Colombia

Abortar es matar

Somos muchas mujeres en este país, pero no somos iguales. Aunque el Estado nos quiera meter la mano hasta los mismísimos ovarios, cuando abortar es una decisión, solo podemos tomarla nosotras individual y autónomamente.

El aborto es un problema irresoluble desde el punto de vista moral, pero sí atendible como asunto de salud pública. Lo que conduce al callejón sin salida es combinar un tema jurídico con uno metafísico. Nadie será capaz de determinar el límite a partir del cual el ‘alma’ se instala en el cuerpo. Es esa bendita alma lo que les preocupa a los ‘provida’, parece. Así, nos seguimos ahogando en la eterna discusión sobre lo que somos. Como no lo sabemos, nos echamos un cuento que se llama ‘religión’ que nos sirve de fármaco para el vértigo que produce ignorar por qué nacemos.
Particularmente en el caso del aborto voluntario, la posición moral le concierne a cada mujer que asumirá su redención o su pecado según sus creencias.

Las mujeres seguirán abortando de todas maneras, sin importar qué tan severa sea la prohibición; como los heridos en combate, requieren asistencia médica adecuada para todos sus casos, así como la implementación institucional de políticas de educación para evitar, en lo posible, embarazos no deseados.

Ni siquiera es procedente discutir si las mujeres que hemos abortado porque así lo quisimos y las que lo harán a pesar de todas las amenazas del infierno somos unas asesinas. Tal vez lo seamos. Estamos matando algo vivo, en eso coincido con la profesora Carolina Sanín, quien, al hacer alusión a ese ‘matar’, recordaba también la posición de su colega, la escritora Natalia Ginzburg. Como ellas, no creo que abortar sea un evento banal; en ese momento la mujer es consciente de su monstruoso poder.

Quizás el aborto sea un acto indefendible, pero tal disposición no es un cargo que puedan imputar las leyes. El ‘asesinato’ de nuestro posible hijo no ocurre en lugares de entretenimiento público, no es un atentado terrorista, no es un crimen de Estado, no es dispararles a niños en la guerra. Es un desgarramiento que ocurre en la soledad y oscuridad del vientre y el corazón de cada mujer. En ese asesinato es nuestra propia e íntima sangre la que corre, somos el hijo en potencia y la madre en uno, muriendo solos y al tiempo. Por eso, si es un ‘delito’, a nadie más que a lo profundo de nosotras corresponde perdonarlo o castigarlo.

Margarita Rosa de Francisco