Colombia

10 años sin Jorge Villamil

Jorge Villamil, bailando

Su padre y tocayo, Jorge Villamil, le dio trabajo como recolector de café a Pedro Antonio Marín quien después operaría bajo la razón social de “Tirofijo”, mandacallar de las FARC.  Corrían los años cincuenta en la hacienda El Cedral, en el Huila.

Después, como gestor de paz bajo los gobiernos de Lleras Camargo y Guillermo León Valencia, el compositor de 173 canciones, Jorge Villamil, fallecido hace diez años, el autor más interpretado dentro y fuera del país, volvió a encontrarse con el antiguo subalterno de su taita.

De su vocación pacifista dan fe canciones como El Barcino y Cantemos a la paz.

Médico a la fuerza por mandato paterno, Villamil componía silbando. En el camino iba incorporando la letra. Y “habemus” melodías.

Los nostálgicos que levitan oyendo sus bambucos, sanjuaneros, rajaleñas, cañas, danzas, guabinas, pasillos, valses, boleros, porros, cumbias, joropos y calipsos, deben alistar la lágrima para recordar al maestro Villamil al cumplirse otro año de su partida,

Sus paisanos Rosario Fernández y Vicente Silva Vargas, este último autor del reeditado libro “Las huellas de Villamil”,  suelen recordarnos  el legado del opita universal al lado de José Eustasio Rivera.

Ni los expresidentes le han dado  tanto lustre al Huila, sostiene Vicente, Don Viso, en sus mocedades activista de la izquierda rezandera de Garzón, su terruño.

El padre del “analfabeta musical”, como solía autoproclamarse Villamil,  visitó a Medellín en 1927 cuando ayudó a crear la Federación de Cafeteros. Luego regresó a opitilandia por entre las fondas del camino.

Conocí a Jorge Villamil en una remota velada en la Casa de Antioquia que dirigía Javier Aristizábal Villa, Galileo.

Los compositores encabezados por José Barros, Héctor Ochoa y Villamil,  daban las gracias a la bancada antioqueña por un proyecto de ley que mejoraba tímidamente los derechos de autor. En primera fila desafinaban Jorge Valencia Jaramillo, Daniel Villegas, Armando Estrada, Hernán Echeverri Coronado.

A la par que les cantaban la tabla a los productores de discos, los autores interpretaban sus mejores obras. Y encimaban el origen de las mismas.

Abrió plaza con La Piragua y Pesares, José Barros, quien vivió tres años en una pensión de Guayaquil, en Medellín, donde compuso todos sus tangos, grabados luego en Argentina. Fue minero de pico y pala en Segovia. Palabra de Ochoa. Hacía años Barros no cantaba. Lo hizo por deferencia con los parlamentarios.

Villamil, de cáustico humor, aseguró que  Dios no da las cosas completas pues a él lo hizo compositor pero le negó la voz. Tenía razón y le sobraba para componer más canciones. Así y todo, castigó al respetable con las clásicas Llamarada y El Barcino, y Santafé de Bogotá,  “la de todos”, como en el verso de Pombo.

Contó que Llamarada la compuso a raíz de una fiesta organizada por una pareja para celebrar la separación. Sí, separación. No todos se divorcian dando portazos.

Se divorciaron por arcaicos asuntos de cuernos: inicialmente, el marido, basquetbolista famoso, fue pillado por su mujer con las manos en la masa de su hermana. A la dama la extraditaron a Alemania, y a su hermana engañada la obligaron a seguir al pie del infiel.

Con el tiempo fue él quien sorprendió a su costilla poniéndole los cachos. Como el hombre perdona todo, menos la infidelidad ajena, se separaron. Villamil, Garzón y Collazos y Silva y Villalba, amenizaron ese adiós.

La amada infiel fue comisionada por su ex para recoger a Villamil y llevarlo a la fiesta.  Aquí hay una novela pendiente. Será Don Viso el que la escriba.

El maestro Héctor Ochoa, responsable del despelote musical en la casa de Antioquia, el único de ese terceto que felizmente sigue asombrando, también les cascó esa noche a las disqueras. El hijo del maestro Eusebio Ochoa quien nunca supo de derechos de autor, dijo que por culpa de los empresarios de discos los autores padecen una “santificante pobreza”.

La manifestación artístico-etílico-parlamentaria que se dio cita en la Casa de Antioquia se disolvió pacíficamente, informó la policía.

Entrevista de Óscar Domínguez a Vicente Silva Vargas.

– ¿Quién fue Villamil?

