Colombia

Cofres viejos

Los libros viejos son como cofres, basta verlos, máquinas del tiempo. Y no solo por lo que cuentan sino también por lo que guardan: por las huellas y los trazos de sus dueños y sus visitantes transitorios; todas las manos que alguna vez los tuvieron, los acariciaron, los abrieron y los cerraron. Si uno tuviera un microscopio, podría ver esa historia que cuentan las páginas de los libros. No su texto, sus páginas. Sus hojas.

También vería cientos de miles de microorganismos reverberando allí en ese universo de papel que uno abre y cierra a placer sin pensar casi nunca en eso: en los hongos y las bacterias que hay en él y que pugnan por sobrevivir entre los pliegues de tanta información, tantas letras. Es un buen tema para un cuento: una comunidad de microbios que es exigente en sus lecturas y solo busca libros buenos para refugiarse.

Mario Levrero, un enorme escritor uruguayo, valga la redundancia, decía que los hongos de los libros son hongos alucinógenos: se nos meten en el alma y la trastornan, la hacen feliz. Tuve un amigo en Italia que era catador de libros viejos: le bastaba olerlos para saber de qué país y de qué época eran. Conocía la cepa de cada tinta, cada papel, cada pegante, cada cultura. Era un placer verlo cuando olía y decía: “Ámsterdam, siglo XVII”.

A mí me encanta encontrarme fotos en los libros viejos: imaginarme las vidas que están allí congeladas en ese momento. Imaginarme también el día en que esa foto llegó a ese libro, quedó allí clavada para siempre; para casi siempre. Esas fotos por lo general en sepia o en blanco y negro nos hablan, nos cuentan algo. Esas sonrisas tan tristes, esa felicidad del pasado. Un destino que quién sabe adónde fue a parar, detenido en el tiempo.

También me encanta encontrarme flores dentro de los libros viejos, hojas secas. Me acaba de pasar, por eso escribo esta columna. Abrí una vieja biografía de Felipe II de España, que hace poco estuvo de cumpleaños, apenas 493 años, toda una promesa, y había adentro una hoja de malva, creo, no sé bien de qué. Pero ese diminuto escombro de la naturaleza, ese recuerdo, me distrajo del texto.

¿Un recuerdo para quién? No para mí, claro que no. Eso fue lo que me intrigó tanto de ese trozo de naturaleza muerta: ¿Quién lo puso allí? ¿Cuándo sería? ¿Cómo fue el día exacto en que una mano dejó caer sobre esa página –347– un pedacito del mundo de entonces? ¿Cómo era ese mundo y qué estaba ocurriendo en él? ¿Qué peste habría por esos días? Siempre hay alguna, solo que se nos había olvidado.

El libro es más o menos antiguo, de 1828. Lo publicó, en Londres, Thomas Cadell, un gran impresor e hijo de otro que se llamaba igual y que fue amigo del doctor Samuel Johnson, alma bendita. Es un libro protestante y violento: una diatriba, más que una biografía, contra Felipe II, el Rey Nuestro Señor. Ahí sale con todas las depravaciones que le asignaron los ingleses y los holandeses: la austeridad, la prudencia, la fe.

Pero más que la vida de Felipe II me interesa ahora la de quienes pasaron por este libro casi en dos siglos, desde que salió de las planchas londinenses y vino a dar a Bogotá, Colombia. ¿Qué viajes habrá hecho este viejo ejemplar con sus tapas de cuero y sus letras doradas en el lomo? Hay allí también un cuento o por lo menos, si uno no tiene suficiente tiempo, una novela: la historia de un libro que viaja por el mundo, de tumbo en tumbo.

Eso también son los libros viejos: naves que van por el mar, y en ellas sus lectores. Algunas de esas naves naufragan y se hunden; otras siguen por allí como barcos abandonados: derrelictos, se llaman, pecios. Qué bella es la lengua del mar.


Y basta acariciarla –abrir sus páginas, oler sus flores– para volverla a navegar.

Juan Esteban Constaín


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