Colombia

El referente de Australia

En una primera mirada, la aprobación de una ley en Australia que obliga a los gigantes de internet a pagar por las noticias de los medios de comunicación tradicionales podría verse como algo lejano que poco o nada afecta la vida de los colombianos. Pero no es así. Tal y como ya ocurrió recientemente en Francia, donde Google alcanzó un acuerdo con las casas periodísticas para pagar por sus contenidos, en Australia se acaba de librar otro durísimo pulso de una disputa que se replica en cada país y cuyo desenlace tiene profundas implicaciones para la democracia. Colombia, desde luego, no es la excepción.

En el caso de la nación oceánica fue noticia hace unos días la decisión tomada por Facebook, en el contexto de la discusión previa a esta ley, de bloquear todos los contenidos producidos por el periodismo local e incluso internacional, lo que fue interpretado como una jugada extrema y no menos severa para dejar claro su poderío en el marco de la negociación. El primer ministro de ese país, Scott Morrison, la calificó, con razón, de arrogante.

Finalmente, la norma aprobada esta semana establece que las empresas de prensa tendrán que recibir “una remuneración justa por el contenido que generan, contribuyendo así a mantener el periodismo de interés público en Australia”. Antes de la expedición de la norma, tanto la empresa de Mark Zuckerberg como Google lograron acuerdos en este sentido con los medios para así evitar nuevas disputas jurídicas.

Y es que, como ya se ha expuesto varias veces, Google y Facebook sumados se están llevando una tajada mayoritaria del dinero de los anunciantes. En el caso australiano, solo el 19 por ciento de la llamada torta publicitaria queda para ser repartido entre los medios tradicionales. En otros lugares la proporción es similar. Hasta aquí, todo podría leerse a la luz de la libertad de mercado, de una carrera en la que estos dos mastodontes han logrado llevar, de lejos, la delantera. Pero ocurre que para llegar a la posición de supremacía en la que se encuentran, los contenidos producidos por las diferentes redacciones han desempeñado un papel importante: los títulos y los sumarios de sus artículos, e incluso la totalidad de estas piezas periodísticas, alimentan servicios que prestan a sus usuarios. De ahí la aspiración de que estos dejen de ser utilizados sin que quienes para elaborarlos, e incurren en los gastos propios de la producción de contenidos informativos de calidad, reciban algo a cambio.

La diversidad de la oferta informativa tiene relación directa con la solidez de la democracia. Mientras más sean las empresas periodísticas y más diversas sus posturas editoriales, mejor
para esta

Por eso, cada vez más, las agremiaciones de medios en el mundo han venido insistiendo en la necesidad de equilibrar la balanza. No se trata de una guerra a muerte en la que una parte termine anulando a la otra, pues es claro que así como Facebook y Google utilizan contenidos periodísticos en sus respectivos modelos de negocio, las empresas periodísticas también requieren las redes sociales para que su labor alcance la mayor cantidad de audiencias. Se trata de darle a la labor que cada quien desempeña el justo valor que le corresponde.

Como ya viene ocurriendo, la vía tiene que ser la de la concertación. Es preferible esta ruta a aquella de un conflicto en el que si alguien pierde es precisamente la gente y del que bien pueden salir triunfadores quienes por diferentes motivos prefieren sociedades en las que algunos derechos fundamentales, que a la larga están en juego aquí, son más bien el privilegio de unos pocos.

Por eso son bienvenidos y necesarios los acuerdos, sea por iniciativa de los actores o a raíz de una novedad en la legislación de cada país que conduzca a las partes a sentarse en una mesa de negociación. Si algo obliga a que este sea el camino son las particularidades que tiene el periodismo, que es una actividad económica, claro, pero con una innegable función social. Si en cualquier otro terreno ya es problemático que la oferta de un bien o un servicio quede restringida a únicamente a dos gigantes, en el caso del periodismo tal escenario sería aún más crítico. Si bien nada impide que Facebook, Google o cualquier otro actor grande de la red se ponga en la tarea de hacer periodismo y producir sus propios contenidos, esto no puede ir en desmedro de la diversidad en la oferta informativa. Este aspecto es central porque tiene relación directa con la solidez de la democracia. Mientras más sean los medios y más diversas sus posturas editoriales, mejor para esta.

Es necesario y bienvenido hacer una pausa para trazar un límite y llegar a acuerdos sobre nuevas reglas de juego. Sobre todo cuando lo que termina estando en disputa pasa, más que por los balances de uno u otro actor de un mercado, por el bienestar general que se busca siempre a través de una democracia que tiene que ser cada vez más vital y profunda.

EDITORIAL
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