Un hombre polifacético, hijo de un terrateniente que coadyuvó en la fundación de Fedecafé, de familia ultragoda aunque él se calificaba de centro, un autodenominado “campesino ilustrado que prefirió el arte a la ciencia con el criterio de que “médicos había muchos y músicos muy pocos”. Es el compositor que más ritmos colombianos abordó (desde sanjuaneros, rajaleñas y bambucos, hasta porros, cumbias y paseos vallenatos). En total, compuso la letra y la música de 173 canciones y fue coautor de otras seis. También hizo boleros, baladas, boleros morunos, un calipso y un pasodoble. Junto con José Eustasio Rivera se puede decir que es el “opita más grande” (por encima de los tres presidentes de allá y otros personajes). Es tal vez el huilense que mejor supo perfilar a los opitas y el hombre que con su músico contribuyó a que el Huila fuera conocido más allá del cerro del Pacandé.

Maía y Vicente Silva

– ¿Por qué es importante?

Además de médico-compositor, fue uno de los gestores de la modernización de Sayco y la necesidad de darles un estatus a los compositores colombianos. Como si fuera poco, en los años 60 fue gestor de paz en una de las tantas comisiones creadas por Lleras Camargo y Guillermo León Valencia para procurar la paz con las guerrillas liberales que luego se convirtieron en las Farc. En esas gestiones por El Pato y Guayabero (regiones de Huila, Caquetá y Meta mencionadas en El Barcino, volvió a encontrarse con Pedro Antonio Marín, el recogedor de café que en los años 50 llegó del Viejo Caldas para trabajar como recogedor de café de la hacienda del Cedral. De su vocación pacifista, surgieron por lo menos diez canciones (El Barcino, El retorno de José Dolores, Adiós al Huila, Cantemos a la paz, Los aserríos…)

Simultáneamente, con ricos y pobres de Neiva, ayudó a crear en 1961 el Reinado Nacional del Bambuco, otro de los emblemas culturales de la región (con todos sus aciertos y contradicciones).

Es el colombiano que más ha compuesto sanjuaneros y rajaleñas y como tal, hizo en los años 60 lo que los antropólogos llaman trabajo de campo, para conocer con los campesinos cómo era que sonaban las tonadas populares interpretadas y creadas por ellos. Eso le sirvió de base para componer buena parte de su cancionero folclórico.

Es tal vez el compositor colombiano más interpretado en el mundo, especialmente, canciones como Llamarada y Espumas, de las cuales se conocen más de 200 versiones en español, inglés, italiano, finé, portugués etc.

Entre los artistas famosos que lo han cantado están: Javier Solís, Felpe Pirela, Soraya, Nati Mistral, Vicente y Alejando Fernández, Daniel Santos, Emilio José, Los Melódicos, Amalia Mendoza, Los Chalchaleros, Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, Néstor Zavarce. Otros: Lorenzo, Santamaría, Juan Erasmo Mochi, Pepe Aguilar, Antonio Aguilar, Felipe Arriaga, Manolo Muñoz, Lucha Villa, Lola Beltrán, Flor Silvestre, Yolanda del Río, Ayda Pérez, Estela Núñez, María Elena Sandoval, Yolanda del Río, Chelo, Lupita D’Alessio, Olivia de Montenegro, Malena Reyes, Edith Márquez, Rosario Pineda y Alicia Juárez. Más: Jerónimo, Olga Guillot y Chucho Avellanet.

Por el lado colombiano: Garzón y Collazos, Silva y Villalba, Los Tolimenses, los Hermanos Martínez, Isadora, Claudia, Carmenza Duque, Beatriz Arellano, Vicky, Ángela y Consuelo, René Devia, Arnulfo Briceño, Zabala y Barrera, Los Tejada, Cantares de Colombia, Helenita Vargas, Alci Acosta, el Combo de las Estrellas, Fruko y sus Tesos, la Sinfónica de Colombia, la Filarmónica de Bogotá, la Sinfónica de vientos del Huila y sigue un largo etcétera… En realidad, en mi investigación, tengo más de 300 intérpretes entre colombianos y extranjeros.

– ¿Cómo se fue haciendo?

Su vocación nació en la hacienda El Cedral, la más grande plantación cafetera del sur colombiano en los años 30, 40 y 50 hasta cuando la Violencia fue acabando con la producción y sacó corriendo a don Jorge y su familia. Allá los artistas eran sus padres y los campesinos recogedores de café que habían aprendido a tocar apuro oído los bambucos y rajaleñas de la tradición popular. Como no había televisión y la radio apenas estaba empezando, a Jorge hijo le tocó hacerse músico oyendo a los jornaleros, escuchando a su padre y disfrutando de una vieja victrola RCA Víctor que era un artículo exótico y suntuoso para la época.

