Colombia

Conozca cómo la pandemia puede llegar a contagiar hasta la política

A comienzos de mayo un documento escrito por un técnico del Banco de la Reserva Federal de Nueva York logró algo que pocos textos de corte académico consiguen: llegar a los titulares de las noticias.

En su trabajo, el economista Kristian Blickle demuestra la alta correlación existente entre la pandemia conocida como la gripa española –que azotó a buena parte del mundo entre 1918 y 1920– y las votaciones que lograron los partidos extremistas en Alemania a partir de 1925 y hasta 1933.

Una de esas colectividades fue el Partido Nacional Socialista de Adolfo Hitler. Aunque el autor norteamericano se cuida en decir que la influenza dio origen al nazismo, sí señala que los ciudadanos en aquellas regiones germanas más golpeadas por el mal, en donde cayó de manera importante el ingreso por habitante, acabaron inclinándose por la extrema derecha.

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Quizás, en circunstancias distintas, el hallazgo habría pasado desapercibido. No fue así en la presente ocasión, pues cada vez son más frecuentes las elucubraciones respecto a los impactos a mediano y largo plazo que traerá el covid-19, particularmente respecto a la política.

Que la opinión reacciona en las urnas o incluso sale a las calles tras un evento catastrófico es indudable. Son incontables los ejemplos que confirman que el péndulo se mueve hacia otro lado cuando la gente piensa que los gobernantes de turno responden mal a los desafíos. Y, en esta oportunidad, esos retos son dos, ambos de naturaleza extraordinaria: la emergencia sanitaria y la recesión económica. Puesto en contexto histórico, es como si la gripa española y la gran depresión que comenzó en 1929 hubieran sucedido al mismo tiempo y no con diez años de diferencia.

Un dilema fundamental

No está de más señalar que cada época es única. Las circunstancias del mundo de entonces son muy distintas a las de ahora, por lo cual sería equivocado decir que la humanidad va a recorrer una senda similar a la de hace cien años, que llevó a la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, también es equivocado pensar que una vez superado el bache las cosas volverán a ser como antes.

Alguien puede cuestionar esa afirmación. En América Latina, por ejemplo, la influenza dejó una estela de muerte menos traumática de lo que podría pensarse.


Las crónicas de la época indican que en Colombia se adoptaron precauciones. Tapabocas y medidas de aislamiento también fueron ensayadas, aunque las actividades productivas nunca se paralizaron más allá de tropiezos puntuales. “La hegemonía conservadora siguió su curso y si bien el presidente Marco Fidel Suárez no terminó su período, eso no tuvo nada que ver con la gripa sino con el tratado Urrutia-Thomson para reanudar las relaciones con los Estados Unidos”, señala el profesor Carlos Caballero Argáez.

Un desenlace distinto tuvo la contracción que comenzó en Estados Unidos al final de la década de los veinte del siglo pasado. La comunidad académica concuerda en que la primavera democrática que se vivió en la región latinoamericana terminó abruptamente, por culpa del derrumbe en los precios de los bienes primarios, la falta de dinero de los gobiernos y el salto en el desempleo.

Con pocas excepciones –como la colombiana–, a mediados de los años treinta buena parte de los presidentes escogidos por voto popular habían sido remplazados por dictadores de facto o regímenes militares, de extrema derecha. El de Getulio Vargas, en Brasil, es quizás el caso más emblemático de ese periodo.

Al país el vendaval lo golpeó, aunque menos que a otros. Fue necesario abandonar el patrón oro que respaldaba el peso y usar estrategias poco ortodoxas, como la entrega de recursos al gobierno liberal de Enrique Olaya Herrera, a cambio de la administración de las minas de sal por parte del Banco de la República. “En lo que sí tuvo gran influencia la crisis fue en el refuerzo de la intervención del Estado en la economía, con un papel mucho más activo del Emisor y del Ministerio de Hacienda en la orientación de la política económica”, agrega Caballero Argáez.

