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Azerbaiyán-Armenia

Un estado latente de tensiones y choques que viene desde la época de los imperios ruso y turco-otomano, que sobrevivió a la era soviética, pero que empeoró con su derrumbe, es el que tiene en la actualidad a Azerbaiyán y a Armenia al borde de un conflicto de grandes proporciones en el Cáucaso sur. Todo con un trasfondo de luchas interétnicas que recuerda otros enfrentamientos fruto de la disolución de los antiguos poderes dominantes y de la intención de querer imponer Estados homogéneos sin atender los grupos humanos, e incluso las religiones. Las heridas de los conflictos derivados de la disolución de la antigua Yugoslavia aún supuran.

Luego de tres días de conflicto y más de un centenar de muertos, el riesgo de la intervención de las grandes potencias vecinas –Turquía y Rusia– amenaza con darle un cariz desestabilizador a una tensión que tuvo ya un momento explosivo cuando, a finales de la década de los 80, el territorio azerbaiyano de Nagorno Karabaj, poblado mayoritariamente por armenios, pidió su incorporación a la vecina Armenia, tras lo cual estalló una guerra que causó unos 25.000 muertos.

En el 94 llegó un alto el fuego que dejó la región del Alto Carabaj bajo ocupación militar armenia, lo que no calló la artillería ni los conatos bélicos, y que hoy vuelve a tener un momento de efervescencia con el choque entre las fuerzas del enclave separatista, apoyadas política, militar y económicamente por Armenia, y las de Azerbaiyán, respaldadas por Ankara.

Dos nombres vuelven a ser comunes en esta dinámica: Turquía y Rusia. Así como en Siria, los dos juegan su particular geopolítica. Por el lado de Ankara, ni siquiera se reconoce al Estado de Armenia, a lo que se suma la vieja disputa por el denominado “genocidio armenio”, que los turcos jamás admitirán. Rusia, de su lado, juega de árbitro, pero le hace guiños a Armenia. Lo primordial es silenciar las armas e imponer un diálogo urgente para salvar vidas. ¿A quién sirve esta guerra?

EDITORIAL

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