Colombia

Ir a cine

Hace siete meses que no voy a cine. Hay gente que protesta por no poder tomar tragos en bares. Hay gente que muere por ir a un gimnasio. Yo, en cambio, muero por ir a cine. Un proyecto para el fin del día que, por lo menos para mí, tiene un extraño anuncio de felicidad. Ni la telenovela de las nueve, ni una buena serie de Netflix ni unas horas de WhatsApp con las amigas puede reemplazar esta espera de la sesión vespertina, con las boletas ya compradas y en buena compañía. O, como decía el escritor colombiano ya fallecido, Rafael Chaparro Medievo, uno va a cine solo a las 3 p. m., bien acompañado a las 6 p. m. y muy bien acompañado a las 9 p. m.

Ir a cine, llegar temprano y caminar un rato en el centro comercial, tomarse un café en el Juan Valdez contiguo, volver a leer algo sobre el director de la película, mirar de nuevo el afiche, en fin, todos estos pequeños ritos que forman parte de ir a cine.

Ya entonces llega el momento de entrar en la sala, buscar la silla, instalarse confortablemente, esperar que la luz se apague y recibir este choque luminoso de la enorme pantalla que revienta en la oscuridad. Esta es la magia del cine.

Empieza la película, y uno se deja llevar como sin un yo propio y se encuentra de repente en la campiña inglesa, en una calle de Hong Kong, una avenida de Nueva York o bajo la lluvia de Belfast, dispuesto a sufrir, a amar y a llorar. La vida, la muerte, el amor y la guerra nos atraviesan en este rayo de luz que traspasa la pantalla. Una sorprendente invitación a un viaje inmóvil, a la inmersión en una vida prestada por medio de una historia contada.

Cuando la inevitable palabra ‘fin’ llega, porque llega inexorablemente, uno esta como postrado, en apnea, hasta que la luz de la sala nos vuelve a llevar a la realidad, a nuestra realidad. Un poco como la espectadora de La rosa púrpura de El Cairo. Y entonces, poco a poco buscamos la salida como sonámbulos, incapaces aún de hablar mientras se desvanece esta extraña pesadez que nos habita durante algunos minutos después de una buena película.

Para hablar de ella es necesario dejar pasar unos minutos; incluso, unas horas. Dejar que esta extraña invasión de una historia que no nos pertenece pueda mirarse desde afuera.

Sí, me hace falta ir a cine, incluso les cuento que iba a menudo a cine sola, sin ningún problema, aunque en Colombia, durante muchos años, parecía mal visto. Sola, como en un oasis que de alguna manera reafirma mi eterna búsqueda de autonomía, de libertad que ha significado esta tan dura conquista del derecho a la ciudad y a su goce para las mujeres de mi generación.

Y, claro, pertenezco a esta generación para la que, en los años 50 y aún 60, ‘ir a cine’ contaba casi más que la película que íbamos a ver. Ir a cine era ya una promesa de viaje, de extrañamiento, de exilio en tierras desconocidas, mientras me acuerdo de que mi padre nos contaba que, cuando tenía unos ocho o diez años, pudo vivir esta experiencia casi irreal cuando el cine acababa de nacer como una nueva religión.

Si, anhelo volver a cine. En los teatros de mi barrio, es decir, los del antiguo Granahorrar. Volver a cine recordando esta otra vida del antes.

Florence Thomas


Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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