Colombia

33 millones

Empezó con uno por ahí en algún lugar de Wuhan, China, nadie sabe exactamente cuándo ni cómo, pero ya son 33 millones y el conteo sigue, crudas estadísticas que día a día crecen y se reproducen. Las víctimas mortales en el planeta, altamente subestimadas según la OMS, pasaron el millón.

En promedio, 122 mil infectados cada día y tres mil setecientos fallecidos. Anteriores pandemias globales, la peste negra o la gripe española, fueron mucho más letales, pero eran tiempos que en el caso de la primera no había sistemas de salud públicos y en el de la segunda se adolecía de las capacidades científicas y médicas de las que gozamos hoy.


Detrás de las cifras se esconden familias enteras que alrededor del mundo perdieron seres queridos, tragedias ocultadas por la magnitud de la hecatombe.

La pandemia cogió a la humanidad poco o nada preparada y solo aquellos países a los cuales el bicho llegó más tarde pudieron tomar algunas medidas para mitigar su impacto las que sin embargo quizás poco ayudaron. La gobernanza global quedó desenmascarada en su total incompetencia, los Estados siguiendo sus instintos de conservación adoptaron la actitud de ‘sálvese quien pueda’ y a aquellos que aparecían como los de mostrar, se les apareció el segundo y tercer rebrote y los sacó de su zona de confort. La ‘belleza’ de las calles, parques, plazas y playas vacías funge como protector de pantalla de una colosal crisis económica y social cuyas consecuencias están apenas comenzando a sentirse y que se irán acentuando hasta posiblemente llegar al punto de quiebre, en la medida que a los gobiernos se les acabe su capacidad macroeconómica de paliar. Según la OIT se han perdido más de 400 millones de empleos lo que se suma a 1600 millones de trabajadores informales cuyo sustento se ha visto seriamente resquebrajado por las cuarentenas, cierres fronterizos y demás medidas adoptadas por los gobiernos. Varios países han retrocedido décadas en sus avances económicos y sociales.

La confrontación entre la política y la ciencia, entre los intereses privados y la salud, ha hecho estragos en algunos países que no encontraron el equilibrio, mientras que aún no vemos la luz al final del túnel llamado Covid-19 cuya longitud desconocemos. Entre tanto las tendencias geopolíticas desestabilizadoras que venían de antes de la pandemia se han exacerbado con la misma, comenzando por la creciente confrontación entre Estados Unidos y China en todos los ámbitos: comercial, diplomático, político y acerca de la narrativa del virus. El Consejo de Seguridad de la ONU paralizado desde que comenzó la guerra en Siria en 2011 ha estado desaparecido de la escena al igual que los diversos Gs -G20, G7-, etc.

La centralidad de los gobiernos ha sido una característica de la pandemia, los ha convertido en los protagonistas centrales, ha hecho que la gente dependa de sus acciones ya sean sanitarias, sociales, económicas, policiales o de otra índole, los ha puesto en el escrutinio público cada minuto de cada día. En ese orden de ideas, aprovechando la pandemia varios gobiernos han encontrado la excusa para caer en autoritarismos a la vez que se ha acelerado el declive del orden mundial liberal, ese que proclamaba Fukuyama con su sugestivo título: ‘El fin de la historia’.

La nueva normalidad no puede ser la nueva normalidad, pues de normal poco tiene. La interacción social desarrollada por milenios entre los seres humanos riñe con el permanente uso de tapabocas y distanciamiento físico además del recelo que produce acercarse a alguien.

La humanidad abrió paréntesis a comienzos del 2020. Aún no los cierra.

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