Colombia

El Bogotazo en Caldas (3)

Así vivió Morales Benítez

(En la celebración, este siete de agosto, del centenario del natalicio de Otto Morales Benítez) 

Una llamada a Palacio

Como se sabe, después del asesinato de Gaitán hubo intentos de tomarse la sede presidencial, hacia donde la turba enfurecida arrastraba el cadáver del magnicida, Juan Roa Sierra.

¿Qué frenó -cabe preguntar- al pueblo exaltado, dispuesto a entregar la vida en honor a su líder? Existen muchas versiones al respecto. Una de ellas, desconocida hasta hoy, fue narrada por Morales Benítez, quien afirmaba no estar autorizado para identificar su fuente de información.

Según dicha fuente, todo se debió a una llamada telefónica que en aquel momento hizo un importante jerarca de la iglesia católica al palacio presidencial para aconsejarle a Ospina Pérez sobre el camino a seguir frente a las críticas circunstancias que parecían conducir a un golpe de Estado.

Primicia histórica

«A esta gente no la va a detener nadie», dijo el prelado. «Sólo hay una vía para detenerla», añadió, explicando su propuesta.

Mariano Ospina Pérez y su esposa, doña Bertha (Cortesía de la Fundación Mariano Ospina Pérez.

En realidad, la propuesta -al decir del informante- contenía dos partes.

En primer lugar, convocar a los jefes liberales en Palacio para que el populacho se abstuviera de atacar por temor a que los jefes supremos de su partido fueran víctimas junto al gobernante conservador y sus más cercanos colaboradores y familiares.

Y, en segundo lugar, que las puertas de las cárceles se abrieran para dar libertad a los presos y que estos, lanzados sin control a destruir cuanto encontraban a su paso, saquearan almacenes y aniquilaran por completo, en medio de su borrachera, el espíritu revolucionario, convirtiendo la rebelión popular, reivindicatoria, en una chichonera sin contenido ideológico, político.

Del dicho al hecho

Así sucedió, en efecto. Los presos incendiaron el Palacio de Justicia, naturalmente para destruir los expedientes judiciales que condenaban sus actividades ilícitas, y la propia Cancillería, donde despachaba Laureano Gómez, máximo jefe del conservatismo.

En cuanto a la convocatoria de los jefes liberales, la estrategia funcionó a la perfección: la cúpula del partido liberal se hizo presente en Palacio, rodeó al Presidente Ospina, respaldó su propósito de implantar un gobierno de Unión Nacional y, en consecuencia, entró a participar en la administración con figuras representativas de la colectividad, como Darío Echandía, quien asumió el ministerio de Gobierno mientras celebraba el equilibrio en el poder y el regreso al orden, con el correspondiente culto a Gaitán, su gran amigo.

Echandía precisamente, en su condición ministerial, llamó días después a Otto, presidente del Directorio Liberal de Caldas, para pedirle información sobre los desórdenes que persistían en Chinchiná y La Victoria, cuyos alcaldes fueron destituidos, sin permitirles gobernar.

El Gran Otto y Darío Echandía (Cortesía de la familia Morales Benítez).

Al frente de la crisis

«¿Usted está en capacidad de enfrentar la situación?», le preguntó Echandía.

«Sí», respondió Otto, sin titubeos, al tiempo que se comprometía con ir personalmente a los dos municipios para calmar los ánimos entre sus copartidarios amotinados, de quienes nadie sabía si estaban a un paso de ser juzgados por sus conductas delictivas.

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