Colombia

¿En vías de extinción el piropo en tiempos del #MeToo?

La irrisoria sentencia (por el momento) de “culpabilidad” dictada contra Harvey Weinstein es, sin duda, augurio de un buen comienzo para que muchas mujeres recuerden y sepan que jamás deben callar; es también un precedente para que los desbordados machos alfa de la pradera que ostentan algún “poder” aprendan a comportarse y, asimismo, para el resto de congéneres fomentemos total respeto hacia las mujeres.

Ahora bien, si tuviera que definirme con alguna alegoría, diría entonces que yo soy también un masoquista como Ulises atado al mástil; mas, nunca he deseado el sacrificio de Parténope y ninguna de sus hijas por el placer o el suplicio de escucharlas cantar; por el contrario, que cante ella y canten todas sus herederas, que me aturdan y me atormenten; yo, ¡sé que lo agradeceré! Mi intención es de total contemplación para ellas sin atisbos de ilegalidad corporal. El mastelero de mi vida −a estas alturas− soporta cualquiera de sus cantos: es roble de gratas experiencias, educación y respeto hacia todas ellas.

Reconozco, lamentablemente, que una gran parte de mis congéneres obedecen a la testosterona como brújula disloca sin el clásico teorema o libreto de presentación: “¿tomamos un café? ¡Te invito a un café!”. Ellos, tristemente, se pierden, se nublan en laberintos de experiencias inexistentes porque el aullar del resto de la manada exige estadísticas de camas; luego, el placer para ellas… ¡es un asunto de extintos y tontos románticos como la invitación al café! El macho y su abuso se nutren de la tosca estadística mientras que todas sus realidades sexuales no son más que una total inflación de castidad en el famélico camino y disimulado anhelo de sentirse abrigados, protegidos y acompañados por cualquiera de las hijas de Eva.

Hoy –después de tanto tiempo– no es vital lo que yo piense o escriba sobre el movimiento del #MeToo y su época, pero sí me parecen también muy relevantes los juicios y sentencias en caliente que, en ocasiones, han dictado algunas líderes del movimiento bajo una óptica y un criterio un tanto inquisidor. Lo que yo siento con respecto al movimiento es quizás un temor un tanto absurdo: ¡miedo a la extinción! Es decir, en toda cacería de brujas, indiscutiblemente, termina respirándose un temor generalizado. Hará desaparecer la galantería del adjetivo de belleza otorgado a la mujer porque somos hombres y el sentimiento de vergüenza ante la mala interpretación o el juicio malintencionado también nos afecta, nos silencia. Sin duda, comenzaremos a silenciar –si es que ya muchos no lo hacen– el requiebro matutino para alguna compañera. Lo ruñiremos mentalmente; sopesaremos en la balanza imaginativa todo lo que nos podría costar laboralmente el pensamiento manifestado de un simple: “¡qué guapa estás hoy!”. Y con la realidad del #MeToo respirándonos en la nuca: partiremos en absoluto mutismo sin decirle nada, sin entregarle tampoco el apreciado adjetivo que le pertenece para que ella y cada una de ellas, en ese sano equilibrio de intercambios, nos devuelvan una sonrisa completa como pago a nuestro valor demostrado.

Cualquier hombre en sano juicio –excluyendo la patología y ceguera del abusador– no querrá imaginarse procesado por “acoso sexual” de un piropo malinterpretado. Las historias de amor, parece ser, tendrán un cambio radical; muchas “almas gemelas” de mujeres se convertirán en espectros errantes y las matará el tedio, el silencio de un hombre acobardado por el temor de imaginarse con el más profundo de los cumplidos en una pira pública.

De un piropo y un cumplido han surgido los grandes clásicos de literatura llenos de amor. De los abusos, que también merecen ser escritos, las tragedias, sentencias y experiencias históricas que la humanidad no debe olvidar ni repetir.

En las anteriores y desorganizadas líneas tengo sentimientos e ideas encontradas por la magnitud del asunto: el fanatismo y doble moral también de algunas mujeres y líderes dentro del #MeToo que considero muy intrigante; pero, reitero, ¡el abusador y el violador deben pagar! El piropo ancestral no es un criminal, tampoco un acoso y yo –como muchos hombres– no poseemos la fórmula para desenmascarar al abusador profesional capaz de camuflarse en la perfecta galantería.

Andrés Candela