Nunca fue a la academia (él decía que era analfabeto musical). La única vez que intentó aprender notación fue expulsado del  conservatorio por un cura italiano, el padre Andrés Rosa que lo sacó de las orejas “para no dañar su vocación natural para la música”.

Su forma de componer era elemental y curiosa: captaba en su mente la idea central de un personaje, una situación o un paisaje y empezaba a silbarla y a silbarla ideando la letra y buscando su ritmo (era un gran silbador). Cuando ya la tenía lista tomaba la guitarra o el tiple y la convertía en música de cuerdas que luego pasaba al papel escribiendo frase por frase hasta tenerla terminada. Luego guardaba el papel y lo pasaba a limpio pero no le consultaba su contenido ni su idea a nadie.

Sus descubridores musicales fueron Los Tolimenses pero quienes lo afianzaron nacionalmente fueron Garzón y Collazos. Sin embargo, los éxitos arrolladores después de su llegada de México en los años a donde fue a especializarse pero terminó tomando tequila y jalándole a la música con José Alfredo Jiménez y otros artistas, fueron Silva y Villalba que en 1969 habían ganado la Orquídea de Plata Phillips.

– ¿Lo de médico como se expresa en su vida y obra artística?

Muy poco, yo diría que casi nada, entre otras cosas porque su papá lo obligó a estudiar Medicina. Sin embargo hay un aspecto que me llamó la atención en toda su obra: era un gran alcahueta. Le gustaba escuchar los dramas y las tragedias amorosas de otras personas para convertirlas en canciones por eso concluyo que si bien fue un gran médico, ortopedista famoso y prestigioso que no quiso hacer dinero con su profesión, fue mejor como médico del alma. Le gustaba dar consejos, recomendaciones, sugerir… una especie de celestino (y lo admitía). Fruto de sus recetas amorosas son canciones como Llamarada, Llorando por amor, Acíbar en los labios, Oropel, Sabor de mejorana.

– ¿Lo tenemos injustamente olvidado?

No diría que expresamente a Villamil sino a toda la música folclórica de Colombia, en especial, la de la zona Andina. Hoy es un gran suceso (casi que una noticia extraordinaria), escuchar en las cadenas radiales o en las emisoras de provincia, un pasillo, un bambuco, un vals, un torbellino. Parece que nos avergonzara mostrar una música valorada en otras naciones como México (en Yucatán existe el bambuco yucateco llevado hace más de un siglo por Pelón y Marín). Nos da pena divulgar la música de cuerdas porque eso puede parecer de campeches (como decimos en el Huila a la gente no muy pulida), corronchos o montañeros (como dicen en Antioquia). Hay un arribismo rampante en los medios de comunicación y esta música se nos está convirtiendo en algo de museo, pero museo de pueblo, ojalá bien escondido y empolvado.

A eso contribuyen también muchos gobiernos locales de la región Andina que prefieren contratar seudovallenatos, reguetón, champeta y música norteña que alabe a los pícaros. Es increíble que se ignore a propósito toda una corriente cultural que nació en la parte media de la Colonia (hace más de 300 años) y que comprende más del 70 por ciento del territorio nacional. En resumen: la música andina colombiana hoy es una música marginal que al paso que va solo se podrá escuchar en guetos o en lugares de culto alejados de todo modernismo porque se corre el riesgo de que lo nuevo se contamine por los malos gustos de los viejos.

Si se tiene olvidado a Villamil, también lo pueden estar Garzón y Collazos, José A. Morales, Los Tolimenses, los Martínez, Jaime Rudesindo, Víctor Hugo Ayala, Jaime Llano, Añez, el Dueto Antaño, Pelón Santamarta, Carlos Vieco, Héctor Ochoa, Rodrigo Silva, Morales Pino, y cientos de personajes que construyeron una corriente cultural muy fuerte que por dos siglos identificó al país y que, de la noche a la mañana, fueron arrasados por el tsunami del desprecio y la ridiculez.        

– Muchas de sus canciones, por ejemplo, Llamarada, están inspiradas en casos de la vida real…

Claro, en mi libro cuento que más de un centenar de sus obras tienen fundamento en gente de carne y hueso. Unas en las que él fue protagonista (Espumas, Garza morena y El Detenido), otras en las que se enteró de los detalles o los protagonistas le compartieron sus cuitas.

Uno de los aspectos más llamativos de él es su condición de cronista musical de gran factura. Le menciono unos pocos: El Barcino, El Embajador de la India, Si pasas por San Gil, Mirando el Valle del Cauca, Llano Grande, Luna roja. También fue un gran pintor del paisaje que le hizo canciones a Bogotá, Nariño, Cartagena, Santander, Norte de Santander, San Andrés, Popayán, los llanos, el Huila.    

