Colombia

El obligado mundo que vivirán los nuestros.

Cada vez es más cruda la realidad que enfrentamos en este mundo de pandemias, de cambios; abruptas transformaciones que llegan más allá de nuestro entendimiento; es como si se estuviera gestando en las entrañas de cada lugar y de cada ser un monstruo irreconocible que nos amenaza, que nos detiene.

Hasta hace apenas unos pocos meses, estábamos en la rutina trivial pero cercana y serena de nuestro diario vivir.

Compartir con los amigos un café, salir de paseo, celebrar entre muchos, viajar por el mundo eran acciones normales, sencillas, comunes pero, un día cualquiera,  se convirtieron en el mayor peligro, en el riesgo más grande de perder la vida, de desaparecer.

Así fue, nos acostamos seguros y amanecimos vulnerables.

Dejamos, una tarde, las calles llenas de gente, de niños, de mujeres, de hombres, de adultos mayores, de bullicio, de alegrías, de canciones y malabarismos y despertamos solos encerrados en la prision segura de nuestra casa; mientras afuera se cernía una soledad abrumadora, sitios fantasmales sin la presencia de sus habitantes, de sus invasores

En unas pocas horas se cocinó un conjuro de miedo que nos dejó impotentes y vacíos.

Si, ya no éramos los dueños del planeta, ni los creadores de grandes inventos, ni los seres dominantes ante quienes todo el universo se rendía, ya no teníamos las riendas de  está nave ancestral que hemos malgastado, que hemos asolado.

Se levantó un no sé que invisible que en un soplo, cambió por completo la ruta que seguíamos y a pasos agigantados impuso su ley y su dominio.

Cambió las rondas infantiles, tomados de la mano, alegres y seguros de nuestros niños y niñas y los redujo a un cuadrante marcado en el piso de donde no se podrá salir, ni pasar y entonces,  ya no habrá más en sus bolsillo bolas de cristal, ni trompos, ni juguetes compartidos, ni dulces derretidos, ni experiencias contadas al oído y en sus maletas escolares además de libros, cuadernos y lápices de colores habrá también tapabocas, desinfectantes, caretas con las que ocultaran su hermosa infancia, esa que al ser obligadamente vivida sin los otros, sin su presencia, ya no es infancia; las travesuras, no serán travesuras y la inigualable belleza de su paso se convertirá en algo así como en una historia de: había una vez, una infancia de recuerdos hermosos, de caras sucias y manos entrelazadas, en rondas itinerantes, coloridas y hermosas por donde transitaban sus sueños, había una vez niños y niñas trepando por los árboles, danzando en los parques y rincones la coreografía del amor y de la vida, había una vez abuelos y abuelas sonrientes y seguros llevados de la mano de sus nietos recorriendo pasados y trazando futuros de esperanza. Había una vez un pueblo de recuerdos, ese que pronto tendrá ya envejecidas las huellas de los  pasos que poco a poco se fueron extinguiendo. Había una vez………….

Hay un enfrentamiento amoroso de dos generaciones: unos tan viejos, tan cansados ya y tan inmensos, dispuestos, en su soledad, a darlo todo, a transitar sus últimos pasos con la gallardía del que todo lo ha dado y con la dignidad del que nunca se vence.

Los otros, tan pequeños, tan tiernos, tan inocentes,  que no saben aún que destino tendrá su hermosa infancia, crecerán en esta realidad y seguirán con su alma y con su empuje abriendo nuevos surcos y amaran, y tendrán nuevos hijos y quizá sin saberlo, ni entenderlo harán que su vivir sea otra historia, la que le contarán a sus retoños y nuevamente juntos seguirán con amor dando los pasos que los hará llegar lejos muy lejos.

En esta tempestad amenazante, los árboles más viejos partirán dignamente dejando sus semillas y sus huellas y otra vez volverá a surgir una nueva historia, una nueva vida.

Puede extinguirse el mundo, pero la huella que el ser humano deja a través de su vida, en sí mismo y en los demás nunca se acaba, es eterna.

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