Colombia

Historia de la 7.ᵃ (2)

Al contrario de los rumores malignos y malintencionados que en torno de la minga regaron los partidarios de reprimir la protesta social a punta de plomo y gases lacrimógenos, la marcha indígena que caminó, acompañada a lo largo del trayecto por el aplauso y el cariño de sus conciudadanos, no venía a Bogotá a derribar en la Casa de Nariño la estatua de Iván el ausente.

Solo querían hablar con el Presidente, cara a cara, y pedirle que, como jefe de la Nación, actúe en defensa de la paz y que proceda, con los poderes que le confiere y le ordena la Constitución, a proteger las vidas de los líderes sociales. En las últimas setenta y dos horas han sido asesinados seis de ellos, dos excombatientes de las Farc, hoy partido Farc, Jesús Monroy y su escolta (como lo deplora El TIEMPO en nota editorial de 22/10/2020), y los dirigentes de Colombia Humana, el abogado Gustavo Herrera y el líder agrario Gustavo Alarcón, ultimados a tiros en el Huila y en el Cauca, respectivamente.

La minga de diez mil marchantes, que se movilizaron por la carrera 7.ᵃ hacia la plaza de Bolívar, fue acogida con respeto por la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, y alojada en el Palacio de los Deportes. De Iván el ausente recibieron, apenas, un mensaje despectivo: no se reuniría con los indígenas si se proponían un debate político.

Cuando las estatuas no líticas hablan dicen necedades. Es como si los estudiantes de una universidad le pidieran una entrevista al rector y se les respondiera que no los recibirá si van a hacer un debate sobre educación. La estatua de Iván el ausente no recibió a la minga indígena, pero la ciudad la aclamó y marchó con ella por la carrera 7.ᵃ y por otras vías, en una jornada vibrante, pacífica, que nos ha demostrado cómo el país está vivo y en pie, y cómo no han podido ni podrán doblegarlo la pandemia ni el mal gobierno. El gobierno ausente.

La carrera 7.ᵃ ha sido testigo de cientos de jornadas históricas similares a la del 21 de octubre de 2020. Varias narradas por testigos presenciales, como nuestros cronistas más famosos de la era colonial, Juan Rodríguez Freyle (El carnero), José María Caballero (Diario, 1800-1820) y Joaquín Vargas Jurado (Apuntes coloniales). Por esos textos sabemos de los alborotos que armaban en las Calles Reales los encomenderos contra el adelantado Jiménez de Quesada, que se esforzaba en el cabildo por imponer el respeto a las leyes de Indias, dictadas para preservar “a los naturales” sus propiedades y castigar al que los maltratara, leyes que los encomenderos hicieron trizas, no solo robándoles las tierras a los indígenas (que se les había encomendado proteger) sino convirtiéndolos en sus sirvientes o asesinándolos con impunidad absoluta.

También nos cuentan aquellos cronistas cómo la carrera 7.ᵃ vio pasar a galope furioso al teniente Ponce de León, disfrazado de sacerdote. Había escapado de los rebeldes comuneros en Puente Real (hoy Puente Nacional, Santander) y portaba la noticia de que las tropas comandadas por el oidor José Osorio con la misión de someter a los rebeldes fueron aplastadas por un grupo de esos facinerosos al mando del bandido José Antonio Galán.

Siete meses después, por la misma 7.ᵃ, y traídos a pie desde el Socorro, desfilaron José Antonio Galán y tres de sus compañeros, capturados gracias a una delación.

Rápidamente los juzgaron, los condenaron a ser arrastrados hasta el patíbulo, ahorcados, quemados y descuartizados, para escarmiento de los que tuvieran en el futuro ganas de rebelarse contra la Corona. Por la 7.ᵃ salieron los restos de los cuatro para ser exhibidos en los lugares más transitados, que habían señalado en la sentencia los magistrados de la Real Audiencia.

En apoyo a la rebelión de Galán, sus cómplices en Santafé organizaron una conspiración para tomar por asalto el gobierno de la ciudad. Confiados en que la campaña de Galán en el Magdalena se apoderaría del puerto clave de Honda y bloquearía la llegada de los refuerzos realistas enviados de Cartagena, los conspiradores de Santafé tuvieron igualmente su delator. La noche del 14 de junio de 1781, en la que esperaban caer por sorpresa sobre el cuartel del Batallón Auxiliar, resultaron sorprendidos frente a la iglesia de Las Nieves y masacrados. Veinte quedaron tendidos sobre los adoquines del Camellón de Las Nieves, otros setenta fueron capturados y unos pocos pudieron escapar.

Al comenzar el siglo diecinueve, el crecimiento de la ciudad se había consolidado alrededor de la que aún no se conocía como carrera 7.ᵃ. En la calle 24 se establece una especie de límite a la expansión de la ciudad hacia el norte, que no se moverá de ahí, ni en ningún sentido, hasta la construcción del tranvía en 1884.

Enrique Santos Molano

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