Colombia

El centro político: ¿un ‘cascarón vacío’?

Muchos analistas políticos creen que el péndulo político se va a mover de la polarización que vivió el país en 2018 hacia el centro del espectro ideológico. La razón principal es el dramático panorama económico y social que nos va a dejar como herencia la pandemia de covid-19 y la necesidad urgente de encontrar soluciones consensuadas y pragmáticas a la pobreza y al desempleo que se avecinan.

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Diferentes voces que representan el sector político moderado, ya sea de centro, centroderecha o de centroizquierda, como Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán, Sergio Fajardo o Jorge Enrique Robledo –para solo mencionar algunos nombres–, se están moviendo hacia la configuración de uno o dos bloques políticos alejados de las posturas extremas que, en la actual coyuntura, pueden llevar al país hacia el descalabro.

Ni chicha ni limonada

La reacción de los ideólogos de la polarización es la de calificar como un ‘cascarón vacío’ los proyectos políticos moderados, que no serían, según su opinión, ‘ni chicha, ni limonada’, para utilizar una expresión coloquial.

Al respecto, la líder conservadora Margaret Thatcher decía, en referencia a las posturas moderadas, con un enorme dejo de desprecio, que “estar en medio de la carretera es muy peligroso; te atropella el tráfico de ambos sentidos”.

Estos sectores consideran que las posiciones de centro no tienen un sustento ideológico sólido, pues no parten de una clara concepción del hombre y del Estado como sí lo hacen el liberalismo y el socialismo. Se trataría más bien de una “postura situacional” que, debido a su falta de ideas, coge de aquí y de allá para esconder con una hoja de parra su ausencia de ideas originales, propias.

Otros analistas, desde la ciencia política, consideran que las posturas centristas no son, en el fondo, más que una simple estrategia electoral tendiente a capturar votos a diestra y siniestra con base en el teorema del votante medio (fundado en el supuesto de que la mayoría del electorado se sitúa en el centro del espectro) y en la estrategia de los partidos ‘atrápalo-todo’ (Maurice Duverger, Otto Kirchheimer), es decir, partidos que no representan los intereses de ninguna clase social determinada.

Otros analistas, desde la ciencia política, consideran que las posturas centristas no son, en el fondo, más que una simple estrategia electoral tendiente a capturar votos

Nada más alejado de la realidad. Si miramos el panorama internacional, es interesante constatar que hoy en día las naciones que han logrado conformar las sociedades más admirables en todo el mundo –Canadá, Islandia, Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca y, en buena medida, salvo algunos períodos, Costa Rica y Uruguay– han estado gobernadas ya sea por coaliciones de derecha o izquierda moderadas, que se han alternado en el poder de manera pacífica.

La alternancia ha terminado siendo un “péndulo virtuoso”, dado que permite que lo mejor de cada cual (el acento en el mercado y el acento en la justicia social) se desarrolle permitiendo crear sociedades de alto desarrollo económico con justicia social, con bajos niveles de desigualdad económica y numerosas oportunidades para todos.

Es decir, un capitalismo social con rostro humano, que combina una economía mixta con una democracia avanzada.

De esta manera, los gobiernos de centro moderados son los que históricamente han dejado una huella más profunda y permanente en las sociedades que se han beneficiado de este modelo. Por el contrario, las posturas extremas, ya sea de derecha o izquierda, no dejan ninguna herencia durable ni positiva. Los deplorables actos de gobierno de Donald Trump, así como los de Nicolás Maduro o Daniel Ortega, se los va a llevar el viento.

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La descalificación radical

En todo el mundo, los adalides de la polarización política como estrategia electoral tienden siempre a descalificar las posiciones moderadas. Los radicales de izquierda los denominan “conservadores disfrazados”, y la derecha radical los señala como “izquierdistas camuflados”.

Obviamente, esta descalificación de los dos polos extremos tiene un objetivo manifiesto: liquidar las opciones de centro para dejar solo en la arena electoral a dos polos radicales como las únicas opciones. Estos dos polos juegan a la retroalimentación mutua a través de los discursos de odio.

Unos y otros sostienen que solo existen dos opciones en el mercado de las ideas: o dejar todo en manos de los individuos (neoliberalismo) o dejar todo bajo control estatal (estatismo).

En este punto, es necesario aclarar que polarización política no es equivalente a pluralismo político. El pluralismo se fundamenta en tres ejes: primero, la existencia de corrientes políticas que tienen agendas diferenciadas; segundo, estas corrientes enfrentadas comparten, sin embargo, consensos básicos en torno al funcionamiento de la sociedad y el imperio de la ley; y, tercero, la vida político-electoral se fundamenta en la alternancia del gobierno.