En lo que sí tuvo gran influencia la crisis fue en el refuerzo de la intervención del Estado en la economía, con un papel mucho más activo del Emisor

Las tensiones no faltaron. Aun así, la guerra con el Perú aglutinó a la sociedad en 1932 y las tensiones sociales derivaron en reformas no exentas de polémicas, que incluyeron una modificación a la Constitución cuatro años después y la adopción de un ambicioso paquete de leyes que comprendió la protección a los derechos de los trabajadores durante la administración de Alfonso López Pumarejo.

Tal precedente plantea el dilema fundamental de estos tiempos. ¿La compleja realidad actual derivará en mayores diferencias y más polarización o será la oportunidad para reconstruir el país de una manera más justa e incluyente, dándole de paso mayor legitimidad a la democracia?

Presente cambiante

La respuesta la dará lo que pase con la política, que a su vez dependerá de cómo la ciudadanía perciba que se maneja la emergencia por parte de los dirigentes en el ámbito nacional y local. Lo que se ha visto hasta la fecha es una estrategia gubernamental cuyos resultados se comparan bien frente al vecindario.

Aunque el diálogo entre la Casa de Nariño y los mandatarios regionales es fluido, la tirantez con algunos alcaldes salta a la vista. Claudia López ha tratado de antagonizar en más de una oportunidad a Iván Duque, pero este se niega a caer en la provocación. En lo que atañe a William Dau, en Cartagena, o a Jorge Iván Ospina, en Cali, las cosas tampoco son fáciles.

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El motivo fundamental es que la prioridad para los mandatarios municipales son tres estadísticas: contagiados, muertes y ocupación en las unidades de cuidado intensivo. Por su parte, al Ejecutivo le inquietan no solo esos números sino la suerte de la economía y la sostenibilidad de las finanzas públicas.

La expresión práctica de esos énfasis es una abundancia de decretos y resoluciones. “Casi que hay un concurso de toma de medidas con los ciudadanos en la mitad”, anota la politóloga Mónica Pachón.

Detrás de los respectivos sesgos, hay posturas ideológicas implícitas. En Estados Unidos, los demócratas son amigos del confinamiento y Donald Trump, de la reapertura. Y aquí son evidentes las distancias entre lo que opinan el Partido Verde o el Polo Democrático, en comparación con el Centro Democrático.

En cualquier caso, la imagen de alcaldes, gobernadores y del propio Presidente de la República se ha fortalecido. En su mayoría, el público califica bien a los gobernantes que enviaron a la gente a recogerse en su casa.

No obstante, quienes saben de estas cosas advierten que el clima de opinión varía. Los sondeos recientes muestran que el respaldo a la cuarentena viene en descenso, algo que viene acompañado de mayor desobediencia civil o de protestas en redes sociales, como la de los mayores de 70 años que impulsan la “rebelión de las canas”.

Además, están las presiones del bolsillo. Que una cuarta parte de la población económicamente activa no tenga ahora una fuente de ingreso es un verdadero cataclismo, con implicaciones profundas y duraderas.

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Lo anterior quiere decir que a medida que la falta de dinero y el hambre lleguen a más hogares, las prioridades del público serán distintas. El empleo se convierte en la exigencia primordial y, si bien están las ayudas oficiales, su efecto es limitado por el monto que es posible distribuir.

La política de la rabia

Un análisis hecho recientemente por profesores de la Universidad de los Andes mostró la alta probabilidad de que la pobreza en Colombia aumente hasta en 15 puntos porcentuales a finales de 2020. Semejante retroceso sería atribuible a la clase media vulnerable asociada a la economía informal, que a lo largo del siglo había conseguido mejorar su calidad de vida.

“La pérdida de estatus que sufrirán millones de personas puede derivar en un resentimiento creciente”, dice Adolfo Meisel, rector de la Universidad del Norte. “El sistema de transferencias y ayudas se concentra en quienes están en la base de la pirámide, pero no hay apoyos para el pequeño empresario que tuvo que cerrar su negocio, la manicurista que se quedó sin trabajo o el mesero del restaurante”, dice.

