Colombia

Congreso en vapor

Por haber sido congresista –de lo que jamás me arrepentiré– sé perfectamente para qué sirve, y para que no. Siempre lo he defendido como pilar de la democracia, a pesar de su desprestigio, porque tiene su razón de ser, de existir, y su papel en la organización del Estado de derecho. El Congreso no puede cerrarse, como ha pasado en algunos episodios históricos de nuestro país, para que el Poder Ejecutivo pueda comportarse como dictador. No. Y ejerciendo su papel, en algunas ocasiones el Congreso acierta, en otras se equivoca gravemente, pero están los pesos y contrapesos de las altas cortes para que moderen sus exabruptos legislativos. Esa familia es nuestro Estado de derecho. En el mundo ideal, que no siempre funciona.

Pero lo que viene pasando ahora se ha vuelto cantinflesco. El presidente del Senado admite que no aguanta más las presiones para abrir sesiones presenciales del Congreso, con todo lo que ello implica. Traslado terrestre de todos los congresistas desde las más remotas ciudades del país junto con sus conductores y escoltas, para luego regresar el jueves a sus regiones. Instalación en sus oficinas con sus secretarias y equipos de la unidad legislativa. Convocar el ‘staff’ parlamentario. Urgentemente a las aseadoras. Reactivar los servicios de ‘catering’ en el recinto. Y, luego, preparar las caravanas de regreso. Eso en cuanto a lo operativo. En cuanto a lo legislativo, voy a contar una verdad que me puede costar el más tremendo ‘bullying’.

Este país puede durar perfectamente un año sin Congreso. Y ¿saben qué? No pasaría absolutamente nada. Como insiste cada rato Alfonso Gómez Méndez en sus columnas: legislar no es gobernar. En principio, el Gobierno manejando facultades extraordinarias para legislar vía decretos extraordinarios, y la Corte vigilando sus excesos, nada grave nos puede pasar.

Sí, es cierto, ciertísimo, que el control político de un Congreso al Gobierno es crucial. Pero hasta ahora nadie ha dicho que no se pueda hacer vía digital. En las sesiones virtuales podrán también tener a su presa de predilección, el ministro del ramo, respondiendo horas y horas en el Parlamento, que lo distraen de su labor esencial, contener el coronavirus. Todo para que los congresistas de oposición mantengan este instrumento televisado para exhibirse en tribuna contra el Gobierno, frente a sus huestes políticas. Muchos están furiosos de que en capilla de elecciones a legislativas y presidenciales el Congreso esté cerrado físicamente, no legislativamente, para ponerse a tono con las medidas preventivas que ha decretado el Gobierno. Pero no querer explorar la posibilidad de sesionar, como lo permite el artículo 140 de la Constitución, y por motivos de orden público –como lo recordó en su columna en estas mismas páginas Alfonso Gómez Mendez– y como si el coronavirus no fuera el más grave motivo de alarma pública de los últimos 40 años, trasladando su sede “a otro lugar”, implica por lo menos una miopía malalechosa o una idiosincrasia de estrechez santanderista.

Quizás el episodio más gráfico de esta semana haya sido escuchar al senador oposicionista del Polo Jorge Enrique Robledo decir que, a diferencia de otros colombianos mayores de 70, Robledo merezca, por ser él, una excepción para moverse como Pedro por su casa. Se le notan los nervios. Todos estamos nerviosos, senador. Unos porque podríamos perder nuestros trabajos; otros, porque podríamos enfermarnos o que lo haga alguien de nuestro cercano entorno. Pero, créame. Que usted, mayor de 70 años, y tiene todos mis respetos, exija el privilegio de moverse por donde quiera, a diferencia de otros setenteros, y de ir al Congreso a sesionar, como le escuchamos decir, “por ser usted”, para ir a fusilar al Gobierno en sus esfuerzos por combatir el coronavirus, no nos sirve de nada ni a nosotros, ni a usted, que está exponiendo su vida y la de sus colegas. Modernícese. Búsquese la manera de hacer un debate de control político vía internet. Le prometo que estaré pendiente, como en cada uno de sus debates, que personalmente sigo con mucho interés.

Pero ya lograron Robledo y su grupo algo increíble: que el presidente del Senado, Lidio García, dijera que, aunque él no está de acuerdo, por presiones insuperables citará a sesiones físicas del Congreso el mismo día en que se acabe la cuarentena.

Eso sí, senador Robledo, tendrá que escoger. Entre escupirse con sus colegas o echar discursos con mascarilla.

Entre tanto… Las Cortes funcionando virtualmente y el Congreso arrodillado a ver si ellos también pueden. ¿De cuál es la autonomía de la que hablan?

MARÍA ISABEL RUEDA

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