Colombia

Desde el vientre, hasta siempre

Partamos de una premisa: el empoderamiento de la mujer, que parte del control total de su vida, no puede convertirse en un argumento para justificar el aborto.
Claro que las mujeres podemos determinar nuestra vida, adoptar libremente nuestras decisiones y hacer del presente lo que queramos, pero nada de ello nos otorga licencia para decidir sobre la vida de otra persona, mucho menos de un niño que se esté formando dentro de nuestro vientre.

Cuando se produce la fecundación del óvulo, empiezan una nueva vida y la formación de un cuerpo dentro del vientre de la madre. Así que la mujer es perfectamente libre de hacer con su cuerpo lo que considere, pero esa premisa no otorga licencia para inmiscuirse en la vida que lleva dentro de ella. Son dos cuerpos y dos vidas, y ambas deben ser protegidas, porque gozan de plenos derechos.

Así como el bebé no tiene licencia de decidir sobre la vida de su madre, la madre no puede hacer dictámenes sobre la existencia de su hijo.

Los que aseguran que el feto puede ser abortado hasta la semana 16 no han explicado cuál es la diferencia entre el bebé de 16 semanas menos un día y el que tiene 16 semanas y un día de formación. Es el mismo ser humano, que goza de derechos, el primero de ellos: que se le respete la vida.

Los médicos se forman para salvar vidas, no para acabarlas. En el juramento hipocrático dicen: “... tampoco administraré abortivo alguno a mujer alguna”.

Los humanos no somos seres mutantes. Somos lo mismo desde la fecundación hasta la muerte. Aquella célula que empieza a formarse cuando el espermatozoide se une al óvulo es la encargada de escribir el primer renglón de una biografía cuyo epílogo coincide con la finalización de la trayectoria de la vida terrenal.

No estoy de acuerdo con el aborto y tampoco comparto las tres excepciones que hace algunos años fijó la Corte Constitucional.

Cuando hay una violación, estamos en un escenario con un victimario –el violador– y dos víctimas: la mujer y el niño, fruto de ese acto violento. No tiene sentido sacrificar la vida de una de las víctimas.

Comprendo que la mujer no quiera tener a aquel niño, y por eso es deber del Estado, pero sobre todo de la sociedad, protegerla, brindarle apoyo emocional y clínico para efectos de permitir la culminación del periodo de gestación y ofrecer las garantías para que la criatura encuentre una familia que lo quiera recibir, apoyar y acompañar en su crecimiento, rodeándolo de amor.

Las otras dos causales, malformaciones del feto y riesgo para la vida de la madre, son totalmente debatibles. Hace pocos días conocimos el caso de una mujer que mató a su hijo con más de 7 meses de gestación, alegando que no estaba preparada psicológicamente para ser madre.

En aspectos de vida o muerte, creo que el hombre no puede inmiscuirse en el trascurrir de la naturaleza. El caso del bebé abortado, con el apoyo cuestionable de Profamilia, fue un campanazo que nos obliga a tomar cartas en el asunto.

El padre de la criatura, desesperado, tocó todas las puertas implorando por la vida de su hijo. Él manifestó que estaba dispuesto a ver por la criatura. Nadie quiso oír su clamor, y la vida del niño fue acabada a través de un procedimiento evidentemente ilegal.

Cuando aún no terminábamos de digerir esa dramática historia, conocimos que Alejandro Linares, magistrado de la Corte Constitucional, presentó un proyecto de sentencia con el que pretende que el máximo tribunal constitucional permita el aborto sin causal ninguna, hasta las 16 semanas de gestación. Aquello, en plata blanca, convierte el aborto en un mecanismo de planificación, cosa que es inadmisible.

Así las cosas, los colombianos no tenemos camino distinto que el de acudir a los mecanismos que nos otorga nuestra carta, para que, a través de un referendo, digamos la última palabra. Es hora de tomar acción para defender la vida de los no nacidos, porque la vida es sagrada desde el vientre, hasta siempre.

Margarita Restrepo


@MargaritaRepo