Colombia

Apertura y desarrollo exportador

En las semanas pasadas se armó una agitada polémica en torno a la apertura económica del país. Según un estudio publicado por el Banco de la República, del cual hizo eco ‘The Economist’, en Colombia hay más protección hoy que hace tres décadas, cuando se hizo la apertura, debido a una escalada de permisos a las importaciones.

Esta es una afirmación sin sentido. El arancel promedio sobre las importaciones es hoy un 5 %, contra 30 % antes de la apertura; se eliminó la licencia previa, con la cual se protegían unas cuatro quintas partes de la producción nacional, y se han firmado un cúmulo de acuerdos de libre comercio.

El resultado es que, como proporción de nuestra actividad económica, hoy importamos tres veces más que antes de la apertura. Las importaciones son casi diez veces las de 1990, en tanto que el producto interno bruto es algo menos que el triple. Como historiador agregaría, en forma categórica, que la economía colombiana es más abierta hoy que en cualquier período anterior de nuestra historia.

El problema real son las exportaciones diferentes a petróleo y minerales, que no han tenido un buen desempeño. ¿Es esto el resultado de que no nos hemos abierto? No. Hay que buscar otras causas. Una es la revaluación, que las afectó negativamente en los años noventa, debido a una fuerte entrada de capitales, y entre 2004 y 2014 por los altos precios del petróleo. Otra es que le apostamos a la integración regional, y después vinieron la ruptura del comercio con Venezuela y el lento crecimiento de América Latina. Y los exportadores no han aprovechado los TLC.

¿Es cierto que para exportar más debemos importar más? Ni la historia colombiana ni la internacional lo confirman. En Colombia, los períodos más exitosos de diversificación exportadora fueron entre 1967 y 1974 y en la segunda mitad de los ochenta, cuando la protección de la producción nacional era muy alta.

A nivel internacional, la experiencia es muy diversa. Corea comenzó a liberar importaciones décadas después del inicio de su auge exportador. El milagro chileno ocurrió en los años noventa, unos 15 años después de su apertura, y duró menos de una década. Y la economía más abierta de América Latina, México, apenas ha crecido un 2,6 % anual desde 1990, menos que nosotros.

Lo que ha faltado en el país es una política de desarrollo exportador verdaderamente ambiciosa, montada además sobre una política de desarrollo productivo y tecnológico igualmente ambiciosa. Más aún, por la falta de estas políticas, la apertura ha generado una desindustrialización prematura y un sector agropecuario débil.

La política exportadora tiene un elemento que es responsabilidad de las autoridades macroeconómicas: una tasa de cambio competitiva. Y debe estar montada sobre una política exportadora de largo alcance, basada en instrumentos que ya tenemos, como Bancóldex y ProColombia, pero ampliados en sus metas, y apoyada por políticas de desarrollo productivo. No menciono las zonas francas porque son hoy más un instrumento de producción para el mercado interno que para el internacional, lo que constituye una aberración.

Las políticas de desarrollo productivo deben fomentar sectores exportadores con potencialidad en la agricultura, la industria y los servicios. Ha habido algunas acciones en este campo desde los noventa, asociadas a las políticas de competitividad, pero han carecido de continuidad. No han tenido, por lo tanto, el carácter de políticas de Estado, como lo fue en su momento la industrialización. Por su parte, en materia de investigación y desarrollo, el gasto que realiza el país es una vergüenza: menos de la octava parte de lo que invierte un país de la Ocde, a la cual ahora pertenecemos.

El debate debe centrarse en estos temas y no en la absurda afirmación de que estamos más cerrados que hace treinta años.

JOSÉ ANTONIO OCAMPO