– ¿Amerita el apelativo de juglar?

En el sentido estricto de ir cantando de pueblo en pueblo al estilo de Pedro el Hombre o de Alejo Durán yo diría que no, pero en un concepto más amplio sí podría aplicársele porque quizá ha sido el músico colombiano que más le ha cantado a pueblos y regiones. A donde iba y le pedían que hiciera una canción él lo hacía o si no se lo pedían, él mismo, si cobrar un peso, lo hacía. De sus visitas a pueblos y ciudades hizo canciones memorables como Luna roja, Mirando el Valle del Cauca, Balcón de la Sierra (al Valle de Aburrá), Playas de San Andrés, La Mestiza (a la virgen de Las Lajas), El Milagroso (al Cristo de Buga)…    

– ¿Qué te llevó a escribir sobre tu paisano?

Como dirían en una declaración judicial: por todo lo anterior. En serio, porque estudió con mi padre y porque con el tiempo me di cuenta que ese hombre era supremamente grande. Además, porque siendo el Huila una tierra olvidada, abandonada y sin gran peso en la economía, en la política ni en la cultura de Colombia, me pareció importante dejar una constancia escrita que condensara toda su obra y su personalidad polifacética (músico, médico, gremialista, colono en el Caquetá, mediador de paz, folclorólogo). Había que mostrarlo como el símbolo que realmente es, con su peso específico, con su categoría y su imagen internacional. (Una vez, al escuchar Llamarada, me agarré en México con un taxista de Volkswagen porque él decía que ese señor era mexicano y yo, por supuesto, le alegaba que era colombiano y además amigo mío. El tipo nunca me lo creyó. En resumen, porque para mí es el ícono mayor del Huila. 

– ¿En qué medida es una expresión del alma huilense?

Como lo anoté arriba, porque sin exagerar en las figuras literarias ni rebuscarse una letra, supo contar y cantar como la gente común y corriente. Cuando suena una canción suya, es el Huila el que suena. Su nombre está asociado con la región como ninguna otra cosa de allá. Gracias a él, Colombia conoció el rajaleña y supo más de los sanjuaneros. Por él se sabe qué es el Pacandé, que si bien está en Tolima, es el mojón que determina el límite entre el centro y el sur, esa región que él quiso remarcar con su memorable vals Al Sur, que no solo es un tema folclórico y tremendamente sentimental, sino un himno de identidad regional, una manera de ser y de sentir de la gente de allá. Cuando él hizo ese vals, como despedida por su viaje a México en 1968, la identidad sureña no estaba tan marcada. Desde entonces ser empezó a hablar del Sur como una figura tangible: la Universidad Surcolombiana, la Vuelta al Sur, la bancada parlamentaria del sur… Y claro, también está el alma huilense en múltiples canciones que hablan de personajes de allá, costumbres de allá, comidas, bailes, fiestas, el Magdalena, el San Pedro, el rajaleña, La Gaitana, las reinas, la mistela, el trago… en concreto, sí su música es el alma huilense porque todo está amasado en un cancionero que por donde se tome, muestra la cara amable de allá. Le geografía humana del huilense está en las canciones de Villamil, sin duda.    

– ¿Qué es un huilense?

Óscar, creo que buena parte de qué es el huilense está reflejada en la anterior respuesta, pero dejemos que sea Villamil el que responda en este sanjuanero llamado justamente así, El huilense: 

Soy del Tolima Grande;

yo soy, ¡yo soy huilense!

nacido en el Llano Grande,

nacido en tierra candente (bis).

Tra la la la la ¡huilense soy!

con el alma entera, con el corazón,

tra la la la lá ¡huilense soy!

vivo al arrullo y al vaivén

de palmas reales.

Cuando llega el San Pedro

yo olvido pronto pesares,

brindando con aguardiente

al son de aires nacionales.

Suenan tiples y requintos

desde el campo a los poblados

mientras bailamos alegres

como buenos colombianos.

Tra la la la la ¡huilense soy!…

…como buenos colombianos. 

– ¿Al lado de qué compositores lo ubicarías?

Está entre los más grandes del interior y la costa Caribe. Para no hacer largo el cuento, escojo ocho compositores, dos de los pioneros que a finales del siglo XIX y principios del XX, ayudaron a forjar una canción andina autónoma y original como  Pedro Morales Pino y Luis A. Calvo, y dos que más adelante, después de 1950, contribuyeron a afianzar esa música interiorana: el gran José A. Morales y Jorge Villamil. Del Caribe escojo cuatro gigantes: José Barros, Pacho Galán, Lucho Bermúdez y Rafael Escalona. Esos son mis ocho colosos de la música nacional.