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Este último aspecto es esencial, pues el triunfo electoral no puede ser un juego de suma cero, mediante el cual quien gana las elecciones lo gana todo y quien pierde las elecciones lo pierde todo, como son las elecciones hoy en día en Rusia, Nicaragua o Venezuela. Y si nos descuidamos, pueden ser para sorpresa del mundo las elecciones de noviembre en los Estados Unidos. Una democracia pluralista auténtica se fundamenta en la posibilidad de cambio de las mayorías gubernamentales: si estas gobiernan bien, pueden ser reelegidas; pero si pierden el apoyo del electorado, pueden verse obligadas a pasar a la oposición con plenas garantías.

La polarización política llevada a los extremos, como nos ocurrió a los colombianos durante la República Liberal y el período de la Violencia, hace imposible el funcionamiento de las instituciones democráticas. No en vano tuvimos entre 1953 y 1958 los dos únicos gobiernos militares que hubo en el país en ese siglo. Lo mismo le ocurrió a Chile bajo el gobierno de Salvador Allende y la irrupción de Pinochet.

La polarización

Existen momentos políticos en los cuales el debate público se recalienta, se aumenta la intolerancia hacia el que piensa distinto y las vías para afrontar el futuro se tornan difusas. Hoy en Colombia, el asesinato de líderes sociales, defensores de los derechos humanos o desmovilizados de las Farc, así como la arremetida contra los miembros de la Policía Nacional, evidencia el clima de crispación nacional.

Para los analistas políticos, es fundamental determinar si la polarización se da únicamente a nivel de las élites políticas o si cobija a toda la sociedad. En el período de la Violencia, la ‘polarización por arriba’ arrastró al país a una dura ‘polarización por abajo’, la cual condujo a la guerra civil no declarada que nos arrastró a la demencia tras el asesinato de Gaitán en 1948. Un ejemplo hoy en día de una situación similar se vive en el Líbano, donde la antaño ‘Suiza del Oriente Próximo’ está desgarrada entre las corrientes musulmanas sunitas y chiitas y los cristianos maronitas, sin que existan puentes de comunicación posibles. Los analistas temen lo peor.

La polarización actual arrancó con fuerza a partir del plebiscito por la paz el 2 de octubre de 2016, que fracturó al país entre los partidarios del Sí y los del No, y se agravó el 17 de junio de 2018, cuando se llevó a cabo la segunda vuelta en las elecciones presidenciales.

Esta tensión se ha profundizado desde entonces.


Si bien la polarización política que está viviendo nuestro país es todavía, principalmente, ‘una polarización por arriba’ con respaldo en algunos segmentos de la sociedad, numerosos dirigentes políticos irresponsables quieren que esa división se extienda a toda la sociedad. Es decir, partir al país en dos. Estos sectores tienden a enfatizar, como en el Líbano, en las identidades excluyentes con base en la idea de que los consensos básicos son imposibles e indeseables de alcanzar.

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Desde esta perspectiva, estos discursos excluyentes se convierten no solo en una forma de conectar con los ciudadanos, sino en un instrumento para ganar su adhesión, radicalizando las diferencias en una dinámica amigo-enemigo. Es decir, la política tal como la concebía el polémico profesor alemán Carl Schmitt.

¿Cómo desactivar una sociedad polarizada?

Un tema que preocupa actualmente a los científicos políticos es cómo contribuir a despolarizar una sociedad dividida.

En Chile, por ejemplo, que ha vivido en los últimos dos años masivas protestas sociales, se cree que una asamblea constituyente que cambie la Constitución vigente desde 1980 bajo el régimen militar puede ser el camino para reconstruir el pacto social y político resquebrajado en la nación austral.

¿Cuál podría ser el camino en Colombia para superar la polarización?

Los líderes políticos, económicos y sociales que ven con preocupación cómo la grave crisis social y económica del país no da espera, deberían abrir un espacio de discusión nacional en torno a la construcción de una agenda nacional (o un acuerdo sobre lo fundamental, para utilizar la fórmula de Álvaro Gómez Hurtado) que le sirva de faro al país para los próximos años.

Un acuerdo centrado en temas como la reactivación de la producción, la generación de empleo, medidas para afrontar la pobreza y la desigualdad, rediseño de las políticas de seguridad urbana y rural para afrontar la criminalidad y garantizar la vida, una adecuada implementación de los acuerdos de paz y una política exterior independiente.

Colombia debe evitar el ahondamiento de la polarización política, que, en estos momentos de crisis global y nacional, haría muy difícil el proceso de reconstrucción, el cual va a requerir un gran esfuerzo colectivo.

EDUARDO PIZARRO


* Profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia

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