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El impronunciable

Rush Limbaugh, uno de los extremistas de derecha que se adueñaron de los espacios de opinión en Estados Unidos, sostiene que su país no elegirá como presidente a un gay que besa a su marido en público. Tucker Carlson, otro vocero de la misma corriente, se preguntó en el canal Fox News si el candidato es humano. A muchos más, sin importar su credo político o religioso, todavía les cuesta trabajo pronunciar su apellido. Es Pete Buttigieg, el primer político abiertamente homosexual que se postula para la presidencia de la primera potencia mundial y que en pocas semanas ya puso la campaña demócrata patas arriba.

‘But-ich-ich’, ‘But-ich-ich’, coreaban sus partidarios cuando se conocieron los resultados de la primaria demócrata de Iowa el 3 de febrero, en la que el más joven de los candidatos, desconocido por la mayoría de sus compatriotas, saltó al estrellato político al superar a Bernie Sanders y dejar ‘regado’ a Joe Biden en la primera prueba de la larga carrera por la presidencia, que culminará el próximo 3 de noviembre.

‘But-yi-yiich’, pronuncian los conocedores del idioma maltés, que tiene seis vocales y algunas letras con las que no cuentan el inglés ni el español, como la g que figura dos veces en el apellido Buttigieg y que, según los puristas, tiene un sonido parecido al de la y griega en español. Pero, sin importar la pronunciación de su nombre de familia, este hijo de un inmigrante de Malta ya alcanzó en Estados Unidos más popularidad que en su país de origen.

La confusión que reinó en las primarias de Iowa eclipsó la hazaña de Buttigieg, pero el 11 del mismo mes la sorpresa se repitió en Nuevo Hampshire, donde el ganador fue Sanders, pero Buttigieg lo siguió muy de cerca. Algo semejante puede pasar en Nevada el 22 de febrero, en Carolina del Sur el 29 y el 3 de marzo, en la prueba de fuego del llamado supermartes, en el que la competencia se librará en 14 estados y a la lista de aspirantes se añadirá un rival formidable: el multimillonario exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg. Aunque esta múltiple contienda será más difícil, a ella llegará el benjamín de los candidatos demócratas con un capital electoral que ya quisieran tener muchos viejos zorros de la política estadounidense.

Con todo y la novedad que representa, Buttigieg no es propiamente un aparecido. Durante ocho años ha sido alcalde de South Bend, la cuarta ciudad del estado de Indiana, y aunque el cargo podría considerarse menor, en su ejercicio demostró ser un administrador eficaz. También tiene en su favor la experiencia militar, pues en 2014 prestó servicio como oficial de inteligencia de la Marina estadounidense en Afganistán. Es el único de los candidatos que puede mostrar este antecedente en su hoja de vida, algo que tampoco posee Donald Trump. Además, estudió en las universidades de Harvard y Oxford y fue consultor de varias empresas antes de dedicarse a la política. A sus 38 años y con fama de tecnócrata, es una figura que contrasta por su tono y sus puntos de vista moderados con los políticos que se disputan el derecho a competir con Trump, y en especial con este último.

Por otra parte, su aparición súbita en el escenario político al más alto nivel no es la primera en la historia de Estados Unidos. Ya se ha hecho la comparación con John F. Kennedy, quien en 1960 era un recién llegado y también representaba la ruptura de una tradición porque nunca antes un católico había sido elegido presidente (ni lo ha sido después de él).

Como nos enseñaron los clásicos, las comparaciones son siempre odiosas. Pero lo menos que se puede decir de Buttigieg es que deberá ser tenido en cuenta a la hora de escoger el candidato demócrata que se enfrentará a Trump. Por esto, el mundo se está familiarizando con su impronunciable apellido.

LEOPOLDO VILLAR BORDA