Colombia

Genes y comportamientos

Gen, según el diccionario de la Academia, es la secuencia del ADN, la complejísima molécula que constituye la unidad funcional para la transmisión de la herencia. ¿Programan los genes nuestra conducta y, en consecuencia, esta multitud de ‘miniaturitas’, en cada una de las células, coartan nuestra libertad y manejan nuestras vidas? ¿Nacemos ‘codificados’ por las instrucciones que nos traspasaron nuestros ancestros?

Aunque abundan las razones para la respuesta afirmativa, este columnista se inclina por la negativa. Los genes nos predisponen hacia comportamientos, con variables grados de intensidad, pero no nos predestinan de forma inexorable. Reconociendo como innegables las influencias hereditarias (los parecidos físicos entre parientes son la mejor muestra), no somos robots preprogramados y sí disponemos de libre albedrío, la potestad de obrar por reflexión y elección que, en teoría, nos hace responsables de nuestros actos.

A manera de ejemplo, los científicos no han identificado genes específicos que nos lleven, de forma inexorable, hacia la homosexualidad, la religiosidad o la monogamia, macroáreas estas que, en el mundo académico y con mucha frecuencia, son cubiertas por la prensa científica. Miremos los tres territorios.

En 1993, el doctor Dean Hamer, en asocio con otros estudiosos, completó un trabajo sugiriendo la existencia de un área en el cromosoma X, denominada Xq28, que contendría el ‘gen responsable’ de la orientación homosexual en los… varones. Su investigación se basó en el análisis de los genomas de cuarenta pares de hermanos gais que se autoidentificaban como homosexuales.

No es así, sin embargo. Un estudio, publicado en agosto del 2019, que examinó los genomas de casi medio millón de hombres y mujeres, divididos para el análisis comparativo entre personas que habían tenido al menos una relación homosexual y personas consistentemente heterosexuales, echó por tierra la posibilidad de que el denominado ‘gen gay’ existiera.

Diez años después, el mismo doctor Hamer planteó una segunda hipótesis, esta vez sobre un gen ‘devocional’, que explicaría la inclinación de muchas personas hacia los cultos y las creencias en entidades metafísicas, tendencias estas comunes en muchos grupos familiares, y que también estaría influenciada por la herencia. En su versión más ‘intensa’, el gen de Dios predispondría, entre quienes lo tienen activo, a las experiencias místicas y a los trances ‘sobrenaturales’. Hoy, el mundo académico reconoce las religiones como fenómenos culturales, de ninguna manera genéticos.

El estudio de los genes monogámicos, por su parte, fue efectuado en la Universidad de Texas en Austin y se basó en evaluaciones detalladas de muestras de cinco especies animales caracterizadas por sus comportamientos monogámicos. Los investigadores, sin embargo, no extendieron sus análisis a parejas humanas superleales. Debe resaltarse que menos del cinco por ciento de las especies mamíferas son ‘sexualmente’ fieles de por vida y, con la sola excepción de una proporción importante de los humanos, todos los homínidos (gorilas, orangutanes, chimpancés y bonobos) son polígamos.

¿Puede concluirse o extrapolarse algo de las tres investigaciones mencionadas y de los adelantos comprobados de la genética? La primera versión parcial del genoma humano, asombrosamente ‘moderna’ para la época, concluyó en el 2004. Hasta entonces, los ‘expertos’ calculaban que teníamos alrededor de cien mil genes.

A pesar de que el estimado actual es bastante menor, entre veinte y veinticinco mil genes por célula, sigue siendo aproximado. Este amplio rango llama la atención por su elevada ‘imprecisión’, si tenemos en cuenta la exactitud de las tecnologías modernas para dimensionar casi cualquier cosa medible que exista sobre el Planeta.

El conteo de los genes de una célula parece ser entonces demasiado difícil y susceptible a errores mayores. Y si tenemos dificultad para cuantificar una cifra en las células humanas, que están siendo observadas en millares de centros de investigación… pues ha de ser aún mucho más complicado ‘cualificarla’ para conocer la función exacta de cada secuencia de ADN.

Estamos todavía muy lejos de comprender cómo operan nuestros genes para poder asignarles a sus ‘dueños’, con credibilidad razonable, preferencias sexuales, inclinaciones religiosas, o comportamientos mono- o poligámicos. La dificultad del problema, afortunadamente, no desestimula la investigación… Por el contrario, parece provocarla y aguijonearla.

GUSTAVO ESTRADA


Autor de ‘Armonía interior’ y ‘Hacia el Buda desde occidente’
En Twitter: @gustrada1