Colombia

¿Intenta Adalberto Agudelo destruir la figura de Bolívar?

El título de esta columna expresa la impresión que en el lector deja la lectura del último libro publicado por Adalberto Agudelo Duque, un narrador caldense premiado en concursos nacionales, que a su pasión por escribir ficciones le suma una admirable facilidad para pasearse, con brillo literario, entre la narrativa y el ensayo. En ambos géneros, el escritor nacido en Manizales alcanza momentos de estelar belleza, como también lo logra en la poesía. La calidad del lenguaje es el distintivo de su obra literaria. Y, desde luego, la destreza para concebir libros bien escritos, donde se revela desde la primera línea su propósito de ponerles alma a los personajes y, al mismo tiempo, expresar su pensamiento sobre temas que, por su trascendencia, están llamados a levantar polémica.

En efecto, Simón Bolívar: la más grande mentira de la historia, donde Adalberto Agudelo Duque desmenuza con pinza de relojero la vida, la obra y el pensamiento del Padre de la Patria, es un libro escrito para intentar derribar el pedestal en que desde hace doscientos años se encuentra el caraqueño. Una verdadera osadía cuando se sabe de la admiración que en la academia siempre ha despertado el libertador de cinco naciones, y del respeto de los colombianos hacia su memoria, inculcado desde los claustros escolares. Agudelo Duque refuta, en una prosa elaborada con mano de orfebre, todo lo que la historia ha dicho sobre el hombre que montado en un caballo logró la libertad de nuestros pueblos, venciendo a los españoles en batallas legendarias.

Adalberto Agudelo Duque, que es un escritor ponderado en el análisis y un predicador de verdades que a veces hieren susceptibilidades, se despacha en este libro contra todo lo que representa el Libertador, señalándolo como culpable de todas las cosas malas que le suceden a Colombia. “No hay derecho a tanta mentira”, dice en la introducción. Las mentiras sobre Simón Bolívar son para él del tamaño de una catedral porque, en su concepto, la historia nos ha vendido la imagen de un hombre muy distinto a quien en verdad era. Afirma, incluso, que hizo más mal que bien. Sostiene, además, que “fue exaltado a los honores públicos por una generación de políticos que no entendió su dimensión humana”. Y que no fue el hombre, el amante, el guerrero ni el visionario que sus biógrafos pintan.

Hay que poseer bagaje intelectual y, por supuesto, haber leído mucho sobre la vida de Simón Bolívar, para uno como escritor atreverse a tratar de destruir la estatua de un hombre venerado en cinco países y respetado en Europa, donde grandes escritores se han convertido en exégetas de su personalidad. Adalberto Agudelo Duque tiene el valor para rechazar todo lo que sobre el Genio de América han escrito sus cientos de biógrafos. Simón Bolívar: la más grande mentira de la historia es el fruto de una investigación histórica que llevó al autor caldense a leerse todos los libros que escribieron los malquerientes del Libertador. Decir que el 17 de diciembre de 1830 las campanas no tocaron a duelo por su muerte, sino que fue el llamado a una fiesta para celebrar su desaparición física, es para sus admiradores una blasfemia.

Para sustentar la afirmación anterior, el autor del libro cita un informe que al Ministerio del Interior de Venezuela envió, cuatro días después de su muerte, el gobernador de la Provincia de Maracaibo, donde dice que se apresura “a participar la buena nueva de este gran acontecimiento”. En esa comunicación, el funcionario califica a Bolívar como “el genio del mal” y “el opresor de la patria”. Señala también, el gobernador, que su muerte no fue un duelo para Colombia, sino “un motivo poderoso de regocijo”. Esta afirmación la sustenta Adalberto Agudelo Duque al escribir que la figura de Bolívar “cayó en el olvido, no poco a poco, sino de inmediato”. En Simón Bolívar: la más grande mentira de la historia se afirma que, apropiándose de su figura, el Partido Conservador lo hizo “mítico, sobrehumano y heroico”.

Son variados los tópicos que sobre la personalidad de Simón Bolívar toca el autor de este libro que, de leerlo, los adoradores del venezolano lo van a calificar como una herejía contra un hombre inmensamente grande. Porque eso de sostener que la Batalla de Boyacá fue simplemente una escaramuza sin significado alguno porque “solo hubo veinte bajas” es ir contra la corriente de la historia. En su concepto, la grandeza de Bolívar se debe a que, aliado con la Iglesia, el Partido Conservador lo sobredimensionó, logrando que los estudios sobre su personalidad y su pensamiento “se dispararan en academias, escuelas y púlpitos como formas apologéticas”. En lo referente a sus escritos, asegura que se valió de amanuenses para trascender como pensador.

¿Puede estar uno de acuerdo con un libro que deja tan mal parado ante la historia al hombre más grande que ha dado América? En mi concepto, ¡no! Cuando uno ha leído libros de tantos autores que ponen a Bolívar como un paradigma, como un líder excepcional, como un pensador que todavía hoy tiene actualidad, como un estratega que venció al ejército español, no está de acuerdo con lo que escribe Adalberto Agudelo Duque. Desde luego, se debe respetar su opinión, pero no aceptarla como verdad revelada. Es que es imposible aceptar que en el Libertador hayan existido ambivalencias entre ser hombre o mujer, como él lo sostiene. La teoría de que en su personalidad había una “disfonía intersexual” no tiene sustento científico. Para mí, Bolívar fue un hombre en todo el sentido de la palabra.

Simón Bolívar fue un gran escritor. Sus cartas a su prima Fanny, a Manuelita Sáenz y a Josefa Machado son prueba de ello. Sin embargo, Adalberto Agudelo pone en duda que hayan sido escritas por él. Aferrándose a un concepto de Mauro Torres donde dice que su estilo literario “era seco, cablegráfico, dictatorial”, dice que no fue Bolívar quien escribió esas cartas. La ‘Carta de Jamaica’, ‘Mi delirio sobre el Chimborazo’ y ‘La última proclama’ son piezas literarias de fulgurante belleza. No se puede tapar el sol con las manos ante un genio de su talla. No lo hizo García Márquez en El general en su laberinto, ni William Ospina en En busca de Bolívar, ni llegó a esos extremos Evelio José Rosero en La carroza de Bolívar. Me quedo con el Bolívar de Indalecio Liévano Aguirre, no con el del escritor caldense.

José Miguel Alzate

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