Colombia

El último golpe de Estado

La última intentona golpista importante en el norte desarrollado se produjo hace 40 años en España. Más de cien guardias, armados hasta los dientes, irrumpieron un 23 de febrero en el Parlamento español, secuestrando a los 350 diputados que votaban una nueva investidura y al Gobierno en pleno: los poderes Legislativo y Ejecutivo quedaron bajo las metralletas, que disparando ráfagas intimidatorias, mientras su jefe, el teniente coronel Antonio Tejero, ordenaba desde la tribuna de oradores a los representantes de la soberanía popular que se arrojaran al suelo hasta que llegara la autoridad militar que iba a “reconducir” la democracia española.

Paralelamente, en Valencia ocupaban las calles céntricas 50 tanques con banderines de guerra, y 2.000 soldados aplicaban el pronunciamiento de guerra dictado por un bando militar del prestigioso general Miláns del Bosch, y un toque de queda riguroso que amenazaba con pena de muerte a quienes se opusieran, disolviendo partidos y sindicatos. Luego supe por una alta fuente policial que una trama civil planeaba el futuro posgolpe, designando hasta el que sería nuevo rector de la universidad y con “listas” de gente por eliminar, en las que, por cierto, nos encontrábamos mi esposa, también periodista, y yo.

Fueron cerca de 24 horas de zozobra y maniobras de todo tipo, cuya raíz aún queda por desentrañar como “materia reservada”: ¿hasta dónde llegó la trama civil del golpe? ¿Cuál fue el papel de Estados Unidos, su movimiento de efectivos y su embajada? ¿Cuál fue el rol del entonces rey Juan Carlos? Se ha dicho que el hoy ‘rey emérito’ estuvo al tanto de una cierta salida civil al golpe. Lo cierto es que Juan Carlos desactivó la intentona con su intervención televisiva, vestido de Capitán General de los ejércitos, defendiendo la Constitución democrática. Unos días después, envié al rey un informe de lo que sucedió esa noche en Valencia, con fuentes militares democráticas y de colegas en toda la región militar, que sirvió para frenar nombramientos militares ya anunciados, y cuya recepción me agradeció cordialmente Juan Carlos a través de su ayudante, el general Sabino Fernández.

Superada en España la era de los “pronunciamientos” y golpes que presidieron cerca de dos siglos de su la historia, no deja de percibirse hoy, junto con el ascenso de la ultraderecha, una especie de descontento social difuso como el que se extiende en toda Europa, con el descrédito de las instituciones democráticas, unido al descontento de la gestión de la pandemia. Mientras, se produce un auge de la extrema derecha y de los correspondientes populismos que han doblado sus porcentajes de votos en Hungría, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Austria, Suiza, Noruega, Alemania, España y Francia. En este último país, la líder ultraderechista Marine Le Pen, con sus mensajes xenófobos, podría alcanzar la mayoría presidencial hoy.

Aunque se terminó la época de los golpes de Estado con tanques en las calles, asistimos a un desgaste de la democracia, con la reaparición de nacionalismos excluyentes e ideologías totalitarias, en los que la frontera entre el populismo y el fascismo aparece muy difusa, con soluciones “de excepción” y “salvadores” providenciales. Un reciente estudio del Fondo Monetario Internacional prevé un estallido de desórdenes sociales tras la crisis sanitaria, hacia el verano de 2022: “Una pandemia pone de manifiesto las fracturas ya existentes en la sociedad; la falta de protección social, la desconfianza en las instituciones, la percepción de incompetencias o corrupción de los gobiernos… tras los que sube el riesgo de graves crisis políticas...”. Caladeros de descontento social en los que echarán sus redes populismos y fascismos de todo tipo.

P. S. Obama. De las interesantes memorias de Barack Obama me impresionó particularmente un pasaje en el que el expresidente afirma con tranquilidad: “No era una sorpresa que una parte de mi trabajo implicase que matara a personas...”.

¿Es que no puede haber política sin muerte?

ANTONIO ALBIÑANA

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