

¿La tiene lista usted para emprender una nueva dirección técnica?
Si se me aparece una oportunidad atractiva, con todos los caprichos que yo tengo, lo intentaría, porque es mi hábitat natural, es mi vida.

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