Colombia

Jaime Jaramillo Uribe, vida y ciencia contra el olvido

El prestigio que distinguió la fructífera vida intelectual y académica del historiador, jurista y maestro universitario Jaime Jaramillo Uribe le ha sobrevivido en reconocimientos póstumos que crecen en la medida en que se reedita su obra historiográfica, y sus alumnos y colegas –hoy en la docencia y la investigación o, desde distintas áreas de la sociedad del conocimiento– hacen memoria de su magisterio público en el sexto aniversario de su fallecimiento (25-10-2015).

Fue una de las mentes mejor formadas y lúcidas que haya tenido nuestro país en los últimos tiempos, “un pionero, un alquimista de las ideas”. Había sido formado como educador en la Escuela Normal Superior, y ya con una sólida preparación filosófica y sociológica empezó a aportarle al estudio de la historia capacidad analítica y rigor de interpretación. Se sentía impulsado a establecer una relación activa y crítica con los asuntos de la vida y la cultura, lo cual concretaba en la práctica constante de una escritura de extraordinaria claridad reflexiva, siempre controlada por una sagaz hermenéutica de los hechos pretéritos.

Jaramillo Uribe “tal vez no fue el primer crítico de la historiografía tradicional, ni mucho menos ha sido el único, pero sí quien con más coherencia y solidez ha impulsado su renovación” (M. Archila Neira, Rev. Credencial 2020). Considerado, el padre de la Nueva Historia: es decir, de la historia con método, con rigor de fuentes y con conocimientos en otras disciplinas como fundamentos del pensamiento crítico, evitó dogmatismos conceptuales y reduccionismos teóricos de carácter partidista.

Sus años de estudio en Francia, entre 1945 y 1948, le permitieron entrar en contacto con las corrientes historiográficas contemporáneas. Entonces sus disciplinadas lecturas iban desde Henri Pirenne hasta Marc Bloch y de Émile Durkheim a Max Weber. Este universo del saber le permitió entrar en contacto intelectual con las celebridades de las ciencias sociales como Ernest Labrousse, Edmond Vermeil y Georges Gurvitch. Buscó empleo extra-académico sin éxito y, simultáneamente, adelantó estudios de derecho en la Universidad Libre, donde obtuvo el título de abogado, en 1951. Invitado por la Universidad de Hamburgo, ejerció como profesor visitante y regresó al país, en 1955.

Tras el largo periplo por países europeos y su vinculación con universidades de Inglaterra, Francia y Alemania, creó espacios decisivos para la historiografía de Colombia: en 1962, la Sección de Historia de Colombia y de América en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia, que, en 1965, él mismo trasformaría en el Departamento de Historia, el mejor del país. Y, desde 1963, iniciaría la publicación del Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura.

Toda esta experiencia marcó el trasfondo desde el cual estableció conexiones con múltiples disciplinas: la sociología, el derecho, la filosofía y la antropología. Así, el maestro Jaramillo incentivó el estudio de la historia desde lo social y desde las ideas. En una mezcla singular para la época; con gran acierto tomó distancia de la historiografía en boga ideologizada en términos políticos. A todo lo cual habría que sumarle sus contribuciones a la historia de la pedagogía (1970).

Es preciso destacar su última y exquisita publicación, Memorias intelectuales (2007), cuyas páginas pasean didácticamente al lector por los grandes centros culturales, bibliotecas, museos y las emblemáticas arquitecturas del poder. Otra obra consagrada entre las mejores de su género: El Pensamiento colombiano en el siglo XIX y su admirable compendio de treinta y ocho ensayos sobre historia de las ideas que tituló Historia, sociedad y cultura.

Su ejercicio académico y profesional le permitió ser ampliamente reconocido: a lo largo de sus 98 años de vida, su imagen cálida apareció en portadas de revistas y en reportajes centrales de los principales periódicos, fue Premio Nacional de Historia, Premio Planeta, doctor honoris causa de la Universidad Nacional de Colombia y de la Universidad de los Andes. Incluso le fue impuesta la Cruz de Boyacá.

En Colombia, la memoria en muchos casos ha sido parcializada, silenciada y, no pocas veces, instrumentalizada, como ahora por la ultraderecha uribista. Ese olvido consciente es lo que se transforma en el contrapeso del oficio de escrutar y hacer presente el estudio del pasado. Y en esta medida, Jaramillo ayudó a propiciar la conciencia histórica de un país en estado de negación.

Desgraciadamente no pudo vivir en una Colombia en paz. Pero nos legó, junto con el trabajo de muchos otros seguidores de Clío, el hacer hablar al silencio, darle voz al olvido, repensarnos como nación y ofrecer ideas para una sociedad plural y así construir, como un noble ideal, un país más tolerante, que aún, lamentablemente, no alcanzamos.

Alpher Rojas Carvajal

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