Tales circunstancias son el caldo de cultivo ideal para que el discurso populista consiga adeptos. “Dada la historia de América Latina, no es descabellado pensar que el caudillismo y el reciclaje de soluciones fáciles se abra paso, incluyendo a Colombia”, subraya Meisel.

El punto central es que la llamada “política de la rabia” se imponga. Puesto de otra manera, varios tratarán de cabalgar sobre la ola del descontento de la clase media venida a menos. Esa misma táctica llevó al poder a Donald Trump en 2016, a punta de un discurso en contra de los inmigrantes, la globalización y las élites.

No se puede olvidar, además, que el clima estaba agitado desde antes. Las protestas de finales del año pasado pusieron sobre la mesa diferencias que no se han resuelto y cuya definición se vio aplazada por la cuarentena.

La salud pública, que no estaba en el radar, ahora va a ser clave, al igual que la forma de enfrentar la desigualdad

Temas sobre la mesa

En medio de las nuevas condiciones económicas y sociales, la agenda será otra. “Políticamente el escenario que se abre nos llevará a temas más primitivos”, sostiene Mónica Pachón. Cómo conseguir un empleo se volverá prioridad para muchos. Ello fomentará las prácticas clientelistas y las carreras electorales que se apoyen en regalar mercados o conseguir dineros oficiales.

Lo más inquietante es que una actitud de “sálvese quien pueda” relegue a un segundo plano prioridades recientes. El cumplimiento de los acuerdos de paz o la adopción de mayores estándares ambientales interesará a menos personas, concentradas en solucionar sus angustias individuales.

A pesar de que las probabilidades de que dicho escenario se cumpla vienen al alza, un desenlace como el descrito es evitable. El desafío, según Adolfo Meisel, “es que haya propuestas que logren entusiasmar a la ciudadanía”. Mejorar la distribución del ingreso, combatir la discriminación y la corrupción, asegurar mínimas condiciones de vida o garantizar el acceso a la educación de calidad, son algunas de las ideas planteadas.

Por su parte, la analista Sandra Borda considera que el remedio para el populismo es una mezcla de prudencia y progresismo. “La salud pública, que no estaba en el radar, ahora va a ser clave, al igual que la forma de enfrentar la desigualdad”, sostiene. “También tendremos que redefinir las relaciones económicas con otros países o la actitud hacia la migración”, anota.

Las diferentes posturas llegarán a la arena política. Carlos Caballero Argáez sostiene que “los movimientos de izquierda van a tener una plataforma radical de aumento del tamaño del Estado en todos los sectores y seguramente van a plantear nacionalización de servicios públicos e incluso de la banca”.

Del otro lado, “la derecha no va a tener un programa que la distinga sino algo así como ‘más de lo mismo’, enfocándose mucho en el pasado y en temas que a estas horas no le dicen nada a la gente como los cambios en el proceso de paz o la eliminación de la JEP”.

Y concluye Caballero: “De ahí la importancia del centro y, particularmente, de uno inclinado hacia la izquierda democrática que tenga como bandera la reducción de la desigualdad en todos sus aspectos a través de reformas económicas e institucionales dejando operar a los mercados con una mayor intervención del Estado en un ambiente de libertades y de debate democrático: sería la vía de las reformas liberales”.

Escoger entre esos tres caminos puede sonar lejano a raíz de las angustias inmediatas derivadas de la pandemia. Pero así lo urgente no deje espacio para lo importante, sería positivo que el debate comience, pues, como tantas veces se ha dicho, lo más clave en la economía es la política. Aunque parezca distante, ese 2022 que definirá el rumbo de Colombia en la primera mitad del siglo, está a la vuelta de la esquina.

RICARDO ÁVILA PINTO


Analista Sénior - especial para EL TIEMPO
​En Twitter: @Ravilapinto

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